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miércoles, 26 de octubre de 2022

Krav Maga en Praga


A punto de empezar
 
La primera vez que practiqué Krav Maga, hace años, pensé que debería ser una asignatura obligatoria en los colegios, especialmente para las chicas. Y fue sólo una mini clase entre amigos, en uno de mis voluntariados en Israel.


El Krav Maga es un arte marcial, un sistema basado en técnicas de defensa personal  y desarrollado en Israel. La traducción literal del hebreo es “combate de contacto” y es el sistema que utilizan las Fuerzas de Defensa de Israel, todos los soldados lo aprenden y practican durante su servicio militar. Se trabajan situaciones concretas para reducir a un adversario esté armado o no, pero el Krav Maga es mucho más. No se trata sólo de resolver una situación peligrosa, sino también de evitarla; de saber cuando puedes enfrentarte a alguien y cuando es mejor no hacerlo y salir corriendo; de dejar claro a primera vista, mediante tu actitud y lenguaje corporal, que es mejor no meterse contigo. Krav Maga es defensa personal, arte marcial, psicología y toda una actitud frente a la vida. Una actitud, dicho sea de paso, de lo más israelí.


Miedo con sabiduría, de Kfir itzhaki

La primera vez que vi a Kfir Itzhaki fue en un video de facebook: alguien lo compartió, lo escuché y quedé impresionada. En plena fiebre de adulación a la pequeña Tamimi, él la llamaba “mujer” (en vez de niña) y “terrorista” (en vez pobrecita palestina oprimida), con un par y con la cara bien alta. Qué valiente. A partir de ahí le contacté en facebook y fue el principio de una hermosa amistad. Hoy Kfir es mi terapeuta (un terapeuta muuuuuy bueno) y de alguna manera también mi ángel de la guarda. Es un hombre que te contagia su seguridad en sí mismo, su fortaleza, su amor por la vida y por la gente; es como la esencia de Israel concentrada en una sola persona. Su experiencia de vida es impresionante y para conocerla mejor recomiendo alguna de las conferencias que imparte por todo el mundo, pero como resumen baste decir que sirvió en el ejército en Duvdevan, una unidad de élite dedicada al contraterrorismo y por descontado es un gran experto en Krav Maga y otras artes marciales. Además ha escrito un libro, “Miedo con sabiduría” en el que habla de cómo hacer del miedo nuestro aliado, un libro que se está vendiendo de maravilla en Israel y se encuentra en proceso de traducción al inglés. Muy impaciente estoy por leerlo enterito, y a ver si con un poco de suerte y algo más de tiempo podemos disfrutarlo también en español.
 
 
 
El Moldava de noche
Hace unos meses, estábamos un día yo y mis inseguridades conversando con Kfir cuando me dijo: “voy a hacer en octubre un seminario en Praga, ven”. Y yo dije “vale, iré”. Lo cierto es que para viajar me lo pienso poco, pero además no había mucho que pensar, tenía la espinita clavada del último seminario en Valencia que no quise hacer porque no me encontraba en forma y necesitaba sacármela cuanto antes, así que llamé a la agencia de viajes y compré un billete a Praga de inmediato. He de decir que una vez allí a mis inseguridades las envié a pasear por el Moldava e hice todo el seminario como una campeona, y aunque me resultó duro físicamente (la verdad es que no estoy en forma, no nos engañemos) sólo tuve que parar y descansar después de un ejercicio especialmente intenso, lo demás lo hice todo sin grandes problemas. Así que de maravilla, feliz cual perdiz, orgullosa de mí misma, de mi trabajo y del de mi terapeuta.


Y ya puestos a volar a Praga, como el Krav Maga sólo me iba a ocupar dos días, decidí tomarme otros cuatro de vacaciones para conocer la ciudad y fue una magnífica decisión. Praga es preciosa, la típica ciudad centroeuropea con su bellísima arquitectura a la vista allá donde te encuentres. Sin duda el alma de la ciudad es su río, el Moldava. Un río enorme, muy ancho, lleno de vida y de belleza, que hace imprescindible un paseo en barco si te encuentras en la ciudad. Yo me di dos, uno de día y otro de noche. El compositor checo Bedrich Smetana supo interpretar el Moldava como nadie cuando compuso el poema sinfónico que lleva su nombre, y que forma parte de su obra “Mi tierra”.


Wine not?
Praga es además una ciudad segura, lo había leído en todas las guías que consulté y también me lo dijeron el taxista que me recogió en el aeropuerto y la dueña del apartamento donde me alojaba. Por la noche se ven muchas mujeres solas paseando o haciendo deporte, familias con niños, grupos de amigos y policías patrullando. La ciudad ideal para llegar a casa sola y borracha sin problemas (Irene…) Yo llegué sola todas las noches y una de ellas casi borracha, porque volviendo de un concierto paré a tomar una copa en un bar de vinos que había visto el día anterior, y me encontré con un camarero muy simpático que me estuvo hablando de las variedades de vinos que hacen en Chequia mientras yo me tomaba un blanco semidulce, y luego me convenció para tomar otro… es que el bar es un sitio precioso con vistas al río, que se llama “Wine not?”, igual por eso me dejé convencer. O porque el vino estaba delicioso, que también puede ser.


Cementerio judío
Praga tiene una importante comunidad judía, varias sinagogas y todo un barrio donde encuentras carteles en hebreo, restaurantes kosher y tiendas donde puedes comprar un collar con la estrella de David. La sinagoga española es una auténtica belleza, y en ella hay un pequeño museo dedicado a las víctimas checas del holocausto. En otra sinagoga, la Pinkas, están escritos en las paredes los nombres de todas esas víctimas por orden alfabético, con fecha de nacimiento y lugar de procedencia. Impresiona, impresiona mucho. Al lado se encuentra el cementerio judío que es un remanso de paz, con sus tumbas sobre las que se depositan piedras, igual que en Israel.


Otra de mis salidas nocturnas fue para ver una representación de teatro negro, un espectáculo que nació en Praga y sigue siendo parada imprescindible en la ciudad. Este género fue fundado por Jiri Srnec, y hay un teatro que lleva su nombre y que ofrece una  función casi todas las noches. Es un teatro diminuto, familiar, estás cerquísima de los actores y desde luego vale la pena acercarse a ver la representación.

Teatro negro
 
Así que a grandes rasgos este es el resumen de mi viaje a Chequia: Krav Maga, teatro negro, vino blanco, paseos por el Moldava y horas de conversación con mi admirado Kfir. Una auténtica gozada.









viernes, 15 de julio de 2022

La Cena y la librería




La Cena


Ese momento en el que entras y sientes de golpe el frescor, la penumbra y la contemplación absoluta. La Última Cena, la magnífica pintura de Leonardo da Vinci se descubre ante ti en un solo golpe de vista y por un momento crees que estás soñando. La tienes delante y ni te atreves a respirar porque sabes que el oxígeno puede dañarla, pero te acercas todo lo que se te permite, te zambulles en ella, quieres verlo todo, darte cuenta de todo, inspeccionar cada pequeño detalle de esos 40 metros cuadrados de pared. Escuchas las palabras de la guía con absoluta reverencia pero no apartas tus ojos de la Cena en ningún momento, casi ni parpadeas para no perder ni un solo segundo de los  quince minutos de que dispones. Es inmensa, física y emocionalmente. Es apabullante. Se te saltan las lágrimas. Te convulsiona, te deja temblando. El pequeño refectorio de unos humildes frailes se ha convertido en un lugar sagrado para la humanidad y el arte, donde impera la más absoluta reverencia, donde anida para siempre la pintura que brotó del alma y de las manos de un genio.


La Última Cena ha sufrido varias restauraciones a lo largo de su historia porque, contrariamente a lo que suele creerse, no se trata de un fresco. Debería tratarse, ésa era la idea, pero Leonardo fue un artista concienzudo y poco dado a las prisas, que se pasó meses mirando esa enorme pared en blanco hasta que consiguió ver en ella lo que quería pintar. Ni siquiera la más que comprensible desesperación de sus mecenas le apartaba de su exquisito método de trabajo, así que esta obra que popularmente se conoce como un fresco, no lo es. Cuando Leonardo comenzaba a pintar, el yeso ya se había casi secado, el pigmento no penetraba bien y no se mezclaba adecuadamente con el material, la capa de pintura quedaba más suelta de lo que sería deseable, y con el tiempo se despegaba y se deterioraba. La Última Cena ha sido el caballo de batalla de los restauradores desde que existe, pero hay que reconocer que han hecho un trabajo magnífico y hoy día puede disfrutarse en todo su esplendor. Con la aparición de nuevas técnicas ha sido posible incluso restaurar las restauraciones anteriores, y la pintura que hoy se contempla es casi exacta a la que en su día pintó Leonardo.


Debo decir que mi sobrina ha heredado mis genes cotillas para el arte y la cultura, lo cual para qué negarlo me llena de orgullo, y satisfacción y todo eso. Así que al terminar la visita nos acercamos las dos, ávidas de curiosidad, a hablar un poco “extra” con la guía, que nos atendió encantada. Yo me había fijado en la iluminación del refectorio que está en penumbra: dos focos junto al mural orientados hacia las paredes laterales y uno que no se veía pero iluminaba desde abajo directamente la pintura, lo que me pareció bastante raro. Así que le pregunté a la guía y ésta confirmó mis sospechas: no hay ningún foco en la parte de abajo. Es el arte de Leonardo y su magnífica capacidad como pintor lo único que ilumina en esta obra la parte central de la mesa, el horizonte y entre ambos la figura de Jesucristo. Impresionante, muy impresionante, pero cierto.



La iluminación. No hay foco en el centro.


La librería



“Parole e pagine” (palabras y páginas) se llama la librería. Está en el número 15 de la Via Moscova, en Milán y a priori no tiene nada de particular, es la librería del barrio donde mi sobrina y yo nos hemos alojado en nuestro viaje a Milán, y por supuesto no nos íbamos a quedar sin entrar a echar un vistazo. Y ahí es donde cambió la cosa. Es un negocio pequeño y lleno de rincones, en los que a veces te tienes que meter de canto para agacharte y escudriñar los últimos libros del estante, vamos, el típico sitio donde nosotras podemos estar horas disfrutando como enanas.


La selección de libros me pareció muy cuidada y muy inteligente: clásicos, autores italianos, algún que otro best seller (qué remedio…!), tesoritos de segunda mano y un mini ático dedicado en exclusiva a la literatura infantil. En la planta de abajo y tras el mostrador, el simpatiquísimo empleado cuyo nombre lamento mucho no recordar y que flipó un poco con nosotras, porque se ve que no es muy normal lo de dos turistas devorándose con los ojos durante un buen rato todos los libros de una librería apartada del centro, pequeña y rara. Estuvimos hablando con él de literatura, de historia, de España, de Italia, de nuestro viaje… vamos, un librero de la antigua escuela,  de los que disfrutan su oficio y te hacen salir del local con la satisfacción de haber conversado con alguien de tu “familia” lectora. De los que ya no quedan. Compramos un mapa de Milán y por mi parte, incumpliendo una vez más mi promesa viajera de no comprar libros (pesan, se pueden conseguir por internet, tatatá, tatatá…) me vine con uno de ésos que no puedes dejar en la estantería porque sería como abandonar a un hijo: “Intervista con la Storia” de Oriana Fallaci. Habrá post, prometido.



Frente al Duomo, tía y sobrina



domingo, 7 de noviembre de 2021

Mi ahijado, los cinco y yo

Ana, Dick, Julian, Jorge y Tim, Los Cinco

Hace unos días, en el Club de Lectura para Damas Selectas del que soy miembro (sí, habéis leído bien, Club de Lectura para Damas Selectas, ¿qué pasa?) salió el tema de los libros que han marcado nuestras vidas. Yo me quedé pensando y en unos segundos lo tuve claro: la colección “Las aventuras de Los Cinco” escrita por Enid Blyton. Esos libros hicieron que me lanzara de cabeza al maravilloso vicio de la lectura y me convirtieron en la lectora ávida, voraz e insaciable que soy ahora mismo. Por supuesto tenía toda la colección y los leía una y otra vez, no dejé de hacerlo hasta que fui ya bastante mayor y los relegué al trastero de mis padres.


Los Cinco no fueron mi primera lectura, pero son el primer recuerdo que tengo de libros que me hicieran vibrar, que me emocionaran tanto que no pudiera parar de leer. De hecho, era bastante habitual que empezara uno de los libros y lo terminara de una tacada aunque ya lo hubiera leído antes y me supiera de memoria el final: no podía parar y cuando no se puede, no se puede. Os podéis imaginar la de broncas que me he llevado por estar cenando con el bocadillo en una mano y el libro de Los Cinco en la otra; por estar leyendo sin haber acabado los deberes, por quedarme hasta las tantas leyendo en la cama con la luz encendida. Y de las dioptrías ni hablemos, cuando llevaba tres o cuatro mis padres capitularon y me pusieron en la cabecera de la cama una lámpara potente porque no había manera de que no leyera por la noche, y sin una buena luz estaba perdiendo vista rápidamente. Mis padres se han ganado el cielo conmigo, de verdad, y los pobres nunca consiguieron que dejara de leer como una bestia.


Pues bien hace un tiempo mi ahijado, que es el hijo mayor de nuestra querida Mustang Sally, descubrió la colección de Los Cinco y quedó tan fascinado por ella como yo en su día. Cuando su madre me dijo que iba tomando prestados los libros uno a uno de la biblioteca, recordé mi vieja colección y decidí regalársela; mi madre y yo subimos al trastero, bajamos los libros, les quitamos el polvo, los metimos en una bolsa enorme y un día se los llevé en plan sorpresa a mi ahijado. Su reacción fue maravillosa: abrió la bolsa, vio su contenido, gritó “¡¡todos los libros de Los Cinco, gracias, gracias!!” y me abrazó. Aquel abrazo se convirtió en un momento de lo más emocionante, no sólo porque mi ahijado es un niño adorable y le quiero con locura, también porque estábamos compartiendo algo mucho más trascendente que unos libros. 



Aún es muy joven, pero espero que algún día entienda cuánto has de querer a una persona para regalarle tu más preciado tesoro infantil con la satisfacción que supone dejarlo en mejores manos que las tuyas. En el momento de ese abrazo supe que mi ahijado, al igual que había hecho yo treintaytantos años antes, también iba a meterse en ese pasadizo bajo el mar a buscar el tesoro con un acojone respetable, pero con no menos valor y ganas de seguir; también sentiría el frío de la niebla en el cerro de los contrabandistas; también se enfrentaría a sus secuestradores, y siendo más listo que ellos sería capaz de enviar un mensaje con trampa para desenmascararlos; también viviría una y otra vez esos veranos inolvidables y llenos de aventuras… esas vivencias no tienen precio, y el hecho de tener un ahijado digno de compartirlas es una de las mejores cosas que me han pasado nunca.


Ahora mis Cinco están en el hogar de Mustang Sally y en el corazón del maravilloso niño que compartimos. Quién me iba a decir que tantos años después mis libros de la infancia aún iban a procurarme otro momento de gran felicidad: saber que existe en mi vida una personita leyéndolos con la misma pasión que los leí yo en su día. Y eso es ser una lectora y una madrina muy, pero que muy afortunada.

viernes, 18 de enero de 2019

¡Allá vamos! (Canadá salvaje I)





Canadá salvaje

¡Guau! suena a pescar salmones con los dientes, enfrentarse cuerpo a cuerpo con osos grizzlies, confraternizar con tribus iroquesas, pasar el invierno en un tipi, llevar ropa confeccionada con piel de oso para resistir las extremas temperaturas… pero no, sólo es el nombre que mi agencia de viajes ha puesto al tour canadiense en el que me embarqué este verano. El nombre me encanta, pero una ya tiene unos años y soy más de aventuras comodonas en hotelazos con ducha calentita y servicio de habitaciones, qué le vamos a hacer.

 
El passport gate o cómo empezar un viaje a lo grande

Heme aquí dispuesta a cruzar el charco por primera vez en mi vida, emocionada cual quinceañera en su puesta de largo y previsora como yo sola, llegando al aeropuerto dos horas y media antes de la salida de mi vuelo. Ayer vine a Madrid en el AVE y he pasado la noche en un hotel cercano al aeropuerto y con servicio de lanzadera, me las prometo de lo más felices y estoy “anchanté de la vi” que dicen los franceses.

Cuando me acerco a facturar la maleta un empleado de la compañía Air Canadá me pregunta si he sacado el eTA, le digo que sí y paso al mostrador. La azafata del mostrador me vuelve a preguntar si he sacado el eTA, le digo que sí, le doy mi billete y mi pasaporte y coloco la maleta en la cinta-báscula…

PARÉNTESIS: el eTA es el Electronic Travel Authorization, un visado que hay que sacar para entrar en Canadá, lo que en EEUU es el ESTA. Es un trámite sencillo: entras en la página del Gobierno de Canadá, rellenas un cuestionario, pagas unos 7 euros y le das al play. En unos minutos te llega un email diciendo que tu documento está autorizado, dándote un número de eTA y deseándote un feliz viaje a Canadá.

…la azafata teclea y me mira, vuelve a teclear y me vuelve a mirar, me dice “qué raro, no me sale aquí tu eTA” y yo le digo “espera que te enseño la autorización” y le enseño la copia del mail, que como chica previsora y detallista que soy, llevaba en el teléfono móvil. La azafata lo mira, asiente, vuelve a teclear, me mira, vuelve a teclear y llama a una compañera porque no consigue que el ordenador lo acepte y no sabe por qué. Y sí, empiezo a ponerme nerviosa y a respirar despacio en plan ommm intentando que no me dé un soponcio. Mucho Canadá Salvaje, me meriendo tres osos, remo en canoas iroquesas, pero ya estoy de los nervios y ni he subido al avión. Postureo aventurero, qué pasa.

“Claro que no lo coge, porque le falta una letra”
, dictamina el tercer compañero que aparece a petición de la azafata, y yo “¿qué letra?” y él “mira, la P”, y yo “¿la P de Pasaporte?”


debo decir en mi favor que mi pasaporte no me lo ha puesto fácil dejando esa maldita P fuera de la casillita correspondiente, para que yo la identificara como “Pasaporte” igual que mi número de identidad viene precedido de “DNI” en el propio documento. Pues no, señores, esa P forma parte del número de documento que en todos los pasaportes empieza por tres letras y en el mío, maldita casualidad por esa P que casi me deja en tierra el día de mi superviaje.


Y a partir de aquí, como en las películas. Me dicen que tengo que volver a solicitar el eTA con el número correcto (incluyendo la maldita P) y que si no recibo el mail de aprobación no podré subir al avión, pero que me da tiempo… quiero morir… entro en la página, relleno el cuestionario, pago otra vez los siete euros y sólo me queda esperar. Sólo. Veo una sucursal de mi agencia de viajes, me acerco y le cuento a la chica todo el drama, me dice que vuelva a pedir el eTA y yo que ya lo he pedido, me dice que llamará a la central, pero no abren hasta las 9.00 h. y falta más de una hora, quiero morir otra vez.

Llamo al móvil personal de mi agente de viajes, que es amiga mía y por eso tengo su móvil, hablo con ella y le vuelvo a contar mi drama. Me tranquiliza, me dice que cuando llegue a la oficina llamará a la central y si hace falta me buscarán otro vuelo (Raquel te ganas el cielo conmigo, eres un ángel y una magnífica profesional, que lo sepas), sigo rezando a todos mis dioses ateos para que el puñetero eTA llegue a tiempo y yo no muera del disgusto, por qué me pasa esto a mí como si nunca le hubiera pasado a nadie, mi yo de tragedia griega está tomando el control de mi mente.

Una buena noticia entre tanto desastre: mi vuelo lleva una hora de retraso y las chicas me dicen que no van a cerrar la facturación, que apurarán hasta el último momento a ver si llega el mail y puedo subir al avión, se lo agradezco con toda mi alma. Y llega, el maldito permiso llega en el último minuto… facturo la maleta y me hacen el checking, control de seguridad, puerta de embarque a la velocidad del rayo, cuando llego aún quedan algunos pasajeros por embarcar, soy de las últimas pero consigo subir al avión. Y no he tenido tiempo de pensar en el miedo a volar ni nada de eso, cuando me viene a la cabeza ya estoy casi en Canadá. Uf, qué alivio.


Groenlandia queda un poco lejos, pero bueno...

Extraña astrofísica en el Atlántico Norte

Llevamos un par de horas de vuelo, ya se me ha pasado el susto, nos han dado de comer, he leído un rato, me acomodo en el asiento a ver si con suerte me duermo, las azafatas atenúan las luces del avión y se crea un ambiente chill out (bueno, más o menos) en el que me siento de lo más a gusto. Miro por la ventanilla del avión, ha anochecido y el Atlántico está precioso, el azul intenso del mar combina con el rosado del atardecer y la vista es impresionante. Intento sacar fotos con el móvil pero como era previsible sale un churro y las elimino. Empiezo una apasionante conversación conmigo misma:

- “un momento, ¿cómo que se ha hecho de noche? si el avión ha salido a las 10 de la mañana y volamos de Europa a América se supone que no hay noche ¿no?”
- “ah, claro, es porque para acortar el trayecto hemos de subir hacia el norte y luego bajar, por Groenlandia y eso”
- “pues con más motivo, estamos en junio, cuanto más hacia el norte, menos noche hay”
- “esto debe ser algún extraño fenómeno astronómico y/o atmosférico”
- “o que me estoy volviendo gilipollas y paranoica”
- “también es posible. Se lo preguntaré a mi hermano pequeño cuando vuelva a casa. Ale, a dormir.”


Mi hermano pequeño es el Sheldon Cooper de la familia. Algo menos rarito (tampoco mucho menos) pero igual de listo o más. Estudió Física y además es un apasionado de las ciencias y como yo, un cotilla internauta, cuyo hobby es meterse en la página de la Universidad de Stanford a ver unas clases de Física Cuántica en inglés, de un profesor que le gusta mucho. Así que ya me explicará esta situación que me tiene mosqueada.

Ventanilla con persiana, de toda la vida
Varias veces más durante el vuelo miro a la ventanilla y sigue siendo de noche hasta que, cuando falta hora y media para aterrizar sigue todo igual de oscuro y me mosqueo de verdad. Esto no puede ser, yo me he equivocado de avión y me están llevando vete a saber donde, se supone que aterrizamos a las once de la mañana, ya estamos sobrevolando la parte norte del país y es imposible que sea de noche ahora que deben ser las diez, ay madre la que he liado, ¿dónde estoy? y entonces me da por mirar la ventanilla del otro lado del avión… un sol reluciente. Miro hacia atrás y hay varias ventanillas por las que entra la luz a raudales, miro la mía y noche oscura. Mierda, acabo de darme cuenta. Yo toda la vida acostumbrada a las ventanillas con la mini persiana que se baja y se sube, y ésta sólo tiene el cristal al lado de unos botoncitos que van gradualmente del dibujito del sol al dibujito de la luna… efectivamente, empiezo a tocar los botoncitos hacia el sol y la oscuridad de mi ventanilla desaparece dejando paso al día radiante. Yo creyendo que me había equivocado de avión y resulta que sólo era el tinte de la ventanilla, va a ser verdad que me estoy volviendo gilipollas.

Ventanilla moderna con tinte. Obsérvese la diferencia con la de atrás
Por cierto, cuando se lo comenté a la vuelta a mi hermano pequeño, conforme le iba contando el tío iba elaborando teorías metafísicas por las que podría haberse producido un efecto óptico, que combinado con los gases atmosféricos a esa altitud… le tuve que cortar el rollo y desvelarle antes de tiempo el final de la historia, porque éste como no lo pares te reformula la Teoría de la Relatividad en dos minutos. Menudo es mi hermanito.


domingo, 4 de febrero de 2018

Mujeres que comen


Mujeres que comen, mujeres que cocinan, mujeres que dan de comer.

Mujeres que disfrutan preparando un arroz al horno, que se embriagan con el olor del pan recién hecho, que frente a un tarro de miel piensan en alimento y no en calorías.

Mujeres que cuando hablan de comida dicen tocino, arroz, huevos, azúcar, y no yogur desnatado o hamburguesa de soja.



Mujeres recias, contundentes, de armas tomar, mujeres que saben mandar sin necesidad de proclamarse feministas.

Mujeres pizpiretas a los veinte, maduras a los treinta, en su punto a los cuarenta, sabias a los cincuenta, imparables a los sesenta, matriarcas a los setenta, venerables a los ochenta, dulces a los noventa… eternas, mujeres eternas.

Mujeres de anchas caderas y generosos pechos, de rotundas y amorosas curvas. Madres nutrientes de buena crianza, abuelas que calientan entre sus pechos las gotas para el oído del nieto.

Mujeres de piel suave, cuerpo fuerte y corazón valiente.

Mujeres eróticas, mujeres hechas de carne y no de plástico.


Mujeres de brazos en jarras, de andares firmes y ojos seductores. Mujeres que con un buen escote y la cara lavada, levantan a su paso las miradas de los hombres.

Mujeres de chocolate, mujeres lácteas, mujeres de manzanas frescas.

Mujeres felices con la familia sentada a la mesa, disfrutando de un cocido casero en día de fiesta.

Mujeres de merengue y melocotón, de manteca, de almendras, de hortalizas, de buen aceite de oliva, de pernil y de torrija, de garbanzos, de paella, de magdalenas caseras, de patatas fritas y de gazpacho.


Mujeres redondas, mujeres que comen.

Mujeres que comen y dan de comer.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Por qué no soy feminista

“Mi marido no es guapo, ni falta que le hace”

Me ha venido a la cabeza esa frase cuando he pensado en el primer y principal motivo por el que no soy feminista: básicamente porque no me hace ninguna falta. He tenido la suerte de nacer en un país occidental en el siglo XX y he estudiado lo que he querido, he trabajado en lo que he querido, he estado en pareja o sin ella cuando he querido… por resumir, he hecho toda mi vida lo que me ha dado la gana y jamás he tenido ningún problema por ser mujer, ningún inconveniente o dificultad que no hubiera tenido siendo hombre.

Ahora bien, pasando del egoísmo a la solidaridad, está claro que ésa no es la situación de la mayoría de mujeres en el mundo y que el feminismo debe existir no por mujeres como yo, que nos bastamos y nos sobramos, sino por mujeres en otras circunstancias que sí tienen una vida mucho más difícil por ser mujeres. Y aquí es donde empiezan los problemas, porque un movimiento que en teoría debería estar creando un mundo más justo, en la práctica deja muchísimo que desear. Y es por eso que muchas mujeres (y hombres) con fuerza, con voz y con ganas, deciden no apoyar al feminismo organizado.


DISCRIMINACIÓN POSITIVA
 
Discriminar a las mujeres está mal, discriminar a los hombres es igualdad de oportunidades

Entiendo que la discriminación positiva puede ser necesaria en algún momento concreto y en alguna circunstancia especial, pero en general me parece tan mala como la negativa porque no deja de perpetuar una situación de discriminación, además de señalizar a quien la requiere como “menos apto” para conseguir lo que otros consiguen sin ayuda. Y sin embargo las feministas justifican la discriminación positiva hacia las mujeres como una compensación por los años de heteropatriarcado machista en los que hemos estado ninguneadas y hemos sido tratadas como ciudadanas de segunda clase, y eso lo dicen feministas de veinticinco años hablando en primera persona, como si hubieran pasado su vida picando piedra en la mina en vez de disfrutando de becas, sanidad gratuita y leyes de violencia de género. En fin, nena, que si tus bisabuelas levantaran la cabeza…


EL TRABAJO DOMÉSTICO Y LA BRECHA SALARIAL

El trabajo doméstico es trabajo, y tanto que lo es, pero cuando exigen a gritos su remuneración, las feministas son las primeras que están dando por sentado que es trabajo femenino y ahí es donde me dejan ojiplática de nuevo. El trabajo doméstico de la casa propia es de todos los que habitan en ella, sin excepción y cada uno en la medida de sus posibilidades. No existe ningún gen mutante en el cromosoma Y que impida a ningún hombre del mundo coger una escoba, una plancha o un biberón y utilizarlos en su debida forma. Y cuando digo todos los que habitan en la casa, digo todos incluyendo niños y abuelos, cada uno lo que pueda pero todos los miembros de la familia tienen esa responsabilidad. Hay hombres que no parecen tenerlo demasiado claro, pero es que hay mujeres que tampoco: las oigo presumir de lo buenas amas de casa que son, de lo limpio que lo tienen todo (ellas en singular, sin incluir a los maridos); las oigo decir que su marido es muy bueno porque “me ayuda en la faena de la casa y me deja salir a tomar café con mis amigas” (me encanta esa frase) o las oigo por el contrario quejarse de que “no ayuda nada” mientras ella friega-guisa-cambiapañal todo a la vez y el maromo se toca los huevos en el sofá frente a la tele.

Y luego las feministas para arreglarlo exigen un sueldo para el ama de casa a cargo del dinero público, claro, para que ella pueda tener cierta independencia económica en pago por “su trabajo” mientras él se los sigue tocando tranquilamente en el sofá, y todos contentos. Ale pues ¿problema solucionado? ¿en serio?

La brecha salarial es uno de esos temas con mil interpretaciones, susceptible de que cada uno extraiga la información que quiera y la utilice a su conveniencia. No es verdad que por hacer el mismo trabajo si eres mujer cobras menos, eso está prohibido por la ley, lo que sí es verdad es que si coges por una parte a todas las mujeres que trabajan, y por otra a todos los hombres que trabajan, al sumar los sueldos de unos y de otras resulta que las mujeres cobran menos. ¿Por qué? pues porque suelen tener empleos menos cualificados y por lo tanto menos remunerados. 

¿Están las mujeres menos cualificadas que los hombres para ejercer cualquier profesión? en absoluto, pero muchas mujeres siguen teniendo claro que su salario es menos importante que el de su pareja, que han de ocuparse además en solitario de las tareas de la casa, y que si uno de los dos en algún momento ha de aparcar su vida profesional para dedicarse a la crianza de los niños, será necesariamente ella y no él. Y teniendo eso tan claro es lógico que se ponga menos interés y se tenga menos ambición en la vida profesional de una y es más probable que la mujer acabe teniendo un empleo menos remunerado que el de su pareja masculina, al final es la pescadilla que se muerde la cola. ¿Es injusto? sin duda, ¿es culpa del machismo y del heteropatriarcado? en parte sí, pero digo yo que las mujeres en tanto que seres adultos y pensantes algo tendremos que decir al respecto. El machismo no nos obliga a priorizar nuestra vida familiar sobre la profesional, sólo nos sugiere que lo hagamos, pero somos nosotras quienes tomamos nuestras decisiones.


 
CONTRA EL HOMBRE

Ya lo dijo mi paisano Toni Cantó, que el feminismo no puede hacerse contra el hombre y más razón que un santo tenía. Algunas feministas son lesbianas furibundas y les repugna la idea de practicar sexo con un hombre, hasta ahí perfecto, pero incluso las más acérrimas lesbianas ¿no tienen padre? ¿no tienen hermanos, primos, hijos, amigos, compañeros de trabajo varones por los que sientan un cierto aprecio? ¿son todos tan odiosos que no podemos aceptar que algunos de ellos también sufran violencia en su hogar? ¿son tan malvados que podemos echarles la culpa sin pestañear de todas las actitudes machistas que hayan sufrido todas las mujeres del mundo a lo largo de la historia? Esa actitud me recuerda un poco a la clásica gañanada de bar, la que suele soltar un tío espatarrado con un whisky en una mano y un puro en la otra, y que reza así: “las tías son todas unas zorras”. Y a mí me entran ganas de preguntarle al  neandertal de turno: “¿todas, todas? ¿tu madre también?”.

Así que no me vale, queridas feministas, hombres y mujeres vamos todos juntos en el mismo barco, y hemos de sacar adelante todos juntos esta sociedad en que vivimos y que es el futuro de nuestros descendientes. Dejemos de echar la culpa de todo a quien no la tiene, y concentrémonos en quienes sí la tienen, que es más difícil y más políticamente incorrecto, pero mucho más efectivo y justo.


GRACIAS AL FEMINISMO

A algunas las saca de quicio que una mujer no milite en movimientos feministas, ¡que incluso se atreva a criticarlos de vez en cuando!, que no esté a favor del aborto ni de la ley de violencia de género, que sea de derechas, que no ponga a parir a “los tíos” así en general en cuanto abre la boca, que quiera tener familia numerosa o incluso lo más imperdonable, que si estando sentada en un bar con un amigo piden una cerveza y una fanta, si le sirven a ella la fanta no empiece a informar a gritos al camarero de lo heteronormativo patriarcal que ha sido su comportamiento, sino que se limite a intercambiar las bebidas y no le dé ninguna importancia. Y es que para ser una buena feminista no sólo hay que querer la igualdad de oportunidades para todos, ni querer proteger a las mujeres en aquellas situaciones en las que puedan estar desprotegidas, no, qué va. Parece que nadie es una buena feminista si no se ha quedado embarazada para luego abortar y demostrar así que su cuerpo le pertenece; si de cada cinco palabras que dice, una no es “heteropatriarcal” o “heteropatriarcado”; si vota al PP o Ciudadanos; si decide criar a sus hijos con biberón en vez de amamantarlos; si no acusa constantemente a todos los hombres de todos los males del mundo; si no está vigilante con mil ojos a la caza de algún presunto micromachismo, para saltar directamente a la yugular del presunto micromachista sin darle tiempo a decir buenos días.


No, las mujeres que no cumplen esos requisitos son constantemente acusadas de machistas y de fachas por las “verdaderas” feministas, que como buenas antifascistas jamás admiten una sola crítica y tienen claro que la libertad de expresión es válida únicamente para ellas (nótese la ironía, por favor). Inmediatamente viene lo de “gracias al feminismo puedes votar y trabajar”, “si eres mujer deberías defender siempre a las mujeres” y “si no apoyas nuestra lucha, al menos cállate”, tres clásicos feministas de libro equiparables en frecuencia y oportunidad al ya comentado e insuperable “sois todas putas” de cualquier gañán que se precie.

Y sí, gracias al feminismo podemos votar y trabajar, y estamos muy agradecidas a las mujeres y hombres que hicieron eso posible hace unos años, pero nadie tiene derecho hoy en día a autoproclamarse portavoz de aquella gente y en su nombre decirme a mí lo que tengo y lo que no tengo que hacer con mi vida. Estar agradecida no significa perder la capacidad de pensar por una misma, así que tú, feminista veinteañera que hablas de “lucha” cuando lo único que haces es gritar, abortar y enseñar las tetas, tú no tienes la menor idea de lo que es una lucha de verdad. No eres capaz de entender lo que tuvieron que pasar las sufragistas, ni las primeres mujeres científicas, escritoras o artistas, ni tus bisabuelas en la posguerra, ni tantas y tantas mujeres que son quienes hicieron posible que hoy podamos votar y trabajar. Ellas, no tú, así que menos lobos con la lucha feminista y ni se te ocurra decirle a nadie que se calle al respecto, por mucho que te fastidie su opinión ya sea hombre o mujer. Si no sabes rebatir sus ideas con argumentos, plantéate que a lo mejor quien debería estar un rato calladita, eres tú.


MUJERES CONTRA LA ISLAMOFOBIA

Ésta la he dejado para el final porque es sin duda mi favorita, y por supuesto la razón de más peso para alejarme y discrepar de los movimientos feministas. Dejando aparte la estupidez en sí misma que es la palabra “islamofobia”, ya hablaremos de ello otro día si se tercia, me fascina y me escandaliza a partes iguales ese contubernio de las feministas con el islam, esa tolerancia mangánima hacia lo intolerable, ese buen rollito de libertad para todas y todos. Es que me suena como sonaría un negro yéndose de copas con el KuKusKlan, o un judío defendiendo el derecho de los nazis a tener sus ideas y sus cámaras de gas.


A ver pardillas, ¿es que no habéis leído el corán, donde dice que una mujer vale la mitad que un hombre porque es palabra de alá y punto en boca? (Sura 2.282) ¿no habéis leído donde aconseja a los maridos que peguen a las mujeres desobedientes? (Sura 4.43) ¿no habéis visto nunca fotos de lapidaciones a adúlteras, de latigazos a víctimas de violación, de matrimonios entre hombres adultos y niñas pequeñas? ¿qué pensáis que es el islam? ¿qué creéis que significa el velo islámico? cuando defendéis la libertad para usarlo en occidente estáis defendiendo el derecho de los negros a estar encadenados, el derecho una maltratada a que su marido le pegue, el derecho de un trabajador a cobrar 50 euros al mes por 80 horas semanales. Vamos, que os estáis pasando los derechos por el forro, especialmente aquellos que tanto ha costado conseguir y por los que debemos estar tan agradecidas, porque el velo islámico significa la anulación de todos esos derechos. Algunas sí queremos mantener esos derechos, y por eso nos aterra lo que el islam hace a las mujeres mientras vosotras os dedicáis a echar piedras sobre el tejado de vuestras hijas y nietas; porque nosotras igual no lo veremos, pero a ellas nadie las va a respetar cuando les pongan un burka encima y las obliguen a dejar de trabajar o a casarse con su violador. No les valdrá de nada decir “mi abuelita que era feminista apoyaba al islam”, las maltratarán igual y si tenéis alguna duda echad un vistazo al mundo árabe, y comparad la situación de las mujeres antes y después de cada revolución islámica. Para que os quede bien claro como feministas, aquello a lo que NO os estáis enfrentando.


Así que si de verdad queréis defender a las mujeres, dejad de quemar sostenes y empezad a quemar velos y a despotricar contra el islam, esa teocracia fanática disfrazada de religión que se dedica a maltratar a las mujeres por ley. Es la única opción cuando una feminista tiene dos neuronas y dos ovarios.

lunes, 9 de mayo de 2016

Sábado sabadete (Por fin Israel, V)

Sábado, sabadete
En el hotel de Tel Aviv, hay dos ascensores para subir a las habitaciones y me fijo en que en uno de ellos hay un cartelito que pone “ascensor shabat”. Shabat es el sábado, el día sagrado y dedicado al descanso por los judíos, pero francamente no sé qué tiene que ver con un ascensor. Hasta que lo averiguo. Resulta que antes de que Dios descansara el domingo, los judíos ya habían establecido un día semanal de descanso obligatorio  porque se ve que con lo trabajadores que son, si no les obligan no paran ni a dormir. La Torá lo dice bien clarito: “No ejecutaréis ninguna acción de trabajo en Shabat" (Éxodo 20;10).

Pero las prohibiciones del shabat no se limitan al trabajo y ya está, la ley judía las fue ampliando y especificando con el tiempo, de tal manera que hoy día si se sigue estrictamente la norma, un judío en sábado no puede hacer prácticamente nada. Una de las cosas más llamativas es que no se puede encender fuego (“No encenderéis fuego en Shabat” Éxodo 35;3) y diréis “¿quién va a encender una fogata hoy en día?” pues fogatas no, pero todos encendemos fuego para cocinar incluso con vitrocerámica, así que los sábados no hay cocina. Los alimentos se mantienen calientes si es posible desde el viernes (puede haber fuego encendido, lo que está prohibido es encenderlo el sábado) y lo que no se puede mantener caliente, se come frío.

Ascensor Sabbath
Además del encendido de fuego más o menos literal, con el avance de los tiempos la ley judía considera que tampoco se puede poner en marcha ningún aparato que funcione con electricidad y aquí es donde ya la hemos liado. Ni teléfonos, ni televisor, ni radio, ni coche, ni ordenadores, ni nada. En el desayuno del hotel las máquinas de café estaban apagadas el sábado y había termos con café hecho del día anterior, leche y agua caliente para las infusiones. La tostadora de pan también apagada y el resto del bufé todo frío. Y en cuanto al ascensor, pulsar alguno de sus botones se considera que es poner en marcha algo eléctrico, así que en shabat nada de nada. Pero claro lo de andar subiendo ocho y diez pisos por la escalera tampoco mola… aquí entra en acción el ingenio judío y a alguien se le ocurre lo del ascensor shabat, que es un ascensor funcionando con total normalidad de domingo a viernes, pero que se pone en modo automático el sábado. O sea tú no lo llamas, ya llegará, y cuando llega subes y no le tienes que marcar a qué piso vas, el ascensor va parando y abriendo las puertas en todos los pisos y tú te bajas en el que quieras. Igual tardas un rato en llegar pero ni subes escaleras ni le das al botón, así que estás respetando el shabat al dedillo ¡ABSOLUTAMENTE BRILLANTE!

Además el shabat se inaugura con un auténtico fiestón, algo que a los judíos les gusta tanto como a los españoles porque al igual que nosotros tienen fiestas para dar y regalar. La celebración del shabat comienza el viernes cuando se pone el sol, así que la cena del viernes es opípara, con toda la familia reunida (y hay que tener en cuenta que una familia judía puede estar compuesta por muuuuuucha gente) vestidos con sus mejores galas, cantando, bailando y celebrando hasta las tantas. No sé si en todas partes será igual, pero desde luego en mi hotel había un ambientazo impresionante el viernes por la noche, vaya tela la que liaron. Yo que viajo en estas fechas para huir de las fallas y va y me encuentro con una super fiesta en Jerusalén ¿será el karma valenciano que me castiga?

Humor judío
“Soy judío, ¿quieres comprobarlo?” Así sin más, es una frase muy inocente, pero cuando una la ve impresa en una prenda de ropa interior masculina… pues me partía de risa. En un tenderete de souvenirs en la calle, y aunque en la foto sea una camiseta yo la vi impresa en unos bóxer, que hicieron las delicias de las féminas de mi grupo. Lástima que ninguna teníamos un novio judío a quién regalárselos.

Soy judío ¿quieres comprobarlo?
El más que peculiar sentido del humor de los judíos y su gran capacidad para reírse de sí mismos son muy llamativos, y eso que en determinadas épocas de la historia no han tenido motivos para estar precisamente de buen humor. Siempre creí que el mayor exponente de esa ironía era Woody Allen, pero la verdad es que Claudio con sus chistes le ha hecho una buenísima competencia. Si un chiste de judíos puede ser de pésimo gusto en boca de alguien malintencionado (un neoconcejal del Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo) en boca de un judío siempre es agradable, chispeante y muy divertido.

En muchas comedias televisivas sobre todo americanas, podemos observar esas pinceladas de humor tan peculiares, supongo que debido a que la industria del cine y la televisión están llenas de judíos con ganas de hacer reír a los espectadores. Los fans de la "Teoría del Big Bang" y me refiero a la comedia televisiva, no a los sesudos estudios de Stephen Hawking, reconocerán de inmediato a la madre judía en el personaje de la madre de Wolowitz. Esa madre que pregunta “¿es que hoy no vas al cole?” a su hijo ingeniero y que sufre un soponcio cuando el niño le anuncia que está pensando en casarse con su novia, abandonando a su mamá, a la tierna edad de 27 años. El estereotipo de la sufrida y abnegada madre judía, en versión cómica da mucho juego.

Delicatessen
Lo malo de vivir en España es que aquí la comida es increíblemente buena, y los vinos en general también. Por una parte hay que cuidarse para que los michelines no aumenten de tamaño exponencialmente, y por otra cuando sales fuera pocas veces te satisface la comida de otros países.

Vino de Caná
En Israel no se come mal en absoluto, pero hay algunas cosas que me han resultado bastante curiosas. En realidad aquí se come una especie de dieta mediterránea aunque con algunas diferencias con respecto a la nuestra: por ejemplo la cantidad, calidad y variedad de verduras es espectacular, en el bufé de los hoteles hay siempre preparadas abundantes combinaciones de ellas tanto crudas como cocidas, con distintos condimentos y siempre deliciosas. Sin embargo cuesta encontrar una fruta medianamente apetecible. Hay manzanas pequeñas, verdes y muy ácidas; unas naranjas bastante sosas y escasas de jugo, nada que ver con las naranjas valencianas y poco más, alguna macedonia muy de vez en cuando y algún trocito de fruta en un pastel. Eso sí, de pasteles y dulces te puedes poner hasta arriba (el michelín, Zenia, el michelín) estilo árabe, estilo judío, estilo etíope, estilo anónimo, montones de dulces por todas partes.

Abundan en el desayuno los lácteos, sobre todo quesos frescos en gran variedad y al igual que las verduras con distintas condimentaciones tanto dulces como saladas. Eso sí, sólo en el desayuno, ya que en los almuerzos y cenas hay carne y los lácteos no se sirven en la misma comida que la carne según la alimentación kosher. También hay yogures caseros de distintos sabores y hay nata, mucha nata. Lo que parece una copa de yogur con frutas, es en realidad una copa de nata con frutas, así que cuidadín.

Cenita casera israelí. Nada kosher, ahora que lo veo
Me sorprende que con tanta costa mediterránea se coma poco pescado y el que se come no es ninguna maravilla, la verdad. Los israelíes parecen estar más concentrados en los hidratos de carbono: son capaces de poner en el mismo plato patatas, macarrones, arroz y humus, acompañado todo con un poco de carne en salsa. Y además servirlo con pan de pita, cuidadín de nuevo con esas calorías.

El delicioso humus se sirve en casi todas partes al igual que varias salsas, algunas de ellas picantes hasta decir basta que hicieron las delicias de nuestros compañeros del grupo mexicanos. Cuando comemos en Belén estoy sentada frente a Yolanda, Guadalupe y Juan Pablo, y soy la primera en probar una de las salsas que parece así como de tomatito. Madre mía, me arde la boca inmediatamente, me tengo que beber detrás un vaso entero de agua y advierto a todo el mundo “cuidado, que ésta pica muchísimo”. Claro, enseguida la prueban y Juan Pablo dice “esto en México no es picante” y yo mirándoles con cara de pez a los tres mientras se sirven salsa en abundancia sobre sus respectivas comidas.
-“me extraña que no tengáis una úlcera” -digo yo, flipando sin parar
-“bueno, estamos acostumbrados” -responde Guadalupe, mientras come tranquila su pescado, adobado con esa salsa infernal

Unos días después volverá a salir el tema cuando estemos en el autobús entrando en Tel Aviv desde el norte, y Claudio nos diga que tardaremos algo en llegar a los hoteles debido a que a esas horas hay atasco.
-“esto en México no es atasco” -oigo la voz de Juan Pablo unos asientos detrás de mí
-“ya, y la salsa tampoco es picante” -le respondo con buen humor y todos nos reímos

Qué país más peculiar, México, y que adorables sus habitantes. Espero poder ir a visitarlo algún día aunque tenga que llevar mi propia comida. O arriesgarme a una úlcera.

Con el vino me pasa igual que con la comida, son buenos los vinos israelíes pero acostumbrada a los riojas de aquí, pues me gustan pero no me maravillan. Aún así me gustaría llevarme algunas botellas pero no lo hago por lo que pesan y lo engorroso que es llevarlas en el avión. Únicamente cedo a la tentación en Caná de Galilea, donde se celebraron las bodas aquellas en las que según cuenta la Biblia Jesucristo convirtió el agua en vino, y además en un vino estupendo. Es imperdonable no comprar vino aquí y mientras me lo estoy pensando se acerca Jacobo, el chileno del grupo con el que ya he hablado de vino en alguna ocasión y me advierte de que en la tienda donde estamos hay botellas pequeñas de 375 ml, así que compro una y ya me quedo tranquila. Siguiendo otra de mis tradiciones viajeras, unos días después de regresar a España prepararé una deliciosa cena israelí con humus, pitas, ensaladas, kebab, etc. y compartiré esa botella con mi amigo Rober, el afortunado invitado a cenar en esta ocasión. Nos lo pasamos pipa hablando de las batallitas del viaje y estaba todo de lo más rico, el vino y la comida.

(Pequeño paréntesis en forma de chiste judío: “a estos judíos ya les vale, encuentran un tipo que sabe convertir el agua en vino y van los tíos y lo crucifican. Si es que…” ;-)

Por cierto, tampoco quería comprarme libros por la misma razón que el vino, pesan mucho en la maleta, pero no me pude resistir y acabé comprándome dos:
  1. De Iddo Netanyahu “Yoni´s last battle” (“La última batalla de Yoni”) sobre la vida de su hermano y el rescate de Entebbe. Me ha impresionado tanto y hay tantísimo que contar sobre ello que no digo nada ahora, habrá post al respecto.
  2. De Michael B. Oren “Six days of war” (“Seis días de guerra”) que como su propio nombre indica va de la guerra de los seis días. Aún no lo he leído, así que no sé si habrá post.
Para darles de comer aparte
No me refiero al kosher aunque también, sino a los judíos ultraortodoxos, esos extraños seres a los que todo el mundo ha visto alguna vez aunque sea en fotos o en Youtube, con sus trajes y sombreros negros, su barba y sus tirabuzones. 

Judíos ultraortodoxos
Vaya por delante que es muy respetable el hecho de que cada uno se vista como le dé la gana, pero yo personalmente no soy nada partidaria de que las creencias de una persona marquen hasta tal punto su forma de vestir. Me parece incómodo, engorroso y nada práctico para la vida cotidiana, por eso me sorprende la manera tan estricta en que acatan esa norma los ultraortodoxos. Para las mujeres no hay una vestimenta específica, pero sí indicaciones generales. Han de vestir con modestia, usando prendas largas que lleguen siempre por debajo del codo y la rodilla, y además las que son casadas han de cubrir su cabello en presencia de cualquier hombre que no sea su marido. Al igual que los musulmanes, los ultraortodoxos consideran el cabello femenino como un atributo sexual y mostrarlo es exhibir en demasía los encantos propios, sólo debe hacerse frente al marido pero se consiente por esa misma razón en mujeres solteras que aún están “en el mercado”. Ahora bien, me parece a mí que las ultraortodoxas son más listas que sus hombres y se la dan con queso: en vez de un velo como las musulmanas ellas utilizan o bien pelucas, que pueden ser de cualquier color y todo lo exhuberantes que una quiera, o bien una especie de turbante que recoge el cabello en la parte alta de la cabeza, y huelga decir que con lo guapísimas que son las mujeres judías, semejante complemento les resalta aún más la cara y están preciosas. No sé yo si en realidad los hombres son tontos y no se dan cuenta, o es que se hacen los tontos que también puede ser.

Belleza judía
Pero las rarezas que podemos observar en estos muchachos no se limitan a la vestimenta, qué va. Como es fácil suponer, su cumplimiento de la religión es estricto hasta no poder más y esa rigidez se extiende a sus ideas acerca del pueblo judío. La Biblia habla de los judíos como un pueblo errante, supongo que porque lo eran en gran parte en la época en que la Biblia fue escrita, y muchos ultraortodoxos se lo toman al pie de la letra y están en contra de que los judíos se instalen en un país propio, están en contra de que exista el estado de Israel tal y como existe aunque eso sí, viven sin ningún pudor a costa del estado y de sus compatriotas. No, si cuando yo digo que se parecen a los musulmanes es por algo. Ellos no trabajan, el gobierno israelí les paga subvenciones y se dedican a estudiar la Torá y a tener hijos, ni siquiera están obligados a realizar el servicio militar tan necesario para la defensa del país. Hace unos años, el gobierno propuso que ingresar en el ejército fuera obligatorio también para ellos igual que para el resto de judíos y empezaron a protestar provocando disturbios bastante violentos, no mataron a nadie pero desde luego la liaron parda. El gobierno se echó atrás y propuso entonces que, ya que no hacían el servicio militar, al menos hicieran servicios sociales durante unos meses para compensar los tres años que dedican sus compatriotas al ejército. Siguieron los disturbios y tampoco hubo manera, al final el gobierno les dejó por imposibles. Como es fácil suponer, los judíos normales y los ultras no se llevan demasiado bien, se reprochan no contribuir al desarrollo y defensa del país y vivir la religión de una manera  demasiado laxa, respectivamente.

Otra belleza
Entre los ultraortodoxos sigue siendo habitual el matrimonio concertado, algo que me deja con los ojos como platos. Hoy en día, en pleno siglo XXI siguen existiendo para ellos las casamenteras, como aquella que todos recordamos de la película “El violinista en el tejado”. Y dentro de lo absurdo que es, parece lógico si pensamos que les está totalmente prohibido entablar relaciones con el sexo contrario en su tiempo libre, no van a bares, discotecas ni recreativos y están separados por sexos en el colegio. La única ocasión en la que hombres y mujeres ultraortodoxos alternan, es a la salida de la sinagoga y tampoco parece la mejor ocasión para ligar, así que las casamenteras proponen matrimonios entre familias de similar nivel económico y social, y si a los padres les parece bien, entonces los novios se conocen en un encuentro familiar en presencia de sus padres, en ningún momento estarán a solas hasta después de casados. Esto me lo contó Claudio durante una ruta en el autobús y no me lo podía creer, no me entra en la cabeza como los jóvenes de hoy en día aceptan algo así. Por aislado que sea su entorno social en algún momento verán por la calle a jóvenes vestidos de otra manera, hablando los chicos con las chicas, pondrán la tele o entrarán en internet, está claro que conocen otras formas de vivir y me parece increíble que acepten todas esas imposiciones. Pero claro, las familias pesan mucho y los padres ultraortodoxos tienen la costumbre de repudiar a sus hijos, incluso con un ritual, si éstos se alejan o pretenden alejarse de las estrictas prácticas religiosas que les son propias, aunque conserven su fe y simplemente quieran ser judíos normales y casarse con quien les apetezca. En fin, me quedo sin palabras.

Certificado kosher
La comida kosher es habitual en todas las casas judías, aunque al igual que todo lo demás, con distinto nivel de rigidez. Los ultraortodoxos siguen a rajatabla el ritual y no comen nada que no haya sido certificado por un rabino como kosher, y eso implica que tanto los alimentos que se consumen como el proceso de cocinado han sido estrictamente controlados por personal especialista, para garantizar que son kosher, o aptos para el consumo según la ley judía.

No me quiero extender mucho en las normas de la cocina kosher porque habría para una enciclopedia, pero resumiendo diré que se trata de comida rica, variada y nutritiva; y aunque algunas carnes y pescados están excluidos se consumen alimentos de todos los grupos. La comida ha de ser preparada por judíos, con utensilios separados para cada alimento, y está especialmente prohibido mezclar carne con lácteos. No ya en el mismo plato sino en la misma comida, incluso consumirlos sin haber dejado pasar unas horas entre uno y otro. Adiós a las hamburguesas con queso. Snif.
El ritual kosher empieza con el sacrificio del animal que se va a consumir, en el que es imprescindible no causarle ningún dolor por lo que el animal debe estar inconsciente en el momento del sacrificio. Y eso vale tanto para mamíferos como para aves, con los peces  ya no sé cómo lo hacen.

En todas partes cuecen habas
A estas alturas mi amor por Israel ya lo conoce todo el mundo, pero para quienes piensan que no le veo defectos, ahí van dos y bien gordos:
  1. La gente conduce de pena, a toda velocidad, con el móvil en la mano, tocando el claxon a la mínima y a base de bien. Y yo que pensaba que nadie podía superar a los españoles en esto. El mal estado de las carreteras e infraestructuras tampoco es de mucha ayuda, Israel tiene un porcentaje de accidentes de tráfico vergonzoso para un país desarrollado.
  2. Hay bastante gente que fuma, mucha más que en España me da la sensación. Y  aunque lo normal es que lo hagan en el exterior, ayer en el restaurante donde cené tuve que cambiar de mesa porque en la de al lado había dos personas fumando. Con lo bien que me había acostumbrado yo a comer sin humo en España. Por cierto, la gente también come a toda velocidad, no sé por qué.