domingo, 6 de noviembre de 2022

Adiós a Ucrania (Diario de guerra XIX)

COLABORACIÓN DE LINA ZALITOK

(english below)

En cuanto salimos del área residencial en la que estaba situada la guardería, nos encontramos con nuestro admirado médico coordinador. Cuando le pedimos disculpas por tener que salir hacia Luiv, nos dijo que no nos preocupáramos, que el hecho de que hubiéramos  venido en el convoy de Luiv a Zaporiyia animaría a los demás participantes en la misión. Mis colegas se ofrecieron a donar el material médico que traíamos desde Luiv, pero el doctor nos dijo que las ambulancias ucranianas van equipadas hasta el techo con todo el material necesario, así que no hacían falta más donaciones. Eso hizo que mis colegas se sintieran avergonzados. En ese momento me di cuenta de que el hecho de ayudar no tiene tanto que ver con la persona a la que ayudas, como con la persona que ayuda. Es la persona que ayuda quien necesita ayudar porque así obtiene una especie de confort o placer en ayudar a otros, o simplemente se desprende del sentimiento de no ser capaz de ayudar. Me sorprendió que el deseo de ayudar no fuera suficiente. Además hay que encontrar un modo efectivo de ayudar, por ejemplo las personas adecuadas para recibir ayuda, los compañeros de trabajo adecuados, el sitio correcto, el tiempo correcto.

Le dimos las gracias al doctor y continuamos con nuestro paseo.

“Son buenas noticias” -dijo uno de mis colegas- “¿acaso no es una buena noticia que aquí no necesiten nada más?”

ciertamente, era mejor que si nos hubieran dicho que había escasez y faltaban las cosas necesarias. Más tarde, una amiga que es voluntaria me dijo que no es verdad que en Zaporiyia tengan suficiente material médico. No sé cual de las dos versiones es la correcta. Como dije antes, para donar has de encontrar gente que necesite algo. Más tarde le ofrecimos a un chico un pack de primeros auxilios y lo aceptó encantado. Al final fue lo único que pudimos donar en esta misión.

-“¿cuándo empieza el toque de queda?” -me preguntaron mis colegas
-“¡Ostras, el toque de queda!”

teníamos que estar de vuelta a tiempo. Me había olvidado completamente. En este país todavía hay guerra. Los paisajes bonitos y la gente encantadora me habían hecho olvidarlo. De manera inesperada llegamos a un pequeño bosque que era bastante silvestre. Antes de meternos en él, recordé las advertencias en la región de Kiev de que estaba prohibido entrar en bosques debido al peligro de las minas terrestres. ¿No debería haber alguna señal que dijera “¡¡Peligro, minas!!”? No había señales a la vista ¿Acaso hay saboteadores de señales por aquí cerca? Deseaba tanto entrar en ese bosque que decidí no pensar en ello, simplemente procuraría vigilar mis pasos y tener cuidado. Me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no me sentía cerca de la naturaleza. Andamos un rato por el bosque, y al poco tiempo vimos el río que pasa por Dnipro y también un yate. Tras estar una media hora disfrutando del bosque y del río, al ver que se hacía de noche nos dirigimos otra vez a la guardería. Allí me tumbé en el suelo vestida con la misma ropa y utilicé mi bolsa como almohada. Me cubrí con una sábana que nos habían dado los trabajadores de la guardería. Estaba tan cansada que no me importaba la incomodidad.

Sobre las 2.00 h. nos despertó el sonido de una sirena. Nuestro primer impulso fue quedarnos donde estábamos y continuar durmiendo, que fue lo que hicimos durante unos 10 minutos mientras otros recogían sus pertenencias para ir al refugio. Pero entonces el médico coordinador entró y dijo que saliera todo el mundo, que la sirena sonaba muy fuerte y no era normal. El refugio estaba en la planta baja de la guardería y había sitios donde sentarse que parecían palés cubiertos con viejas mantas. Uno de los trabajadores de las ambulancias, le dijo a otro que Zaporiyia era el tipo de ciudad donde se deben tomar muy en serio las alarmas aéreas. Creo que él era de Liuv. Un hombre que estaba sentado cerca de mí en el palé, me dijo que no tenían ningún sentido las alarmas en Zaporiyia. Los rusos no iban a desperdiciar misiles por esta ciudad aunque estaba dentro del rango de alcance de sus lanzacohetes, sólo a 30 kilómetros. Oyendo las conversaciones entre ellos, me quedó claro que no sabían cuánto tiempo iban a estar fuera de sus casas. Les habían dicho que cogieran sólo lo necesario. De hecho, no estaba nada claro cuándo iba a empezar la evacuación. ¿Estaría toda esa gente a salvo después de que fueran a Mariupol? Lentamente me quedé dormida. Cuando finalmente mi sueño comenzó a ser profundo y agradable, parecía que la alarma había dejado de sonar. No quería levantarme, pero todo el mundo empezó a subir arriba, así que me obligué a subir también. Sobre las 8:00 de la mañana nos despertó una orquesta polifónica de tapas de cacerolas y cubiertos en la habitación grande donde estábamos durmiendo. Era una inconfundible invitación a tomar un desayuno estilo guardería, consistente en pescado frito, café con posos y pastas (pyrozhky) rellenas de puré de patatas. Decidimos pasar del pescado frito y de las pyrozhky, y tomar solamente el café. Pero las mujeres que nos atendían parecían decepcionadas, así que acordamos tomar una de las pastas cada uno. Eso nos proporcionó energía para varias horas de camino, hasta que pudimos tomar un desayuno más moderno en una estación de servicio, consistente en café con leche y croissant.

Mientras aún estábamos recorriendo los pasillos, una mujer nos pidió que añadiéramos nuestros nombres a una lista escrita a mano y firmáramos, para cuadrar la contabilidad. Hicimos lo que nos decía y empezamos a buscar a los conductores de ambulancia que estaban cerca de nuestros coches, ya que todos los coches estaban aparcados muy juntos. Era como buscar una aguja en un pajar. La aguja era el coordinador, que por lo visto había tenido que salir corriendo hacia Luiv por la mañana debido a una emergencia. Así que tuvimos que buscar otra aguja, por ejemplo la persona que iba a estar a cargo, a quien yo aún no conocía. Como yo era la única que hablaba ucraniano de nuestro equipo, incluyendo a todos los conductores de las ambulancias, parecía que fuera la única que hablaba una lengua extranjera. Me di cuenta también de que era la única que podía hacer esa tarea. No era el momento de seguir siendo una chica introvertida. Caminé en todas direcciones entre la multitud de conductores de ambulancia que fumaban frente al edificio, preguntando. No sabía que aspecto tenía el coordinador, y después resultó que era el mismo médico con el que ya me había encontrado en Luiv durante una de las evacuaciones. Finalmente, los coches se pusieron en marcha y pudimos irnos. ¿Puede haber algo peor que estar dando vueltas mientras esperas? Es lo que se suponía que tenía que hacer toda aquella gente durante un periodo de tiempo indeterminado. Me gustaba que pudiéramos irnos, aunque lo que hacíamos realmente era regresar por donde habíamos venido. Es curioso, no me sentía decepcionada por no haber llegado a Mariupol. Sólo estaba un poco sorprendida porque mi intuición había fallado. Me había dicho a mí misma que visitaría Mariupol u otras zonas de combate, pero aparentemente no iba a ser pronto, o mi intuición no era tan precisa como yo pensaba. Acepté la situación: después de todo yo no tenía el entrenamiento adecuado para estar en zonas peligrosas.

Al volver Intercambiamos nuestros puestos y me tocó estar en la parte trasera del vehículo. Como afortunadamente nunca había estado dentro de una ambulancia, fue un descubrimiento para mí el hecho de que la persona que se sienta detrás no puede ver nada a través de las ventanas, que o bien están cubiertas o bien no existen. Tenía muchas ganas de dormir, y de dormir en una posición horizontal, así que ignorando el mal rollo me tumbé en la cama donde normalmente se coloca al herido. Era un poco raro pero confortable, y pude dormir muy bien allí a pesar de los baches, porque pude sujetarme a la camilla con las correas. En uno de los checkpoints, un joven soldado me despertó abriendo de golpe las puertas de la ambulancia y pidiéndome que le enseñara mi pasaporte. Al enseñarle mi pasaporte ucraniano, me sentí como si le estuviera enseñando un salvoconducto del Rey. Los soldados de los checkpoints son tranquilos y simpáticos, y pocas veces revisan la parte trasera de los coches, así que al menos algunos de nosotros podíamos dormir un rato sin que nos molestaran, ya que cambiábamos de sitio de cuando en cuando.

Conducíamos con calma si se compara con el viaje en el convoy, y escogimos una ruta ligeramente diferente: Krivoi Rog, Kropivnitski, Vinnytsia. No había estado nunca en las dos primeras. Habíamos estado varios minutos atravesándolas y traté de absorber con mis ojos todos los detalles posibles: monumentos, fachadas, avenidas, pequeñas esculturas, etc. Estaba llena de amor y traté de proyectarlo a esas ciudades y a los terrenos existentes entre ellas, como si eso pudiera salvarlas de ser destruidas por la guerra rusa, o fuera a darles fuerzas cuando tuvieran cerca la línea del frente. Había visitado muy pocos sitios de Ucrania, porque cuando era estudiante en Kiev no tenía demasiado tiempo ni dinero (y parece ser que tampoco mucha imaginación) pasaba el tiempo estudiando economía y alemán sin parar, en mi dormitorio. Sólo después de salir de allí descubrí lo que es viajar, y me di cuenta de que los pueblos y ciudades ucranianos son muy interesantes, incluso aunque no puedan presumir de tener arquitectura de la Edad Media. Yo nunca había estado en Mariupol, y por vergonzoso que sea tampoco había estado en Chernigov. Ni en Jarkov, Sumy, Donetsk, Lugansk. Sólo había atravesado Jersón y Mykolaiv por la noche yendo a la playa con mis padres. Así que no sabía realmente cómo eran. Aún puedo visitar Chernigov, para visitar otras ciudades ya es demasiado tarde. Si lo hubiera sabido mientras vivía en Alemania hubiera pasado mis vacaciones en Ucrania en vez de en Barcelona, Roma, Leipzig, Hamburgo, Dresden o Paris…. Barcelona, Roma, Leipzig, Hamburgo, Dresden o Paris seguirán estando ahí para mí; Jarkov, Mariupol, Sumy, Chernigov, Donetsk, Lugansk… han sido parcial o totalmente destruidas por la guerra rusa. Igualmente, antes de la escalada de la guerra me las apañé para visitar debidamente Odessa, la isla de Dzarilgach en la región de Jersón, Dnipro, Luiv, Chernovtsi y otros pueblos y ciudades. Ahora puedo añadir a mi lista cinco minutos atravesando Zaporiyia, Krivoi Rog y Kropivnitski.

El mapa de Ucrania está desapareciendo, y trato de retener tantas imágenes como sea posible. Es por eso que los 1000 kilómetros de ida y de regreso, de Luiv a Zaporiyia, del oeste al este, han sido como una despedida de mi país, que se está viniendo abajo cada día, ya sea en kilómetros o en metros, o en ladrillos después de cada misil que cae. Quizá pensar que lo peor puede suceder no sea la mejor estrategia, pero quiero ver más de Ucrania y conocer más de sus gentes. Antes de que sea demasiado tarde.



(texto original)


#WarDiary 19  #Farewell to Ukranie
…As we left the residence area, in which the kindergarten was situated, we bumped into the admired coordinating doctor. As we tried to apologize for our intention to leave for Lviv, he said that it was no problem and that our participation in the convoy from Lviv to Zaporizhzhya was encouraging for the other participants of the mission. My colleagues offered to donate medical material with which we packed our cars in Lviv, but the doctor said that Ukrainian ambulance cars were also packed to the roof with all the necessary material, so there was no need in donations. It made my colleagues feel even more awkward. That was the first moment in my life when I realized that helping was not actually about the person you help, but more about the helping person. It is the helping person who needs to help to get some kind of comfort or pleasure in helping other person or just to get rid of the feeling of being helpless. It surprised me that the wish to help alone did not always suffice. One has to find an effective way to help, i.e. to find the right people to be helped, the right people to work with, the right place, the right time.
We thanked the doctor and went further for our walk. Actually, it is good news, one of my colleagues said. Isn’t it good news that they have enough of everything here? Indeed, it was better news than the information about shortage and lack of the most necessary things. Later, my friend who volunteers, told me that it was bullshit that they had enough medical material in Zaporizhzhya. I cannot verify either version at this point. Again, to donate, one needs to find people who do not have enough. Later we offered to a guy an emergency backpack and he gladly accepted it. In the end, it was the only thing which could give in this mission.
When does the curfew start? – my colleagues asked me. Oh, curfew, right! We need to be back in time. I totally forgot about its existence. We were still in the country at war. The beautiful landscapes and nice people made me forget about it. Unexpectedly we reached a little forest which was rather wild. Before entering it, I remembered the announcements in Kyiv region that it was prohibited to enter forests, because of landmines danger. Should there be signs like “Danger, mines!”? There were no signs in sight. Are there saboteurs here? I wanted to enter that forest so badly that I decided not to think about it and just watch my steps and be careful. I realized that it has been a long time since I was close to nature. We walked through the forest and after some time we saw Dnipro water and a yacht. After enjoying the forest and river for some half an hour, while it was slowly getting dark, we headed back to the kindergarten.
In the kindergarten I lied down in my day clothes on the floor and put my bag under my head. I covered myself with a sheet that we got from the kindergarten staff. I was so tired that I didn’t care about comfort. At 2 o’clock or so we were awakened by the sound of air siren. Our first impulse was to stay where we were and continue sleeping, and we did so for some 10 minutes while others were gathering their belongings in order to go to the shelter. But then the coordinating doctor entered and told everybody to go out, because the air siren was “unusually loud”. The shelter was in the basement of the kindergarten and there were some places to sit on which looked like pallets covered with old blankets. One of the ambulance workers told to another one that Zaporizhzhya was that kind of city in which you should take air alarms seriously. Apparently, he was from Lviv. A man, who sat near me on the pallet, told me that air alarms did not make any sense in Zaporizhzhya. Russians wouldn’t waste missiles for this city, as it was in the reach of their multiple rocket launchers, they were only some 30 kilometers away. It got clear from the conversations between the people that they didn’t know for how much time they left their home. They were just ordered to pack the most necessary things in their bags. Indeed, it was not clear, when the evacuation would start. Will all these people stay alive after they go to Mariupol? Slowly, I fell asleep. When my sleep finally got deep and sweet, there was a signal that the air alarm was over. I didn’t want to wake up, but everybody started to move back upstairs, so I forced myself to do the same.
At around 08:00 a.m. we were awakened by a polyphonic orchestra of saucepans’ lids and cutlery in the big room where we were sleeping. It was an unambiguous invitation to a kindergarten style breakfast consisting of fried fish, coffee with many grounds at the bottom of a cup and pastries (pyrozhky) with mashed potatoes filling. We decided to skip fried fish and pyrozhky and go just for coffee. But the women treating us looked disappointed, so each of us agreed to eat one pastry filled with mashed potatoes. Subsequently, it gave us energy for several hours of ride before getting a modern breakfast at a petrol station consisting of latte macchiato and a croissant.
While we were already making our way through corridors, a woman asked us to enter our names into a hand-written list and sign for the purpose of accountability. We followed her request and started to look for the drivers of ambulance cars which stood near our cars, as all the cars were parked tightly. This mission was like looking for a needle in a haystack. The needle was the trip coordinator who as appeared, had to depart for Lviv in the early morning because of some emergency. So we had to look for a different needle, i.e. for the person who took charge, with appearance yet unknown to me. As I was the only Ukrainian speaking person in our team and among all the ambulance workers I was apparently the only foreign language speaking person, I realized that I was also the only one to solve the task. It was not the right time to be an introvert anymore. I was going back and forth among the crowd of ambulance workers who were smoking before the building and asking around. I didn’t know how this person looked like, but later it turned out that it was the same doctor whom I already met in Lviv during one of medical evacuations. Finally, the cars were moved, and we could leave. Can there be anything worse than hanging around and waiting? That was what these people were supposed to do here during an unknown period of time. I was happy that we could move further, even if the movement was backwards.
Interestingly, I was not disappointed that we didn’t go to Mariupol. I was just slightly surprised that my intuition was wrong. It told me that I would visit Mariupol or active combat areas, but apparently not yet or my intuition was not so precise as I thought. I accepted the situation: after all, I didn’t have the proper training to go to dangerous areas. We changed places and now I had to go to the back of the car. As I have fortunately never had been inside ambulances, the fact that the person in the back of the car cannot see anything in car windows which are covered or inexistent, was a discovery for me. I badly wanted to sleep and to sleep in a horizontal position, so putting away my superstition, I lied down on the bed on which one normally puts the wounded. It was weird, but very comfortable and I could sleep there very well despite bumping road, because I could fix my body with a belt. At one of the checkpoints a young soldier woke me up by opening the doors of the car and asked me to show my passport. Presenting my Ukrainian passport to him felt like presenting a royal charter. Soldiers at checkpoints were easy-going and nice and only few checked the back of the car, so some of us could sleep undisturbed as we changed places from time to time.
We drove relaxed in comparison to convoy trip and chose a slightly different way through cities: Kryvyi Rih, Kropyvnytskyi, Vinnytsya. I have never been to the former two. We had been driving for several minutes through them and I tried to absorb with my eyes as many details as possible: memorials, balconies, boulevards, little sculptures, etc. I was full of love and tried to project it on these cities and fields between them as if it would save them from being ruined by Russian war or give them some strength when the frontline approaches them.
I visited very few places in Ukraine, because as a student in Kyiv I didn’t have much money and time (and apparently phantasy), studying economics and German words without pauses at my dormitory. Only after moving abroad, I discovered travelling and realized that Ukrainian cities and towns were also interesting, even though they often couldn’t boast of Middle Ages architecture. I have never been to Mariupol und however embarrassing it is, I still haven’t been to Chernihiv. I have never been to Kharkiv, Sumy, Donetsk, Luhansk. I only drove through Kherson and Mykolayiv at night as we were going to the sea with my parents. So I don’t know how they look like. I still can visit Chernihiv, for other cities it is too late. If I had known that while living in Germany, I would have spent my vacation in Ukraine and not in Barcelona, Rome, Leipzig, Hamburg, Dresden or Paris... Barcelona, Rome, Leipzig, Hamburg, Dresden or Paris would still be there for me. Kharkiv, Mariupol, Sumy, Chernihiv, Donetsk, Luhansk…are now fully or partly destroyed by Russian war. At the same time, before the war escalation, I managed to properly visit Odesa, the island Dzharylgach in Kherson region, Dnipro, Lviv, Chernivtsi and some other cities and towns. Now I can add 5 minutes ride through Zaporizhzhya, Kryvyi Rih and Kropyvnytskyi to my “list”.
The Ukrainian map is disappearing, and I am trying to grasp as many glimpses of it as possible. That is why these 1000 km back and forth from Lviv to Zaporizhzhya, from west to east, were like saying farewell to my country, which crumbles every day, either in kilometers or meters or bricks after a missile attack. Maybe thinking that the worst can happen is not the best life strategy, but I do want to see more of Ukraine and get to know more of its people. Before it is too late.

sábado, 29 de octubre de 2022

Buenas intenciones (Diario de guerra XVIII)

Tras visitar Polonia y Suecia, estoy de vuelta en Kiev y por fin me encuentro bien para terminar la historia de mi viaje con los médicos a Mariupol en mayo, en el que se suponía que íbamos a evacuar heridos. He tenido que hacer una larga pausa en mis escritos para recuperarme de un resfriado repentino. El casi insoportable dolor de garganta y la tos que no paraba, me demostraron la fragilidad del cuerpo humano y lo que influye en el estado mental y la energía vital.


Esta experiencia me llenó una vez más de un gran respeto por los soldados ucranianos que soportan un dolor mucho más terrible cuando son heridos. Incluso si no lo son: imagina lo que es pillar un resfriado viviendo en una trinchera bajo constantes bombardeos. Agradezco no estar en una trinchera, tanto más que, incapaz de concentrarme en nada que no sea mi tos, sólo sería una carga para la gente a mi alrededor. Pero volvamos a mi viaje en mayo.


Antes de dejar Luiv, a cada ambulancia se le asignó un número y un walkie-talkie. Teníamos además un walkie propio para comunicarnos entre nuestros dos coches. Cuando se montó el convoy y nos pusieron en cabeza, un colega con más experiencia me enseñó a usar el walkie-talkie. Fue una gran idea porque unos minutos después resultó que yo estaba a cargo de la operativa de nuestros walkies. Uno de mis colegas estaba ocupado conduciendo y el otro dormía en la parte trasera del coche. Además de eso, recibíamos las instrucciones para el viaje en ucraniano, y teníamos que responder a las preguntas en ucraniano. Fue la más rápida y absurda traducción simultánea que he hecho nunca, porque la hacía entre dos walkie-talkies a la vez que intercambiaba mensajes “internos” con nuestros tres compañeros en el otro coche.


A causa de esto, y de la incapacidad técnica de nuestro coche para ir a la velocidad que nos pedían, las primeras horas fueron bastante estresantes. En un momento determinado, perdimos de vista al coche que iba delante de nosotros. Eso convenció finalmente al jefe del convoy de que no es que no nos apeteciera ir a la velocidad que nos requerían, sino que nuestro coche no llegaba a esa velocidad, al contrario que las manejables ambulancias ucranianas. El jefe decidió separar nuestros coches del convoy y poner otro coche que nos mostrara el camino. Después de eso, todo el viaje fue mucho más fácil, incluso empezamos a recibir los mensajes en inglés, así que yo no tenía que traducir. De vez en cuando alcanzábamos al resto del convoy en las gasolineras, ya que repostar 30 coches llegados de golpe requiere algo de tiempo.


El coordinador del viaje estaba relajado y haciendo chistes pese al desafío que supone coordinar tantos coches y tantas personas. Mis colegas extranjeros le conocían de anteriores evacuaciones en Luiv, y no paraban de expresar su admiración por él. Parecía imposible plantearle un reto difícil o estresarle, continuaba sonriendo y haciendo comentarios irónicos. Como ucraniana me sentía muy orgullosa de él y de la impresión que causaba a mis colegas. Muchos ucranianos, incluida yo misma hasta hace poco, tenemos una especie de complejo de inferioridad cuando interactuamos con extranjeros. Quizá sea adoración por todo lo que llega de países extranjeros, o la creencia de que la vida es perfecta en países como Francia, Italia, Alemania, etc. En ese momento, un ucraniano estaba siendo el perfecto ejemplo de como organizar las cosas y era maravilloso ver lo bien que se las apañaba, contrariamente al tópico de que a los ucranianos nos tienen que enseñar los extranjeros a hacer las cosas. Y para reforzar esa impresión, el médico coordinador trajo comida para llevar para nuestro equipo “extranjero” en la gasolinera, y no aceptó un “no” por respuesta (sé que toda la misión estaba financiada por donaciones internacionales, pero me encanta la idea de que un ucraniano invite a comer a un grupo de extranjeros) Las gasolineras en las que parábamos a repostar me parecían surrealistas, en especial por el contraste entre su gran surtido de alimentos, desde deliciosos croissants a bebidas vitaminadas, y la sensación de mis amigos de estar en un país en guerra.


Continuamos nuestro recorrido, veíamos árboles cubiertos de sus primeras y tiernas hojas, y campos de cereal amarillos, que en combinación con el cielo azul parecían representar la bandera de Ucrania. Pasamos la noche sin dormir, pero yo no quería dormir. Ya casi no volvimos a usar los walkies, así que tuve tiempo para sumergirme en mis pensamientos. ¿Llegaríamos a Mariupol? Si llegábamos ¿qué nos encontraríamos allí? ¿Íbamos a ver todo devastado y en ruinas? ¿Íbamos a recoger a todos los heridos que se pudiera en nuestros coches, tal y como habían dicho mis colegas en la reunión previa? ¿Qué pasaría si no había sitio para mí en el coche y tenían que dejarme allí? ¿Cómo conseguiría ponerme a salvo? ¿Habría gente sangrando y con mutilaciones? ¿Estarían traumatizados? ¿Nos hablarían? ¿Cómo me iba a dirigir a una persona traumatizada? ¿Quedaría yo misma traumatizada después de este viaje? ¿Debería leer algún manual de primeros auxilios por si acaso mis compañeros tenían que dejarme en alguna zona peligrosa para que en el coche se pudiera trasladar a más heridos? Pero los ojos se me cerraban y me dormí durante 30 minutos.


No había casi nada claro. Me faltaba conocer muchos detalles del viaje, y no quería molestar con preguntas a nuestro jefe de equipo que iba en el otro coche, y más cuando estaba segura de que nos darían en cada momento la información que necesitáramos. Estábamos a punto de llegar a Zaporiyia. Me pregunté otra vez si estaba asumiendo demasiados riesgos en este viaje, y si realmente debería ir de Zaporiyia a Mariupol, en caso de que decidiéramos ir al destino final.


Abrí facebook en mi teléfono y lo primero que vi fue un post que hablaba de la muerte de un fotógrafo de mi grupo de danza. Era la primera muerte de alguien que conocía, aunque no le conociera mucho. Esa noticia me hizo estar segura, supe que hacía lo correcto y de verdad esperaba llegar a Mariupol y no tener que dar la vuelta por no tener garantizada nuestra seguridad. Mis ojos se llenaron de lágrimas. No podía creer que mi amigo hubiera muerto, pero supe que iba a morir desde el momento en que leí un post suyo en febrero, en el que decía que se había alistado en el ejército como voluntario. Lo presentía, aunque tenía la esperanza de que mi “sexto sentido” se equivocara. Hacía sólo dos días, yo había enviado una donación a su unidad para comprar un coche y él escribió en el chat de nuestro grupo que estaba enviando armas a los chicos entrenados en la OTAN, y que las botas que le habían dado eran bastante malas. Cuando le ofrecimos enviarle unas botas mejores, nos respondió que sus compañeros de clase le habían enviado unas mejores, pero que no quería estropearlas con el barro. Así que esperaría a que mejorara el tiempo para ponerse las botas buenas.


Miré el soleado paisaje primaveral por la ventana del coche  y me recordé a mí misma que el objetivo del viaje no tenía nada que ver con paisajes primaverales. Entonces, ¿a dónde nos dirigíamos? Estábamos yendo a Mariupol a evacuar a los heridos. Aún no sabíamos si era gente de la misma ciudad o de la asediada Asovstal, pero ¿realmente importaba? Gente de diferentes partes de Ucrania (entre la plantilla de las ambulancias había gente de Chernivtsi, Odessa, Luiv… ) y  gente de fuera de Ucrania se dirigían juntos a Mariupol para ayudar a rescatar a otras personas. Ese pensamiento me hizo saltar las lágrimas ¿No es así como debería funcionar la solidaridad internacional y la política? ¿Acaso la humanidad no trata de eso? En vez de expresar simpatía y solidaridad con palabras, la gente viene a salvar a otra gente y para ello son capaces de llegar hasta el mismo infierno. Yo sentía una profunda gratitud hacia los doctores extranjeros que se habían embarcado en este viaje sin preguntar nada y sin tener la más mínima duda acerca de si estaban haciendo lo correcto.


Cuanto más avanzábamos hacia el este, más esperaba ver casas en ruinas y árboles quemados. Pero no había nada de eso, sólo la bella naturaleza ucraniana. Justo antes de Zaporiyia, el guía de nuestro convoy se perdió. Por eso llegamos a la ciudad de Dnipro más tarde que el resto de los coches. Para no hacerles esperar, encendimos las sirenas y nos lanzamos atravesando la ciudad, mientras todos los vehículos y peatones nos cedían el paso. Mi corazón daba saltos de emoción y repentino amor por esta ciudad fronteriza que me estaba sorprendiendo muy gratamente con su elegante arquitectura, su belleza y la vivacidad y el brillo de sus calles. Nunca antes había estado en Zaporiyia


Después de aparcar nuestros coches junto a docenas de otras ambulancias, nuestro jefe nos reunió cerca de uno de los coches y nos dijo que tal y como nos temíamos, no podíamos avanzar más. No nos dieron más detalles, excepto que la seguridad no estaba garantizada y no se sabía cuándo sería posible realizar la evacuación. Se suponía que todos los trabajadores de las ambulancias ucranianas se quedarían en Zaporiyia esperando órdenes. Eso podrían ser semanas. Nosotros no podíamos hacer lo mismo. Además, los extranjeros no estaban autorizados a entrar en Mariupol, sin excepciones. Por eso no podíamos organizar una misión alternativa. Así que el plan era dormir un poco y retroceder 1000 kilómetros hasta Luiv. Todo el mundo estaba decepcionado con las noticias, pero la advertencia previa que nos habían dado en Luiv, de que esto podría terminar así, evitó que nos frustráramos aún más.


Sintiéndonos casi avergonzados por tener que abandonar a todos esos valientes de uniforme rojo, volvimos al edificio donde se suponía que teníamos que quedarnos. Nunca he visto tantas ambulancias ni tantos trabajadores de ambulancia en el mismo sitio. Yo no llevaba uniforme, pero de alguna manera era uno de ellos y fue duro aceptar que no por mucho tiempo. Era un honor estar entre esa gente. Muchos hombres fumaban junto al edificio. Mi colega se preguntaba cuántos cigarrillos fumarían mientras esperaban, hasta que se recibiera la orden de partir en dirección a Mariupol para realizar la evacuación.


Cuando entramos en el edificio, parecía que hubiéramos entrado en uno de los países que visitó Gulliver: todo, desde los grifos hasta los lavabos, sillas y mesas, era diminuto. Las paredes estaban decoradas con dibujos de soles y nubes. Andando por los largos pasillos se podían ver cintas y flores en algunas de las habitaciones. Entonces nos dijeron que era una guardería. Unas amables mujeres prepararon cena para todos, y comimos sopa y bebimos chocolate (que tenía el mismo sabor que en mis años de colegiala) sentados en sillas y mesas diminutas. Seguíamos perplejos por que nuestro viaje hubiera terminado así, pero también gratamente sorprendidos por la cálida bienvenida.


No quisimos preguntar si había colchones, como si dormir incómodos compensara el hecho de que no podríamos quedarnos para dar nuestro apoyo a esa maravillosa gente. No habíamos tenido tiempo en Luiv para coger nuestros sacos de dormir del almacén antes de unirnos al convoy, así que teníamos que dormir literalmente en el suelo. Pero antes de dormir, decidimos dar un pequeño paseo alrededor del bloque de edificios.

(continuará)



WAR DIARY 18 GOOD INTENTIONS
After visiting Poland and Sweden, I am back in Kyiv and finally in good health to finish the story about my trip with doctors to Mariupol in May, from where we were supposed to evacuate injured people. I had to take a longer pause from writing in order to recover from a sudden cold. My almost intolerable sore throat and seemingly unstoppable cough plastically demonstrated to me the fragility of human body and its influence on mental condition and life energy. This experience filled me once again with immense respect to Ukrainian soldiers who endure much more horrible pain when being injured. Even if not injured: imagine catching cold while living in a trench under constant shelling. I really appreciated not being in a trench, all the more that unable to focus on anything except my abnormal cough, I would only be a burden to people around me. But now back to my trip in May.
Before leaving Lviv, each ambulance car was given a number and a walkie-talkie. We had another walkie-talkie of our own to communicate between our two cars. While the convoy was built and as we were put at its head, I had several minutes to get instructed by my more experienced colleague how to use a walkie-talkie. Getting instructed on this was indeed a bright idea, because some minutes later it turned out that I was in charge of operating our walkie-talkies. One of my colleagues was busy driving and the other was sleeping in the back of the car. Apart from that, we got trip instructions from the head of convoy in Ukrainian and had to give answers to several questions in Ukrainian. It was the quickest and weirdest simultaneous interpretation I had ever done, because I was doing it switching between two walkie-talkies and exchanging additional “internal” messages with our three colleagues in another car.
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Because of this and technical inability of our car to drive the asked speed, the first hours of our trip were quite stressful. At some point, we lost sight of the car before us. That was the argument that finally convinced the convoy head that we were not reluctant to drive the asked speed, but our car was actually incapable of reaching that speed, contrary to maneuverable Ukrainian ambulance cars. The head of the convoy decided to build a separate convoy out of our two cars and a car who showed us the way. Afterwards, the trip got much easier, we even got further messages in English, so I didn’t have to interpret. From time to time we caught up with the rest of the convoy at petrol stations as refuelling 30 cars took quite some time.
The trip coordinator was relaxed and cracking jokes despite of his rather challenging mission to coordinate so many cars and people. My foreign colleagues knew him from previous medical evacuations in Lviv and regularly expressed their admiration for this man. It seemed impossible to challenge or stress him with anything: he would continue smiling and giving ironic remarks. I was so proud of him as Ukrainian and about the impression he made on my colleagues. Many Ukrainians, including myself until recently, have a kind of inferiority complex when interacting with foreigners. One can experience it as adoration for everything what comes from foreign countries or belief that life is perfect in countries like France, Italy, Germany, etc. In that moment, a Ukrainian showed a perfect example how one should organize things and it was wonderful to experience this autonomy, having in mind typical perception of Ukrainians as receivers of knowledge transfers from abroad. As if to reinforce that impression, the coordinating doctor also bought take-away-meals for our ‘foreign’ team at the petrol station and accepted no rejections (I do realize that the whole mission could have been financed by international donations, but the idea of a Ukrainian inviting a group of foreigners to have a meal looks appealing to me). Petrol stations we stopped at for refuelling made also a surreal impression, especially through the richness of their assortment reaching from delicious croissants to vitamin drinks colliding with the perception of my friends of being in a country in war.
We drove further passing trees covered with juicy first leaves and yellow raps fields presenting in combination with the blue clear sky the Ukrainian flag. The sleepless night passed, but I didn’t want to sleep. We almost did not use walkie-talkies any more, so I had time to dive into my thoughts. Will we go to Mariupol? If we go, what will we see there? Are we going to see horrible devastation and ruins? Are we going to pack as many injured people as possible in our cars as I heard from my colleague’s briefing before? What if there won’t be place for me in the car and they will have to leave me there? How do I get back to a safe place? Will people be bleeding and missing body parts? Will they be psychologically traumatized? Will they speak to us? How do I address a traumatized person? Will I be psychologically traumatized after this trip? Should I read some first aid manual now in case my colleagues will have to leave me somewhere in a dangerous zone in order to put more injured patients into the car? But my eyes closed and I fell asleep for some 30 minutes.
Much was still unclear. I also did not have any other details about the trip and I didn’t want to bother with questions our team lead who was in another car, all the more that I trusted that we get the information we need to know at the right moment. Now I just knew that we had to arrive to Zaporizhzhya. I asked myself again if I put myself at big risk with this trip and if I should go from Zaporizhzhya to Mariupol, should we indeed decide to go to the final destination.
I opened Facebook on my smartphone and the first thing I saw was a post about the death of a photographer from my dance community. It was the first death of a person I knew, although not very closely. Sure, I was doing the right thing and I really hoped that we would go to Mariupol and not just go back because of the absence of some security guarantees. My eyes filled with tears. I couldn’t believe he died, although I knew he would die the very moment I read his February post in Facebook that he voluntarily signed up for the Ukrainian army. I just felt it all the time and was hoping that my ‘sixth sense’ was wrong. Only two days ago I sent a donation for a car for his unit. Only two days ago he wrote in our dance community chat that he was envying those guys being trained on NATO weapons and that the boots he got were of bad quality. When we offered him to send better boots, he answered that he actually had received good boots from his classmates, but didn’t want to spoil them with mud. So he waited for better weather to start wearing the good boots.
I watched the sunny spring landscapes in the car window and reminded myself about the goal of the trip which was not about sunny spring landscapes. So where were we going again? We were going to Mariupol to evacuate the injured. We didn’t know yet, if it was about people from the city itself or from the encircled Asovstal, but did it really matter? People from different regions of Ukraine (among the ambulances’ staff there were people from Chernivtsi, Odessa, Lviv…) and foreigners were heading all together to Mariupol to help to save people. This thought moved me to tears. Isn’t it how international solidarity and politics should work? Isn’t it what humanity is about? Instead of expressing sympathy and solidarity in words, people come to save people and go to save them to the very hell. I felt deep gratitude to foreign doctors who embarked on this trip without asking any questions and without having the slightest doubt about doing the right thing.
The more into the east we got, the more I expected to see some ruined houses or burnt trees. But there was nothing of the kind, just beautiful Ukrainian nature. Shortly before Zaporizhzhya, our convoy guide lost his way. That is why we arrived in the city later than the rest of cars. Not to make them wait, we turned on sirens and rushed through the city while all the vehicles and people stopped to make us pass. My heart was jumping from excitement and sudden love to this city close to the frontline which deeply surprised me with its architectural elegance, beauty of Dnipro and vividness of bright streets. I had never been to Zaporizhzhya before.
After we parked our cars among dozens of other ambulance cars, our team lead gathered us near one of the cars and told us that as feared, we could not go further. We didn’t get any details except that it was not known, when the evacuation would be possible and security guaranties were not in place. All the Ukrainian ambulance workers were supposed to stay in Zaporizhzhya until further order. That might mean weeks. We couldn’t do the same. Apart from that, foreigners were not allowed to enter Mariupol and there was no way around it. That is why we could not organize any alternative mission. So the plan was to sleep and ride 1000 km back to Lviv. Everybody was disappointed with the news, but the early warning in Lviv, that it might end like this, prevented deep frustration.
Feeling almost ashamed, that we were going to leave these brave people in red uniform, we made our way to the building where we were supposed to stay. I have never seen so many ambulance workers and cars in one place. I didn’t wear any uniform, but in a way I was one of them and it was hard to accept that not for long. It was an honour to be among these people. Many men were smoking before the building. My colleague wondered, how many cigarettes they would smoke waiting, until they get an order to leave in the direction of Mariupol to do the evacuation.
After we entered the building, we seemed to enter one of the countries Gulliver visited: everything from water taps through toilets to tables and chairs was tiny. The walls were decorated with drawings of sun and clouds. When passing through long corridors, one could see ribbons and flowers in several rooms. Then we got to know that it was a kindergarten. Friendly women prepared dinner for everybody and we ate soup and drank cacao (which tasted like in my school time) sitting on tiny chairs at tiny tables. We were still perplexed by the fact that our trip had come to its end, but also overwhelmed with the warm welcome.
We didn’t want to ask for mattresses, as if sleeping without comfort would compensate the fact that we were not going to support these nice people any more. We hadn’t have time in Lviv to take our sleeping bags from the storage place before joining the convoy, so we had to sleep literally on the floor. But before sleeping, we decided to go for a little walk around the building block.
(to be continued)

miércoles, 26 de octubre de 2022

Krav Maga en Praga


A punto de empezar
 
La primera vez que practiqué Krav Maga, hace años, pensé que debería ser una asignatura obligatoria en los colegios, especialmente para las chicas. Y fue sólo una mini clase entre amigos, en uno de mis voluntariados en Israel.


El Krav Maga es un arte marcial, un sistema basado en técnicas de defensa personal  y desarrollado en Israel. La traducción literal del hebreo es “combate de contacto” y es el sistema que utilizan las Fuerzas de Defensa de Israel, todos los soldados lo aprenden y practican durante su servicio militar. Se trabajan situaciones concretas para reducir a un adversario esté armado o no, pero el Krav Maga es mucho más. No se trata sólo de resolver una situación peligrosa, sino también de evitarla; de saber cuando puedes enfrentarte a alguien y cuando es mejor no hacerlo y salir corriendo; de dejar claro a primera vista, mediante tu actitud y lenguaje corporal, que es mejor no meterse contigo. Krav Maga es defensa personal, arte marcial, psicología y toda una actitud frente a la vida. Una actitud, dicho sea de paso, de lo más israelí.


Miedo con sabiduría, de Kfir itzhaki

La primera vez que vi a Kfir Itzhaki fue en un video de facebook: alguien lo compartió, lo escuché y quedé impresionada. En plena fiebre de adulación a la pequeña Tamimi, él la llamaba “mujer” (en vez de niña) y “terrorista” (en vez pobrecita palestina oprimida), con un par y con la cara bien alta. Qué valiente. A partir de ahí le contacté en facebook y fue el principio de una hermosa amistad. Hoy Kfir es mi terapeuta (un terapeuta muuuuuy bueno) y de alguna manera también mi ángel de la guarda. Es un hombre que te contagia su seguridad en sí mismo, su fortaleza, su amor por la vida y por la gente; es como la esencia de Israel concentrada en una sola persona. Su experiencia de vida es impresionante y para conocerla mejor recomiendo alguna de las conferencias que imparte por todo el mundo, pero como resumen baste decir que sirvió en el ejército en Duvdevan, una unidad de élite dedicada al contraterrorismo y por descontado es un gran experto en Krav Maga y otras artes marciales. Además ha escrito un libro, “Miedo con sabiduría” en el que habla de cómo hacer del miedo nuestro aliado, un libro que se está vendiendo de maravilla en Israel y se encuentra en proceso de traducción al inglés. Muy impaciente estoy por leerlo enterito, y a ver si con un poco de suerte y algo más de tiempo podemos disfrutarlo también en español.
 
 
 
El Moldava de noche
Hace unos meses, estábamos un día yo y mis inseguridades conversando con Kfir cuando me dijo: “voy a hacer en octubre un seminario en Praga, ven”. Y yo dije “vale, iré”. Lo cierto es que para viajar me lo pienso poco, pero además no había mucho que pensar, tenía la espinita clavada del último seminario en Valencia que no quise hacer porque no me encontraba en forma y necesitaba sacármela cuanto antes, así que llamé a la agencia de viajes y compré un billete a Praga de inmediato. He de decir que una vez allí a mis inseguridades las envié a pasear por el Moldava e hice todo el seminario como una campeona, y aunque me resultó duro físicamente (la verdad es que no estoy en forma, no nos engañemos) sólo tuve que parar y descansar después de un ejercicio especialmente intenso, lo demás lo hice todo sin grandes problemas. Así que de maravilla, feliz cual perdiz, orgullosa de mí misma, de mi trabajo y del de mi terapeuta.


Y ya puestos a volar a Praga, como el Krav Maga sólo me iba a ocupar dos días, decidí tomarme otros cuatro de vacaciones para conocer la ciudad y fue una magnífica decisión. Praga es preciosa, la típica ciudad centroeuropea con su bellísima arquitectura a la vista allá donde te encuentres. Sin duda el alma de la ciudad es su río, el Moldava. Un río enorme, muy ancho, lleno de vida y de belleza, que hace imprescindible un paseo en barco si te encuentras en la ciudad. Yo me di dos, uno de día y otro de noche. El compositor checo Bedrich Smetana supo interpretar el Moldava como nadie cuando compuso el poema sinfónico que lleva su nombre, y que forma parte de su obra “Mi tierra”.


Wine not?
Praga es además una ciudad segura, lo había leído en todas las guías que consulté y también me lo dijeron el taxista que me recogió en el aeropuerto y la dueña del apartamento donde me alojaba. Por la noche se ven muchas mujeres solas paseando o haciendo deporte, familias con niños, grupos de amigos y policías patrullando. La ciudad ideal para llegar a casa sola y borracha sin problemas (Irene…) Yo llegué sola todas las noches y una de ellas casi borracha, porque volviendo de un concierto paré a tomar una copa en un bar de vinos que había visto el día anterior, y me encontré con un camarero muy simpático que me estuvo hablando de las variedades de vinos que hacen en Chequia mientras yo me tomaba un blanco semidulce, y luego me convenció para tomar otro… es que el bar es un sitio precioso con vistas al río, que se llama “Wine not?”, igual por eso me dejé convencer. O porque el vino estaba delicioso, que también puede ser.


Cementerio judío
Praga tiene una importante comunidad judía, varias sinagogas y todo un barrio donde encuentras carteles en hebreo, restaurantes kosher y tiendas donde puedes comprar un collar con la estrella de David. La sinagoga española es una auténtica belleza, y en ella hay un pequeño museo dedicado a las víctimas checas del holocausto. En otra sinagoga, la Pinkas, están escritos en las paredes los nombres de todas esas víctimas por orden alfabético, con fecha de nacimiento y lugar de procedencia. Impresiona, impresiona mucho. Al lado se encuentra el cementerio judío que es un remanso de paz, con sus tumbas sobre las que se depositan piedras, igual que en Israel.


Otra de mis salidas nocturnas fue para ver una representación de teatro negro, un espectáculo que nació en Praga y sigue siendo parada imprescindible en la ciudad. Este género fue fundado por Jiri Srnec, y hay un teatro que lleva su nombre y que ofrece una  función casi todas las noches. Es un teatro diminuto, familiar, estás cerquísima de los actores y desde luego vale la pena acercarse a ver la representación.

Teatro negro
 
Así que a grandes rasgos este es el resumen de mi viaje a Chequia: Krav Maga, teatro negro, vino blanco, paseos por el Moldava y horas de conversación con mi admirado Kfir. Una auténtica gozada.









sábado, 15 de octubre de 2022

La cena previa al viaje a Mariupol (Diario de guerra XVII)

COLABORACIÓN DE LINA ZALITOK
(english below)

En este momento, voy en tren hacia Przemysl (Polonia) donde cogeré un vuelo a Cracovia, luego un tren a Estocolmo y después un autobús a Herrang, allí tiene lugar un famoso festival de baile Lindy hop. Suena maravilloso estar viajando, especialmente en un tren ucraniano. A causa de la guerra, ahora viajamos de una manera más ecológica. Incluso si es más largo, no me molesta. Siempre me han gustado los trenes ucranianos, donde puedes dormir en posición horizontal, dormirte al llegar a una ciudad y despertarte en otra  muchos kilómetros después, y tomarte un té o un café incluidos en el precio del billete (por desgracia, todavía en un vaso de cartón: desde que empezó la pandemia del corona ya no sirven bebidas calientes en vasos con elegantes asas metálicas, que te hacían sentir al tomar tu bebida como un aristócrata del siglo XIX). Hoy antes del viaje estaba muy nerviosa. Es mi primera salida desde Año Nuevo y no sé lo que va a pasar. Pero sé que es una buena decisión, y espero que este viaje me dé energía e inspiración para mi vida futura, pase lo que pase en ella. Hoy me gustaría hablaros acerca de otro viaje que hice en mayo, cuando trabajaba para una ONG extranjera, que fue una experiencia extraordinaria y maravillosa.

Llevábamos tres días mis colegas y yo intentando salir a cenar en Luiv. Cada vez salíamos de nuestro hotel sobre las 19:30h para dirigirnos al restaurante favorito del equipo, que yo aún no conocía. Cada vez, a las puertas del restaurante comenzaba a sonar la alarma aérea. En ese momento, los restaurantes dejar de servir y de tomar pedidos mientras dura la alarma. Esperábamos alrededor de una hora, y la alarma terminaba de sonar justo a la hora de cerrar la cocina del restaurante. En una ocasión llegamos a ver el humo que provocaban las explosiones cerca de Luiv, y algunos de nuestros amigos incluso pudieron oírlas. Uno de esos días, fue en ese momento cuando tomamos la decisión de comprar “Aperol spritz para llevar” (NT1) con objeto de celebrar la despedida de los colegas que ya se iban de Ucrania. Conseguimos comprarlo, pero tuvimos que beberlo en un túnel, rodeados de otra gente que trataba de esconderse del peligro. Mis amigos extranjeros dijeron que era el Aperol más extraño que habían bebido nunca.

Puesto que no teníamos comida en el hotel, en cuanto dejó de sonar la alarma fue una suerte encontrar un kebab abierto, que aún servía para llevar después de que los demás restaurantes hubieran cerrado. Nos comimos los kebabs de vuelta a casa en las ambulancias. En ese momento es cuando yo me sentí rara, sobre todo porque era la primera vez que subía en una ambulancia.

Al final conseguimos entrar en ese precioso restaurante sin que estuviera sonando la alarma. Pedimos la comida, que en efecto estaba deliciosa, aunque me sentí un poco culpable por estar en un restaurante como si no pasara nada, y no lo pude disfrutar del todo. A punto de terminar de cenar, nuestro jefe recibió un mensaje en el que decía que teníamos que ir pronto a Mariupol. Todo el mundo puso cara de estar viviendo un momento trascendental. Parecía que el tiempo se hubiera parado. Era cuando Mariupol estaba constantemente en las noticias, en la boca y en el corazón de todo el mundo. Los soldados heridos de Azov (NT2) aún estaban sitiados en Azovstal (NT3).

El hecho de que finalmente consiguiéramos comer en ese restaurante, fue para mí como un adiós a mi vida. Tal y como escuché que iríamos a Mariupol, pensé que mis compañeros no iban a querer que yo fuera con ellos. Yo no tengo formación médica, ni siquiera sabía nada de primeros auxilios. Pero tenía muchas ganas de ir y un sexto sentido me decía que estaba esperándolo de manera inconsciente desde 2014. Al mismo tiempo, no estaba segura de que fuera una decisión razonable. ¿Podría en realidad ser de ayuda allí o hablaba mi espíritu aventurero, o quizá mi desesperación? porque durante todo el mes de abril hice muy pocas cosas excepto leer las noticias sin parar, y no pude encontrar la manera de ayudar a que esta guerra termine, o al menos a mitigar sus consecuencias. En mi corazón estaba convencida de que tenía que ir, y temía quedar decepcionada si se iban sin mí. Durante todo ese tiempo, cada vez que se oía la palabra Mariupol parecía que se cortara el aire y nuestras sonrisas desaparecían, tuve la sensación de que mis amigos extranjeros hablaban a mis espaldas. Era algo incomprensible, porque yo era una novata sin conocimientos médicos y ucraniana. Por ejemplo hacer ese viaje tenía para mí diferentes implicaciones legales (temor por tu seguridad, seguro médico, todas esas cosas que ahora mismo no nos importan mucho a los ucranianos). Así que le pregunté al jefe del grupo si podía ir con ellos. Me dijo que sería de gran ayuda allí, supongo que por hablar ucraniano. En cualquier caso, su respuesta aplacó mis dudas.

Teníamos una hora para empaquetar nuestras cosas y durante esa hora podíamos echarnos atrás, nadie estaba obligado a ir. A la vez, todos sabíamos que no podríamos llegar si no había un pasillo humanitario que fuera seguro. Quizá tuviéramos que volver a Luiv antes de llegar a Zaporiyia. No estaba garantizada nuestra seguridad cuando emprendimos el viaje, pero supusimos que lo estaría mientras llegábamos a Zaporiyia. La situación era aún más irónica si tenemos en cuenta que era poco antes del 9 de mayo, y los medios especulaban con una escalada en la guerra debido a la importancia de esa fecha histórica para el régimen ruso. Ésa es la razón por la que, la mañana del día de nuestra cena, oficiales extranjeros de la organización humanitaria internacional que trabajaban con nosotros recibieron repentinamente órdenes de su jefatura para que abandonaran Ucrania, debido a que podría haber problemas de seguridad. Nosotros en cambio, habíamos decidido acercarnos al frente de guerra.

Cuando estaba haciendo la maleta tuve que, al igual que el 24 de febrero, decidir de nuevo qué cosas me eran imprescindibles para sobrevivir. Tal y como diría mi amigo de EEUU, tenía que hacer la maleta en modo militar. Dije adiós a mi vida (sentía en el aire  que mi vida ya no sería la misma, que la muerte me rondaba) y escribí un mensaje a un amigo, para informarle acerca de mis intenciones y que al menos alguien supiera donde estaba si sucedía algo. Entonces decidí darle a otro amigo la dirección del hotel para que pudiera recoger el resto de mis cosas si yo no regresaba.

Después de comprar comida y hacer la maleta rápidamente, tuvimos una pequeña reunión en la terraza del hotel. Todo el mundo se mantenía firme en su decisión. Nos mirábamos unos a otros a la cara sin decir nada. Sentí que era lo correcto. Sin preparación médica ni experiencia, quizá era la más vulnerable, pero estaba rodeada de médicos y sabía el idioma del país. Así que podía ayudarles a ayudar a otros. Partimos a medianoche con dos ambulancias al punto de encuentro, y nos unimos a un convoy de 30 ambulancias.

(continuará)


Notas de traducción:
1- bebida alcohólica de origen italiano, que se consume como cocktail
2 - batallón del ejército ucraniano
3 - fábrica sita en un barrio de Mariupol, donde tras una resistencia heroica, el ejército ruso ha hecho prisioneros a más de 2500 soldados ucranianos.



#WarDiary 17 Dinner before going to Mariupol

At this moment, I am in a train heading to Przemysl, where I am going to take a train to Cracow and then a flight to Stockholm and then a bus to Herrang where the famous Lindy hop dance festival takes place. It feels wonderful to be moving, especially by Ukrainian train. Because of war, we are traveling in a more ecological way now. Even if it takes much longer, it doesn’t bother me. I have always adored Ukrainian trains, where one can sleep in horizontal position, fall asleep in one city and wake up in another city many kilometres away and get a tea or coffee included in ticket price (unfortunately, still in a paper cup: after the start of Corona pandemic they don’t serve hot drinks in glasses with elegant iron glass holders any more, holding which one can feel him or herself like an aristocrat from the 19th century). I was very nervous before the trip today. It is my first trip abroad since the New Year and I don’t know what is going to happen. But I know that it is a right decision and hope, this trip will give me energy and inspiration to live my life further, however this life will look like. Today I would like to tell you about another trip in May when I worked for a foreign NGO, which was a wonderful and extraordinary experience.
Three days in a row, my colleagues and I tried to have dinner in Lviv. Every time we would go out of our hotel at around 07:30 p.m. and head to the favourite restaurant of the team which I hadn’t known yet. Every time on the doorstep of the restaurant, we would hear air alarm. Back then, all the restaurants stopped to serve and take orders during air alarms. We would wait for an hour or so and air alarm would end exactly at the time of the closure of the restaurant kitchen. Once we saw smoke from explosions near Lviv and some our friends even heard them. It was at the moment when we decided to buy “Aperol spritz to go” to say goodbye to colleagues who were going to leave Ukraine. We managed to buy them, but we had to drink them in an underpass surrounded by other people hiding from danger. My foreign friends said that it was the weirdest Aperol they had ever had.
As we didn’t have any food at hotel, after the air alarm was over, we were lucky to find an open Kebab take-away which still took orders after all restaurants closed. We ate them on our way home in ambulance cars. Now it was my turn to feel weird, all the more that it was my first ride inside an ambulance car ever.
In one of the evenings we managed to get inside that lovely restaurant without an air alarm. We ordered food which was indeed delicious, although I felt guilty sitting in a restaurant as usually and could not fully enjoy it. We almost finished our dinner, as our team leader said that he just got a message that we might soon need to go to Mariupol. Everybody’s face assumed an expression of an existential cut. Time seemed to stop. It was at the time as Mariupol was constantly in the news, on every tongue and in every heart. The injured Azov soldiers were still encircled at Asovstahl.
The fact that we finally managed to eat at that wonderful restaurant seemed to me like a symbol of a farewell to life. As I heard the news, I knew that I might not be allowed or wanted to go with them. I didn’t have any medical education and didn’t even know how to provide first aid. I desperately wanted to go with them and I felt with some “sixth sense” that it was something I unconsciously waited for since 2014. At the same time, I wasn’t sure about the reasonability of such decision. Would I be really useful there or is it just my adventure spirit or is it my despair because of the whole month of April when I did very little except reading the news all the time and couldn’t find my mission in ending this war or at least mitigating it’s consequences. My heart was convinced that I should go and dreaded the disappointment should they go without me. All the time after the word Mariupol cut the May evening air and wiped away our smiles, I had an impression that my foreign friends were talking past me. It was understandable, because I was a newbie with no medical background and Ukrainian, i.e. such a trip would have different legal (security, insurance, etc, all those things which don't really bother Ukrainians at this time) implications. So I asked the team lead if I could go with them. He told me that I would be of great help. Supposedly, because of Ukrainian language. Anyway, that answer put away all my doubt.
We had one hour to pack our things and during that hour we could change our decision. Nobody was forced to go. At the same time, we knew that we wouldn’t go further, if there is no a secure international humanitarian corridor. We could go back to Lviv any time before and after reaching Zaporizhzhia. Security guarantees were not there when we left, but we were supposed to get them by the time we reach Zaporizhzhia. The situation was even more ironic as it was happening shortly before May, 9, when the media expected some escalation due to the importance of this historical date to Russian regime. That is why in the morning before our dinner, foreign officials of one international humanitarian organisation who worked with us, were suddenly ordered by its headquarters to leave Ukraine because of possible security issues. We decided to go closer to the frontline instead.
As I packed my bag, I again, like in February, 24, had to decide what are the few things I would need to survive. As my American colleague would say, I packed “military style. I said goodbye to my life (I felt something life-changing/death-bringing in the air) and wrote a message to a friend who I knew would react calmly, to inform her about my intention, so that at least somebody knows where to look for me if anything. Then I decided to give to another friend the address of the hotel so that he could pick up the rest of my belongings if I don't come back.
After quickly buying food and packing, we had a short meeting on the small balcony of our hotel. Everybody was resolved to stick to the decision. We just looked at each other’s faces without saying anything. It felt like exactly the right thing. Without medical education and experience, I was perhaps in the most vulnerable position, but I was surrounded with doctors and I knew the language of the country. So I could help them help others.
We left with two ambulances to the meeting place and joined a convoy of some 30 Ukrainian ambulance cars at around midnight.
(to be continued)

viernes, 23 de septiembre de 2022

Un presente brillante (Diario de guerra XVI)

 COLABORACIÓN DE LINA ZALITOK

(english below)


Los últimos diez días son seguramente, los primeros desde el 24 de febrero en que he podido vivir mi vida con normalidad. Sorprendentemente, la normalidad ha vuelto junto con la danza, aunque al principio de esta pesadilla no estaba segura de si volvería a bailar alguna vez y llegué a pensar que bailar no era tan importante después de todo. Mi primera sesión de lindy hop fue como encender una luz en una habitación oscura. Es curioso que el solo de baile que había retomado sólo unos días antes no tuvo un efecto tan intenso. No sé cómo serán otros bailes, pero el lindy hop me parece la expresión de la vida, y si alguien olvida lo que se siente al estar vivo, con este baile seguro que puede recordarlo.


La semana pasada, en el parque Tara Shevchenko hubo una reunión de baile al aire libre. No sé cómo se llama lo que bailaban esas parejas, pero lo estaban disfrutando. Fue maravilloso ver a gente bailar aquí en Kiev. Pero aún a riesgo de parecer un poco pedante, hubiera preferido que bailaran lindy.


Hace poco me di cuenta de que muchos adolescentes pasean por las calles de Kiev y se sientan en los cafés. Cada uno de ellos parece tener su propio sentido de la moda. Quizá porque he estado sobre todo por el centro de la ciudad, pero no recuerdo haber visto nunca nada igual. Van en bicicleta o en scooter y hablan apasionadamente unos con otros, disfrutando del verano de Kiev. No puedo evitar preguntarme qué está haciendo ahora esa gente tan creativa, pero su presencia es la promesa de un futuro brillante, a la vez que la constatación de un presente brillante. Después de todo, privarnos de la alegría de vivir no nos acercará a la victoria. Los ucranianos, aunque parezca paradójico, vivimos en un presente brillante. Visto a través de los ojos de la guerra, cada detalle parece más claro y lleno de significado que nunca. No podemos hacer otra cosa más que vivir en el presente, y eso significa disfrutar cada momento de la vida. Como una ducha caliente, una taza de café, un vaso de agua, una cena deliciosa, dormir en una cama, dormir bajo techo, encontrarse con amigos y parientes que no están (aún) en zonas de guerra, encontrarse con amigos y parientes que siguen vivos, tener la posibilidad de ir a clases de baile, tener piernas, brazos, ojos, etc…  todo eso puede cambiar en cualquier momento. Podemos perder todo eso en cualquier momento. Pero también podemos elegir si vivimos en el miedo constante a perderlo todo, o vivimos disfrutando de tener lo que tenemos en este momento.


Todo esto me ha hecho recordar Luiv, donde estuve diez días trabajando con una ONG que ayuda a la evacuación de ucranianos heridos en la guerra. Conforme me iba acercando a Luiv, en la  mañana del 3 de mayo, los campos que se veían a través de la ventana del tren ya estaban verdes y brillaban con la luz del sol. No había ni checkpoints ni multitudes. Así que llegué a Luiv, una ciudad que conocía de antes de la guerra. Me impresionó su belleza. Su arquitectura me hizo sentir como si estuviera en otro país, tal belleza no es fácil de ver en tiempos de guerra. Me acerqué con mis compañeros a un restaurante para comprar comida, y vi de reojo los hermosos edificios. No me permití disfrutarlos con los ojos de una turista. En aquel momento, tomar una simple foto me parecía moralmente un crimen. También me lo parecía comer en un restaurante, pero era parte del trabajo, ya que las reuniones y la planificación las hacíamos durante la comida.


Tuve que acostumbrarme al sonido de la sirena de la ambulancia desde dentro de la ambulancia. Durante nuestra primera misión, ese sonido, que perturbaba la paz habitual de Luiv, me llenó los ojos de lágrimas. Era el sonido de una emergencia, cuando la vida de alguien está en peligro. Íbamos hacia el tren de rescate, o sea, que íbamos a encontrarnos con un montón de personas heridas. No sabíamos en qué estado iban a llegar. Mi colega me advirtió que uno de los primeros trenes traía a la gente tal y como había sido encontrada: sin ningún tratamiento médico, con heridas sangrantes, con brazos y piernas rotos. Algunos de los pasajeros habían muerto en el camino. Se suponía que yo estaba preparada para esa situación. Sin embargo, resultó ser algo diferente. Todos los pacientes habían sido tratados y permanecían estables. Teniendo en cuenta la imagen que me había hecho, ninguna de las heridas me impactó demasiado sobre todo porque la mayoría estaban ocultas bajo los vendajes.


Hicimos varias misiones de evacuación médica durante el tiempo que estuve en Luiv. Me acuerdo en especial de dos pacientes. Un civil de una ciudad del este de Ucrania, que además estaba diagnosticado de alcoholismo severo y delirium tremens. Los médicos que le acompañaban en el tren nos advirtieron de que podía ponerse agresivo, aunque era poco probable porque aún estaba bajo los efectos de la medicación. Eso me recordó que la guerra causa daños a personas que previamente ya han sido dañadas por las circunstancias de la vida o por ellos mismos. Por una parte la guerra vuelve más vulnerable a la gente vulnerable. Por otra, la guerra puede acabar con la triste y dura vida de esta gente.


El paciente parecía grande y fuerte si lo comparamos conmigo, y le costaba mucho hablar. No estaba segura de que entendiera el ucraniano. Pensé que se sentiría más cómodo si le hablaba en ruso, así que me pasé al ruso y volví a sentir el complejo de inferioridad que ya casi había olvidado de mis primeros días de estudiante en Kiev, cuando era la única que tenía que hablar en otra lengua. Volví a hablar en ucraniano. Después de todo, me parece peor que él no entendiera el ucraniano, y con esta guerra es menos comprensible que nunca no ser capaz de hablarlo. Después de que le preguntara y no me respondiera, cambié otra vez al ruso. Al final resultó que le estaba hablando demasiado despacio. No era una cuestión de qué lengua utilizaba. 


Él podría haber ignorado todas mis preguntas, aunque fueran tan simples como “¿cuánto tiempo llevas en el tren?” o “¿estás cómodo así?” no porque le hablara en ucraniano, sino porque no nos conocíamos de nada y ¿por qué habría de responder a esa chica  saludable y sonriente, que realmente no había vivido la guerra? me miró como diciendo “que te den” pero aún así respondió con calma a mis preguntas, usando las menos palabras posibles. Le llevamos al hospital de Luiv y después no podía evitar preguntarme: ¿habíamos hecho lo mejor para él rescatándolo? ¿cómo iba a vivir de ahora en adelante? ¿qué valor tenía para él la vida? ¿realmente quería vivir?  ¿iba a querer en el futuro seguir viviendo?


Otro hombre herido al que recuerdo de vez en cuando, es uno más alegre y sociable. Había perdido una pierna y a su mujer cuando iba al supermercado en Kharkiv. Un fuerte e inesperado bombardeo alcanzó a su mujer partiéndola en dos mitades, murió de inmediato. Él tuvo la suerte de que un médico de su edificio pasaba por allí y le proporcionó primeros auxilios para que no se desangrara por la pierna. “Sentí envidia de mi mujer” -me dijo- “para ella todo terminó en ese momento, y yo ahora tengo que vivir con todo esto y sin una pierna. Antes pensaba que no tendríamos la posibilidad de salir de Kharkiv, porque no teníamos dinero ni parientes en ninguna ciudad lejos de la guerra. Pero ahora me doy cuenta de que era absurdo pensar así. Siempre hay una manera de hacerlo. Es por eso que estoy enfadado conmigo mismo por no haber sacado antes de allí a mi familia. Sólo los héroes, los ladrones y los drogadictos permanecían en la ciudad. Yo no era ninguna de esas cosas. Tendría que haber cuidado mejor de mi mujer y de mi pierna. Pero al final, pasó lo que pasó. Después me di cuenta de que estaba feliz por haber sobrevivido. Me alegra que mi hija se hubiera quedado en casa en vez de acompañarnos. Ahora disfrutaré de mi vida, y convertiré cada momento en el mejor.” 


Entonces me preguntó a dónde le llevábamos. Yo no lo sabía. Él dijo “ah, no te preocupes, siento haberte preguntado eso. Estoy agradecido por poder recibir tratamiento médico y rehabilitación. Sé que el proceso de evacuación es complicado y no siempre todo es perfecto. No importa dónde vaya a recibir ayuda, sólo era curiosidad.”



(texto original)


WarDiary #16 Bright present


Last ten days or so were probably the first days since February, 24 when I felt some normality in my life. Unexpectedly, “normality” came back together with dancing, although in the beginning of this war nightmare I was not sure, I would ever dance again and supposed that dancing was not so important to me after all. Yet, it turned out to be vital. First lindy hop dance felt like turning on the light in a dark room. Interestingly, solo dancing which I restarted some days before lindy hop did not have such a strong effect. I don’t know about other dances, but lindy hop seems to me the expression of life and if one forgets how being alive feels, this dance will surely remind them of it.

Last weekend I saw an outdoor social dance party just in the middle of Taras Shevchenko park. I don’t know what dance the couples danced there, but they were enjoying it. It was wonderful to see people dancing, here, in Kyiv. But risking to appear a lindy hop snob, I would very much prefer if they danced lindy.

Recently, l started to notice a lot of teenagers walking in Kyiv streets and sitting in cafes. All of them look unique and strike with a remarkable sense of fashion. Maybe, because I have mostly been walking through city center, but I don’t remember anything similar before. They ride city bikes or scooters and talk engaged with each other enjoying summer in Kyiv. I cannot help wondering what these young creative people are doing here now, but their presence is like a promise of the proverbial “bright future”, but also a demonstration of the “bright present”. After all, deprivation of life joy won’t bring Ukrainian victory any closer.

Ukrainians do live in bright present, however paradoxical it may seem. Through the optics of war, every detail becomes meaningful and clearer than ever. We cannot but live in the present moment, that is enjoy every bit of life. Like taking a warm shower, taking a shower, drinking a cup of coffee, drinking water, having a tasty dinner, having any dinner, sleeping in a bed, sleeping under a roof, meeting friends and relatives who are not (yet) in the war regions, meeting friends and relatives who are still alive, having a possibility to visit dance courses, having legs, arms, eyes, etc. All of this can change any moment. We can lose it any moment. But we can choose, if we live in constant anxiety about losing or if we enjoy having what we have right now.

That brings my thoughts back to Lviv where I spent ten days working with an NGO helping to conduct medical evacuations of Ukrainians with war injuries. As I was coming to Lviv in the early morning on May, 3 the landscapes in the train window were already green and sparkled with sunlight. There were no checkpoints any more and there were no crowds. So I actually arrived to Lviv which I knew before the war. It stroke me with its beauty. Because of its architecture I felt like abroad. This beaty seemed to be inappropriate in war times. I walked with my new colleagues to a restaurant to get some food and saw all these fine buildings just with a corner of my eye. I couldn’t allow myself to enjoy them with a tourist eye. Back then, even taking a photo seemed to be a kind of moral crime. Eating in a restaurant also felt like a crime, but it was an integral part of work as we did our plannings and debriefings while eating.

I had to get used to ambulance siren when sitting inside the ambulance. During our first medical evacuation mission, its sound, cutting the everyday Lviv’s calmness, filled my eyes with tears. It was a sound of emergency, when somebody’s life out there is in danger. We were on our way to meet the evacuation train, i.e. we were going to meet a lot of people with injuries. We didn’t know in which state they would arrive. My colleague warned me that one of the first trains brought people exactly as they were found: without any medical treatment, with bleeding wounds and torn arms and legs. Some of train passengers died on the way. I was supposed to be ready for that situation. Nevertheless, it turned out to be different. All the patients were treated and stable. Bearing in mind, what picture I prepared myself to see, no injuries shocked me, all the more that they were hidden behind bandages.

We did several missions of medical evacuation during my time in Lviv. Two patients stayed in my memory very clearly. One civilian from a town in the East of Ukraine whose diagnosis included heavy alcoholism and delirium tremens. Doctors accompanying him in the train warned us that he might get aggressive, although it was rather unlikely, because he was still under the effect of medicaments. That reminded me that war damaged people who have already been damaged by life or themselves. On the one hand, war makes vulnerable people even more vulnerable. On the other hand, war can end their hard life.

The patient looked big and strong in comparison to me and spoke with great reluctance. I was not sure that he understood Ukrainian. I thought that it would be less stressful for him if I speak Russian. I switched to Russian and felt the almost forgotten inferiority complex of being the one who had to switch the language as in my first days as a student in Kyiv. Then I switched back to Ukrainian. After all, it is very much unlikely that he doesn’t understand Ukrainian and with this war, it is more understandable than ever to stick to Ukrainian language. After he didn’t answer my next question, I switched back to Russian. However, it turned out that I spoke too quietly. It was not about language.

He could very well have ignored all my questions, although they were so simple as “How much time did you go with this train?” or “Is it comfortable to sit like this?” Not because I posed them in Ukrainian, but because we didn’t know each other and why would he answer to this girl, smiling and healthy, a girl who never experienced war? He looked like saying to me “Fuck off”, but still quietly answered my questions with as few words as possible. We transported him to a hospital in Lviv and afterwards I could not help asking myself: Was he happy to have been saved? How will he live his life further? What value does his life have to him? Does he want to live? Will he want to live?

Another injured man, whom I remember from time to time, is a more cheerful and sociable one. He lost his leg and wife while walking to a supermarket in Kharkiv. His wife was torn apart in two parts by a sudden heavy shelling and died immediately. He was lucky enough that a doctor from his building block was passing by and provided him with the first aid, so that he did not lose all his blood with his leg. I envied her then, he said about his wife: “For her everything ended in that very moment and I had to live with all this and without a leg. Before I thought there were no possibilities for us to flee from Kharkiv, because I had no money and no relatives in safe places. But now I realize that all of that was nonsense. There is always a way. That’s why I was so angry with myself for not evacuating my family. Only heroes, thieves and drug addicts stayed in the city. I was none of them. I might have preserved my wife and my leg. But in the end, what happened happened. Later I realized that I was happy that I survived. I am grateful that our daughter stayed in the flat and did not go with us. Now I will enjoy every moment of my life and do the best of it.”

Then he asked me where he was going to be transported. I did not know that. Then he added “Oh, don’t worry, I am sorry for asking all those questions. I am so grateful for having this chance to be treated and rehabilitated. I know that all these evacuation processes are complicated and cannot always run smoothly. It doesn’t matter where I get help. I was just curious.”