miércoles, 27 de julio de 2011

Hambre de buey

Hoy toca temita desagradable, muy desagradable. Lo siento, pero alguna vez tenía que pasar, este es un blog extraño y agridulce, como la vida misma.

“Hambre de buey” es la traducción literal de la palabra “bulimia”. Terrible traducción y terrible enfermedad, sucia, desconocida, infame. Permitidme que hable en femenino... sé que también hay hombres que la padecen, pero la puta bulimia es tan autodestructiva, tan femenina... hambre de buey... las mujeres bulímicas en realidad pocas veces sienten hambre, entendida ésta como la necesidad física de alimento, pero sin embargo su necesidad psicológica de llenar el agujero negro localizado en su estómago es tan inmensa que sí, semejan un buey hambriento e insaciable. A escondidas, siempre a escondidas, es un añadido más a la sinrazón de su delirio. Al contrario que las anoréxicas, que exhiben su delgadez y no pocas se sienten orgullosas de ella, las bulímicas se avergüenzan cada segundo de padecer esta enfermedad que las hace comer sin mesura, y  no permiten nunca que nadie presencie un brote. NADIE. NUNCA. Por eso se esconden. Cuando una chica delgada, etérea y frágil se niega a comer en público recibe todas las atenciones, y siempre anda rodeada de admiradores que la cuidan, le insisten para que coma, le acercan la cuchara con amor; los hombres tienen con ella fantasías de princesita necesitada de protección con caballero andante; las mujeres, especialmente las bulímicas, anhelan ser como ella, tan delgada, tan divina, tan el centro del universo. Cuando una chica gorda y zafia se pone a comer sin parar durante horas... literalmente SIN PARAR DURANTE HORAS... (inténtenlo, no es fácil, no se puede hacer sin haber perdido totalmente el control de una misma. Inténtenlo y verán como una persona normal y sana, no puede hacerlo) ...es tan incómodo de ver... es tan molesto... tan desagradable... nadie se acerca a quitarle con amor la cuchara de la boca ¿para qué? ningún caballero desea inmolarse por el amor de una monstrua. Y las bulímicas lo saben, porque bajo capas de grasa también ellas albergan un corazón de princesa frágil y necesitada de cariño, sólo que está tan escondido que nadie es capaz de verlo. Los príncipes desvían la mirada y las ogras bulímicas van al baño a vomitar. A veces el baño es su único amigo, el único lugar donde una bulímica puede sentirse limpia, delgada y etérea durante unos minutos. Antes de volver a comer. Antes de volver a torturarse.

Hablando de vómitos... cómo odian las bulímicas a los ignorantes bienintencionados... malditos gilipollas... cuando una bulímica no puede vomitar y necesita vomitar, suele buscar algo que le ayude alguna técnica, algún truco. Entra en internet y teclea en google “cómo vomitar” y entonces aparecen diez, doce páginas creadas por apóstoles del bien (casi siempre hombres, manda güevos) que han hecho su buena obra del día, se han puesto la medalla y se han largado tan satisfechos, pero que nunca cogerían entre sus apuestos brazos a una mujer gorda y comilona, porque no serían capaces de mirarla a los ojos hundidos en su cara obesa. Pero por internet sí se atreven a dar consejos, no necesitan mirar a los ojos a nadie: “no vomites” “vomitar es malo, no lo hagas” “pide ayuda, estás enferma” “vomitar no es la solución” “así no arreglas nada” “confía tu problema a alguien que te quiera” y lo peor, lo peor, lo peor “eres hermosa tal y como eres”... NO, PANDA DE IDIOTAS, NO, eso vale para las anoréxicas pero no para las bulímicas. Las bulímicas no se ven gordas, ESTÁN gordas, la gente a su alrededor no para de repetirles nunca lo gordas que están. Y claro que serían hermosas si no tuvieran esta enfermedad, pero con la enfermedad no lo son. Porque no consiguen adelgazar por más que vomiten, porque los vómitos y el dolor de estómago les han deformado la cara que se les ha hinchado más aún, porque a veces se les caen los dientes y se les rompen las uñas, porque llorar no adelgaza, porque se han dañado ya las cuerdas vocales y el esófago, porque las rodillas, los tobillos y los codos les duelen como si fueran viejas, porque se les hincha el vientre, porque su hígado deja de funcionar bien, porque cuando se desmayan por una bajada súbita de potasio no hay nadie que las coja galantemente en brazos, y entonces caen y se golpean contra el suelo que está muy frío, muy duro y muy solo. Así que los apóstoles sin fronteras harían mejor dedicándose a salvar a las ballenas o apadrinar niños del tercer mundo, y dejando en paz a las bulímicas. Ellas vomitarán con o sin sus estúpidos consejos y más vale así, porque si no consiguen vomitar se abrirán en canal para sacar de su cuerpo todo lo que han sido capaces de meter en él, mientras el apuesto oenegista del “no vomites” finge no verlas y se larga a hacer voluntariado en favor de los mendigos cojos de Calcuta, que al menos son simpáticos, flacos y agradecidos. Para una bulímica, dejar de vomitar es haberse curado y ello requiere un tratamiento farmacológico y psicológico, requiere tiempo y requiere que sea el momento adecuado. En ocasiones el momento adecuado nunca llega o llega tarde.

Como si no tuvieran bastante con su enfermedad, las bulímicas necesitan hacerse daño, aún más. Suelen cortarse, quemarse o golpearse con furia. Sí, a veces cuando se encierran en el baño no sólo vomitan, sino que se cortan con una cuchilla en los brazos, las piernas o el vientre. El dolor físico y la sangre alivian el otro dolor, el que no alivian los medicamentos ni las palabras bienintencionadas de alguien que no tiene la más mínima idea de lo que siente una bulímica. Sólo la sangre y el dolor. También se queman con cerillas, normalmente en las manos y antebrazos, o se golpean con los puños o con cualquier tipo de objeto. Todo vale cuando todo se ha perdido ¿qué más da? El dolor es su pequeño secreto, sólo ellas pueden entender cúanto alivia ese dolor. Y no, no son comportamientos masoquistas, son comportamientos inevitables cuando se ha perdido el control, son gritos de ayuda desesperados que nadie oye, son cicatrices  que le recordarán siempre a la bulímica lo que es y lo que ha sido. Aunque algún día se cure, su cuerpo y su alma estarán siempre llenos de cicatrices para que nunca olvide. Cuando sea capaz de volver a mirarse en un espejo, lo primero que verá serán sus cicatrices. La bulimia a veces desaparece, pero siempre permanece cercana como la espada de Damocles, al acecho para volver a cazar a su presa. Sabe que su presa, aun cuando se haya curado, es tremendamente frágil.

Y sí, la bulimia es una enfermedad mortal, muy mortal. A veces se producen hemorragias internas por los vómitos, y la bulímica se desangra por dentro sin que nadie se dé cuenta, hasta que se desmaya y muere. Otras veces el hígado deja de funcionar totalmente. Otras se pierden tantas sales minerales con el vómito que quien se para es el corazón, y adiós.  Pero no suele ser tan fácil ni tan rápido. Las bulímicas mueren por suicidio, normalmente después de varios años de tortura física y mental, después de varios intentos de curación, de varias recaídas, cuando todo lo que se ha ido gestando durante esos años sale a flote en un momento de desesperación. Sí, casi todas las que no consiguen curarse se suicidan, es una enfermedad con la que no se puede vivir, pero no se refleja en las estadísticas porque la verdadera causa del suicidio ha pasado inadvertida durante años a familiares, amigos, profesores... los que van quedando. Dicen que la chica tenía depresión, o que no saben cómo ha podido pasar, que no se lo explican. No saben que la bulimia te conduce de la mano a la muerte desde el primer instante, desde el primer atracón, pero eso ni siquiera la propia enferma lo sabe hasta el final, hasta que se encuentra una vez más a solas cara a cara con su enfermedad y dice BASTA, esa vez dice BASTA YA. Bulimia y vida son incompatibles, se arañan, se arrancan jirones de la enferma la una a la otra hasta que la desgarran, la agotan y la hacen decidirse definitivamente por una de las dos. La bulimia o la vida, porque la bulimia siempre significa la muerte.



domingo, 17 de julio de 2011

¡Bravo Ángel!

Raro es hoy en día, muy raro, encontrar un presentador de televisión que no sea el típico chulazo de 1’90, marcando pecho y bíceps con una camisa tres tallas más pequeña de la que le correspondería. Al fin y al cabo la televisión es un medio visual. Sí, visual, sería audiovisual si importara algo lo que se oye en ella... porque en fin, si el chulazo tuviera algún talento periodístico me parecería genial que trabajara en un medio de comunicación, y si encima está bueno pues mira, mejor para él. Pero no, los chulazos y chulazas que pululan por las televisiones enseñan toda la carnaza que haga falta pero la gran mayoría no saben hablar ni leyendo un guión. Triste y tremendamente comercial, c´est la vie. 
 

Por eso soy fan incondicional de Ángel Martín. Para empezar porque es un hombre que sin cumplir ninguno (o casi ninguno) de los cánones de belleza masculina actual, está muy bueno. Para qué nos vamos a engañar, las hormonas por delante. Pero sobre todo me fascina de él, el hecho de que un tío que presenta en televisión con mucha gracia y salero un programa de éxito, un día lo deje para dedicarse al teatro. SEÑORAS Y SEÑORES, en el mundo del artisteo, en el que el más tonto pone el culo por dos pesetas, para hacer eso hay que tener UN PAR DE HUEVOS y Ángel los ha tenido. Vaya por delante toda mi admiración. Lo mismo pasó hace tiempo con el valenciano Toni Cantó, al que en los ochenta mis prejuicios y yo considerábamos un guapito más de la tele hasta el día en que pasó olímpicamente de ganar un pastizal presentando gilipolleces, y se dedicó a calzarse las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán, el teatro clásico griego y algún que otro Shakespeare en salas de teatro, y así lleva desde entonces. En aquel momento di una patada a mis prejuicios, me quité el sombrero y le obsequié con la más humilde reverencia.


Pero volvamos a Ángel, que ahora se dedica a recorrer España junto a Ricardo Castella con el espectáculo humorístico teatral “Nunca es tarde”. De éxito en éxito. El rasero del éxito es distinto en teatro que en televisión. El hecho de que si haces teatro, algunas noches puede que te vean veinte o treinta personas conduciría inmediatamente al hara-kiri a cualquier directivo de telecinco, pero para el artista constituye un éxito. Si eres bueno, y Ángel y Ricardo lo son, esas veinte o treinta personas no te van a olvidar en la vida. Los millones que te ven en televisión se olvidan de ti en cuanto van al baño en la publi.


No hace falta desearle el éxito a Ángel Martín porque ya lo tiene, ahora más que nunca; no hace falta desearle que llegue a ser un gran artista porque ya lo es; no hace falta desearle que le vayan bien las cosas porque ya le van de maravilla. Si lo tuviera delante de mí le desearía que no haya nunca en el mundo nada ni nadie capaz de cambiar su manera de ser. También le diría que gente como él hacen más por el espectáculo y por otros artistas que todas las televisiones del mundo. Después le declararía mi amor incondicional y le invitaría a cenar, y cuando él, amablemente, rechazara mi invitación yo me largaría a emborracharme en soledad a base de gin-tonics, disfrutando de la satisfacción del trabajo bien hecho y del agridulce sabor de la derrota.


PD: adjunto el vídeo de presentación que hicieron para las funciones en el teatro Maravillas de Madrid. Si ésto es sólo la presentación, lo que debe ser sel espectáculo.... aún no he ido a verlo (¡malditas no vacaciones!), pero iré, lo prometo.









miércoles, 13 de julio de 2011

Ser o no ser (madre)

 
Uy qué miedito, una mujer sin hijos hablando de la maternidad, dando lecciones de lo que no sabe, qué fácil es educar niños cuando no los tienes, etcétera etcétera... bueno, que nadie se alarme antes de hora, no es ésa mi intención. Más que del hecho de ser madre, me gustaría hablar del hecho de no serlo. Y aunque reconozco que me repatean bastante las “mamás pasteleras”, conozco y quiero a suficientes madres vocacionales y felices en su maternidad como para valorar el hecho de que formar una familia sea una de las prioridades importantes en la vida de una persona, aunque no sea mi elección.
 

A lo que iba: sin poner en duda ni infravalorar en absoluto todo lo que puede aportar a una mujer el ser madre, yo conozco mejor lo que te quita la maternidad y a ello quería referirme, para empezar a la elección de pareja. Cuando una mujer heterosexual planea tener hijos con su pareja, ve en los hombres a un padre en potencia y son las cualidades de buen padre las que va a valorar a la hora de elegir a un hombre, como es lógico. Yo también lo haría. Y eso nos lleva a la costumbre de pasar de largo de:

                                                 
1- El canalla que te vuelve loca, del que sabes que no te puedes fíar, pero que te hace temblar con sólo mirarte. Suele beber cerveza en vez de agua y conducir una Harley, pero no es imprescindible, también puede beber whisky y conducir una Kawasaki.

2- El chiquillo al que le llevas veinte años, que se enamora perdidamente de ti y se dedica a respirar por donde tú pasas. Te adora, te escribe poemas de amor y tú te sientes como una auténtica diosa.

      
3- El padre de familia que quiere a su familia y nunca la dejaría (y tú nunca lo consentirías), pero aún así enloquece por tus huesos y por tus lorzas.

4- El amigo gay con el que un día se te cruzan los cables y echas un polvo divino, que sabes que nunca se repetirá.

5- La amiga presuntamente heterosexual con la que un día se te cruzan los cables y echas un polvo divino, que sabes que nunca se repetirá.

6- El adorable picaflor al que jamás ninguna mujer podrá meter en casa, pero que lleva más de media vida visitando la tuya para que lo invites a cenar con postre..... algo que haces encantada. El postre suele valer la pena.

7- El payasete de treintaytantos, infantil e inmaduro, que te encanta y te hace reír a carcajadas cada vez que abre la boca. Con ése al menos te sientes madre, mira. Intuyes que convivir con él debe ser desquiciante, pero el chico es un cielo y es fácil quererle.

8- El ángel rubio e inalcanzable con el que pasas un fin de semana de ensueño, allá lejos del mundo, y al que nunca después vuelves a ver.
 
 
Evidentemente, si tuviera un reloj biológico de ésos y la maternidad entrara en mis planes, habría desechado desde el principio todas estas opciones y llevaría años buscando un chico formal y responsable, que fuera un buen padre con el que formar una familia. ¿Lo habría encontrado? no lo sé. ¿Sería feliz con él? ni de coña. Me pasaría el día echando de menos los besos del canalla y las cenitas con el picaflor. Soy así de rara, qué vamos a hacerle.



sábado, 25 de junio de 2011

Siete años en el Tíbet (Historia, literatura... y cine III)



Otra vez el eterno dilema... ¿por qué una película que en principio me ha gustado acaba pareciéndome una porquería? ¿por qué se me ocurrirá ir a buscar la historia original, y leerla, y descubrir que no tiene nada que ver con la peli? ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?


Bueno, en este caso sí tienen algo que ver la película y el relato original, pero claro, los señores yankis obsesionados con la paternidad pastelera se inventan un niño al que su padre ama por encima de todo y al que siempre está echando de menos, aunque haya desaparecido de su vida cuando él era un garbanzo en el vientre de la madre y regrese sólo siete años después, con un regalito, eso sí, del mismísimo Dalai Lama, que no se diga que no es generoso el padre. La madre, que se ha emparejado aún embarazada con un apuesto padrastro, quien está haciendo de padre efectivo del nene toda la vida de éste, comprende que pese a todo el propietario del espermatozoide que engendró a su hijo es un padre auténtico y amoroso y le permite irrumpir en la vida del niño con su regalito. El canijo, muy sabiamente y con esa vocecita de flauta que les ponen a todos los canijos en las pelis americanas (a todos la misma), reconoce a su papá pese a que no le había visto nunca ni sabía de su existencia, le entrega inmediatamente su cariño filial y se pone a jugar con él. Suena la banda sonora, repican las campanas y todos contentos, vamos que les faltó acabar con un abrazo de grupo, apoteósico final feliz. 


Todo eso es lo que pasa en la película. En el libro, el niño no existe. Ni la mujer, ni el padrastro, ni la cajita de música. Realmente desconozco si Harrer tuvo en algún momento de su vida esposa e hijos, no he encontrado ningún dato al respecto y desde luego en su libro “Siete años en el Tíbet” no nombra nunca a ningún familiar. El único comentario personal y medianamente sensible que hace en todo el libro, es algo así como “en algún momento de morriña pensé en tomar compañera, pero pese a la belleza de algunas tibetanas, decidí que estando solo tendría más libertad”. Y no tomaron compañera ni él ni su amigo Aufschnaiter, a quien en la peli sí emparejan con una de esas bellas tibetanas, para no perder la oportunidad supongo de mostrar un romance como dios manda ¿qué pasa, creían los productores que si no hay alguien enamorado la gente no va a ir a ver la película? maldito cine comercial... reconozcámosle a la peli el mérito de tener como actor protagonista a Brad Pitt, algo bueno tenía que tener, pero por lo demás nasti de plasti. 
 
 
El libro de Heinrich Harrer comienza con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, mientras Harrer y varios compañeros participan en una expedición deportiva que trata de coronar el monte Nanga Parbat, situado en el actual Pakistán y en la entonces India británica. Las autoridades coloniales británicas detienen a toda la expedición al tratarse de ciudadanos austríacos, potenciales enemigos, y los recluyen en un campo de concentración. Varios de ellos logran huir, siguiendo distintos rumbos y corriendo diversa suerte, Harrer y Aufschnatier consiguen llegar la Lhasa e instalarse allí. En un país subdesarrollado como era el Tíbet de aquella época, se convierten en ingenieros (Aufschnaiter lo era en realidad), en médicos, en profesores. Ejercen un poco toda profesión liberal habitual en occidente y desconocida en el Tíbet, lo que les hace ser equiparados a la nobleza del país. Harrer es reclamado como instructor del decimocuarto Dalai Lama, un muchacho entonces de catorce años, y que todavía hoy es el jefe espiritual de los budistas, exiliado en la India. Acaban haciéndose muy amigos, y cuando en 1950 China amenaza con la invasión y empieza a cumplir su amenaza, antes de que el ejército chino llegue a Lhasa se ven obligados a salir de allí pitando todos, los dos alpinistas austríacos y el Dalai con toda su comitiva. Punto final. 


“Siete años en el Tíbet” es un libro de aventuras, como todos los que escribió Harrer, con la peculiaridad de que también es un magnífico retrato de la vida en el Tíbet antes de la invasión china. No hay historias de amor, no hay esposas abandonadas ni hijos recuperados, ni siquiera hay heroísmos patrióticos.

A Heinrich y a sus compañeros les importa un pito la guerra, la política, los intereses del gobierno inglés, los intereses del gobierno austríaco, los intereses de Hitler. Ellos lo único que quieren es escalar su montaña, y tras escapar del campo de concentración, intentar que no les pillen y nadie les vuelva a meter allí. No luchan ni quieren luchar por su país, ni por ningún otro, quieren montañas, exploración y aventuras; se mofan de las autoridades austríacas, inglesas y tibetanas, desobedecen las órdenes y torean sin escrúpulos cualquier obstáculo burocrático con tal de que les dejen en paz, y eso es lo que narra Harrer en el libro, lo único que narra. Teniendo en cuenta que pasó cincuenta y dos de sus noventa y cuatro años de vida fuera de Austria, casi todos en Asia y el Pacífico, explorando, escalando y escribiendo, por lo visto tuvo la sensatez de no casarse ni tener hijos. Yo creo que hizo bien.


PD: he aquí una de mis muchas contradicciones.... después de poner a parir a la peli, no me resisto a terminar el post con una foto de Brad. Es que está tan guapo..... y ¡qué narices! lo cortés no quita lo caliente (sí, lo caliente, estamos hablando de Brad).

 

miércoles, 22 de junio de 2011

Estudiar a los cuarenta

¿Y por qué no? aunque en honor de la verdad, yo nunca he dejado de estudiar: empalmé el instituto con las oposiciones, el aprobado de oposiciones con la música y la música con la UNED, además de estudiar y practicar algún idioma y de minicursos de cualquier cosa que me haya apetecido en algún momento. Desde Tai Chi a panadería. Lo sé, es un vicio y me encanta, los hay peores ¿no? Además soy una firme defensora de estudiar cuando uno ya tiene una edad, vamos, cuando ya no es obligatorio. Se ven las cosas de otra manera y se disfruta del aprendizaje como no éramos capaces de disfrutar de jóvenes, al menos yo.


En fin, que me he pasado la vida pegada a un libro por voluntad propia y de momento mi idea es seguir así, la universidad me llevaba rondando desde que tenía edad de haber ido a ella, y sí, con la bendita crisis de los cuarenta me dije “AHORA” y me matriculé en la UNED. Ir a  la UNED lo tenía muy claro, francamente no me veo yendo a clase con veinteañeros y menos en una carrera donde el 90% de los estudiantes son mujeres. Si algo me pone más nerviosa que los veinteañeros, son las veinteañeras. Pero ¿por qué Psicología? pues porque me fascina la mente humana, igual que me fascina el cuerpo humano, pero con Medicina no me atrevía y además no hay en la UNED. Así que Psicología, clarísimamente. También influyó cierta experiencia desagradable que tuve hace un tiempo, de la que no voy a hablar aquí pero que me demostró lo buena psicóloga que puedo llegar a ser; y cómo no, el haber hecho el curso de Flores de Bach (otro día hablaré de las Flores de Bach, que hay mucho que decir) y querer ejercer como terapeuta floral. Fue un primer contacto con la psicoterapia que me fascinó y me hizo ver muy claro lo apasionante que es la mente humana. Y aquí estoy, con cuarenta y un tacazos, estudiando la que me dejé para septiembre. Encantada de la vida.

miércoles, 15 de junio de 2011

El amigo gay

Este post viene a cuento del post “Clasificando que es gerundio” en el blog de Mustang Sally. Leer antes de seguir, plis:


Efectivamente,  se echa de menos en esa clasificación al “amigo gay”, ese ser fantástico para quien siempre serás su mariliendre querida y que sin duda es el hombre que más te ama en el mundo, después de tu padre y tus hermanos. El amigo gay suele ser bastante parecido al jaco o al choto, pero depilado, bien afeitado y con el cutis suave. Si no fuera alguien a quien adoras, llegaría a acomplejarte, porque siempre va MEJOR depilado que tú, y con el cutis MÁS hidratado que tú. No sé cómo lo hacen.

Al amigo gay lo puedes llamar a cualquier hora para llorarle y despotricar del último canalla que apareció en tu vida, y ten por seguro que él va a hacer lo mismo sólo que muchas más veces. Los canallas-machirulos-rompecorazones-pichasbravas gays abundan, y no tienen nada que envidiar a los heteros. Como es previsible que tu amigo, siendo hombre y siendo gay, ligue, se enamore y folle mucho más que tú, prepárate nena porque vas a escuchar dramones de primera mano. Sin problemas. Sacas la caja de kleenex y a llorar los dos a moco tendido hasta que se le pase, llorar es bueno y desahoga. También podéis jugar a los dardos con las fotos de todos los hombres que os han roto el corazón, pero no te lo aconsejo, estarías dando a tu amigo una gran ventaja. Tú puedes haber sido la amante despechada de dos o tres mascachapas como mucho, a partir de ahí aprendes y ya no dejas que te hagan esas putadas; tu amigo seguro que tiene en su haber al menos veintidós chorbos que le destrozaron la vida ¡¡¡Y ENCIMA ES DIEZ AÑOS MÁS JOVEN QUE TÚ!!!! A todos los ha conocido y ha tenido claro al instante que eran el hombre de su vida, se ha enamorado perdidamente, les ha hecho regalos carísimos, han planeado vivir juntos, tener niños y peces de colores; y a todos les ha pillado al poco tiempo poniéndole los cuernos con otro más joven, o le han dejado simplemente, sin explicación. Llorera, borrachera y tremenda depresión hasta el próximo sábado, cuando saldrá de marcha y conocerá al que tiene claro que AHORA SÍ es el hombre de su vida, se enamorará perdidamente, le hará regalos carísimos, planeará vivir juntos, tener  niños y peces de colores.... etc. Pero no desesperes, algún día encontrará al hombre de su vida de verdad, y tendrás ocasión de vivir una maravillosa boda gay.


Con tu amigo gay puedes ir de compras al Druni y no necesitas consultar a ninguna dependiente, él sabe perfectamente qué maquillaje le va a tu tipo de piel. Es más, es probable que acabe aconsejando a las dependientes del Druni qué maquillaje les va a su tipo de piel. Si te acompaña a comprar ropa encontrará ese vestido perfecto que te sienta como un guante, con el que pareces una princesa y en el que tú jamás te habrías fijado; y lo mismo puede aplicarse a joyas, complementos, muebles y elementos decorativos del hogar. La cocina de tu amigo gay está impecable, de ésas que parece que no se utilizan nunca... y sin embargo sabes que le encanta cocinar y lo hace de maravilla y a diario. Él es como esas madres antiguas que no pueden sentarse a ver el culebrón si tienen los platos de la comida por fregar. Tú sí podrías, si te gustaran los culebrones.
 
Una de las cosas que más me gustan de los hombres gays, es que son capaces de llorar sin complejos. Hay heteros a los que para verles una lágrima les han de cortar una pierna, y sin embargo tu amigo gay llorará igual que tú viendo el final de “Titanic” y sin cortarse un pelo. Como dijo una vez el mejor de mis amigos gays: “no tenemos miedo de que alguien crea que somos maricones si lloramos, ¡es que somos maricones!” Di que sí.


En fin, que un amigo gay es imprescindible en la vida de toda mujer que se precie. Yo adoro a todos mis amigos gays, especialmente al primero que tuve, con el que me une una amistad ya de veinte años, y que sigue teniendo detalles conmigo para comérselo a besos. Digamos que mi relación con él, de momento dura diez veces más que el promedio de mis relaciones con mis novios y maridos formales. Por algo será. Besitos Pablo, guapo, te adoro.

lunes, 13 de junio de 2011

Bravi ragazzi

Esto es poner pasión en lo que uno hace y lo demás son tonterías. En dos palabras IM PRESIONANTE. Si fueran rusos en vez de italianos, seguro que ya serían campeones olímpicos, del mundo y de donde haga falta. Por si no lo habéis notado, son mis patinadores favoritos, Federica Faiella y Massimo Scali. ¡¡¡BRAVI  RAGAZZI!!