lunes, 29 de agosto de 2011

Disturbios y niños





Contentita vengo en el día de hoy. No sólo por el calor, el cambio de horario, la sobrecarga de trabajo y el hecho de tener muchas cosas que hacer y pocas ganas de hacerlas, además esta mañana he leído una noticia referente a los disturbios en Londres la semana pasada. Parece ser que las autoridades británicas están juzgando a TODOS los que deben ser juzgados por esos hechos tengan la edad que tengan, incluida una niña de once años a la que su papá ha defendido públicamente diciendo que a esa edad, es “manipulable”, y también han condenado ya a varios años de cárcel a los principales instigadores. Y ahora viene mi tremendo cabreo: algunas asociaciones humanitarias han protestado por la dureza de los castigos. PERO ¡¡¡¡QUÉ COÑO ESTÁN DICIENDO!!!! ¡¡¡EN ESOS DISTURBIOS HA MUERTO GENTE!!!! Entre ellos Richard Bowes, un jubilado de 68 años, que trataba de apagar un incendio en un contenedor bajo su casa, cuando un grupo de salvajes lo apaleó hasta dejarlo en coma. No contentos con ello, impidieron que la Policía y los sanitarios le auxiliaran inmediatamente a base de tirar piedras y ladrillos a los agentes que se acercaban al hombre, ya tirado en el suelo. Al menos, el energúmeno que parece ser le atestó el golpe definitivo, será juzgado por asesinato aunque sea menor, y su madre por obstrucción a la justicia. Espero que pase en la cárcel toda la vida que su víctima ya no pasará en ninguna parte.
 
 
En cuanto a la niñita de marras, parece ser que será “condenada” a realizar trabajos sociales. Está claro que alguien de once años no puede ser juzgado igual que un adulto, pero si es capaz de apedrear escaparates y quemar contenedores, también es capaz de hacer trabajos sociales, me parece perfecto que las autoridades británicas la obliguen a ello. Y de paso también podrían obligar a su comprensivo padre a “manipularla” un poco para que fuera al colegio, se relacionara con gente de su edad y a altas horas de la noche estuviera durmiendo, en vez de esperando recibir mensajitos en su móvil para salir de casa a quemar cosas y tirar piedras. Yo diría que eso forma parte de las obligaciones de cualquier padre, o igual es que soy un poco carca, no sé.
 

Y por lo que respecta a las asociaciones “humanitarias”...... digo yo que deberían preocuparse de quienes ven pisoteados sus derechos humanos (ejemplo: Richard Bowes, derecho a la vida) en vez de preocuparse tanto de que quienes pisotean esos derechos a otros sufran castigos tan “duros”. Es más, creo firmemente que alguien que apedrea el escaparate de un comerciante que no le ha hecho nada, debería ser condenado a trabajos forzados durante tiempo indefinido, hasta que genere suficiente dinero para compensar el daño económico que ha causado. Y por supuesto quien apedrea hasta la muerte a otro ser humano que tampoco le ha hecho nada debería ser recluido en la isla de If, a pan y agua de por vida. Ale, ya me salió la vena facha y radical, cual géiser en Islandia. Me joroba mucho que los humanitarios estos no sólo vivan como reyes a costa de mis impuestos, sino que además se permitan criticar el hecho de que las leyes funcionan, al menos en Gran Bretaña.  Ya quisiéramos en España algo así.
 

Y con esto creo que queda suficientemente expresado mi cabreo por hoy. Hasta la próxima, que me temo que será pronto.

domingo, 21 de agosto de 2011

Maldito mes

No, no estoy llamando “mes” al periodo menstrual como hacen algunos cursis y no, tampoco estoy en “esos días”. Es el mes de agosto, que me pone enferma. No me gusta cogerme ahora las vacaciones porque suelo preferir la tranquilidad, y si voy a algún sitio mejor que no esté petado de gente. Según ese razonamiento lo mejor en agosto es estar en la ciudad, pero ¿por qué todo el mundo que se queda tiene que venir todos los días a mi trabajo? ¿es el precio por trabajar en un servicio público, que según algunos es el chollo padre? además la gente estos días está especialmente pesada. Todos quieren que hagas lo que no puedes hacer, todos presumen que ellos son la excepción y los que merecen un trato especial, todos pretenden que les atiendas antes que a nadie aunque haya otras personas esperando su turno... “¡es que yo tengo prisa!” Po fale, ahora habrá que atender por prisas y no por turno, mira por donde. El otro día tuvimos una pequeña bronca con una señora que no paraba de gritar en rumano, y a la que al final terminé atendiendo de manera seca, cortante y hasta grosera, en un perfecto español que me parece que entendió sin ningún problema. En fin, un desastre.


Además, al ser agosto, los dos turnos trabajamos por la mañana y no me acostumbro a madrugar por obligación, no me acostumbro. A veces me levanto temprano aunque trabaje por las tardes, pero no es lo mismo. Me levanto, me preparo medio litro de té rojo Pu-Ehr, que eso da una energía que no veas, desayuno, me quedo leyendo un ratito y luego ya me pongo a funcionar. Vamos que, aunque me levante temprano, la hora y media que tardo en despertarme la paso tranquila, saludando al nuevo día y cogiendo el ritmillo poco a poco. Eso en el trabajo es imposible, y aunque parezca una chorrada lo estoy pasando francamente mal.


Y luego está el calor, el insoportable calor... ¡¡¡QUIERO QUEDARME A VIVIR EN LA PISCINA!!!! y sí, lo sé, soy muy afortunada por tener piscina en casa (“calidad de vida“ que dice mi ex) tan afortunada que no tengo derecho a pedir más, pero sí pido más: ¡¡¡¡QUE PARE YA ESTE MALDITO CALOR!!!!! Me aplatana, me agobia, me da dolor de piernas, me da hambre, me pone de mal humor, me quita las ganas de hacer cosas. Vengo de trabajar agotada mentalmente y me quedo frita por las tardes, no tengo fuerzas ni para leer. Por supuesto no he estudiado una sola línea en este mes, menos mal que el cuatrimestre que me dejé para septiembre lo llevo bastante bien y me da tiempo de mirarlo todo, que si no me hacía el harakiri YA.


En fin, para que veáis que no es nada nuevo en mí, os dejo este poema, que escribí como su título bien indica en

AGOSTO 1994

Agosto,
el fin que se desliza sin mirar
sin siquiera detenerse a pensar en nada.
Abrasando las entrañas de los cuerpos
el siniestro mes reaparece
año a año
vida a vida
eterno ciclo de dolor y miserias
de muerte y podredumbre en las calles.

Agosto en la ciudad
y la soledad se ensaña con los que nos quedamos,
con los que el viento húmedo golpea
sin piedad,
desde el fresco mar que disfrutan otros.

Agosto nos exprime y nos desangra
se queda con la última gota de nuestro aliento.
El azul del cielo,
en agosto,
también nos abandona
y deja paso al rojo incandescente de la ausencia.

Pero esta vez,
agosto,
1994,
va a ser distinto
porque ya no existe un viento capaz de engañar
a este triste habitante del asfalto.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Se llamaba Dolores (Historia, literatura y cine IV)


“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas... ...era Lo, sencillamente Lo por la mañana... ...era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita”



Así comienza la genial novela del genial Vladimir Nabokov, que fue calificada en su día de pornográfica, fue prohibida y vilipendiada, su autor acusado de criminal... vamos que escandalizó y sigue escandalizando a muchos de los que la leen. A mí, para variar me fascina. La gran novela americana escrita por un ruso, jeje, sólo por eso ya me gusta. “Lolita” escandalizó porque es una obra tremendamente escandalosa. La pasión abusurda del cuarentón Humbert por la doceañera Lolita debió ser por sí sola un mazazo en la puritana sociedad de los EEUU, pero no es eso lo más escandaloso de la obra. Dolores Haze no es una pobre niña de la que abusa un pervertido, es en realidad un putoncete adolescente, consciente en todo momento de las (para ella) ridículas ansias de Humbert, y dispuesta a hacer valer sus armas de “minifemme fatale” y aprovecharse cuanto pueda de la situación. Es ella quien maneja los hilos, es ella la que lleva loco al pobre idiota de Humbert, quien come de su mano como un perrito y no vive más que para complacerla en todos sus infantiles caprichos.

Sólo Humbert es capaz de ver algún atractivo sexual en esa pequeña estúpida pagada de sí misma, que desde fuera resulta un personaje no sólo asexual, sino francamente irritante: come chicles con la boca abierta, suele ir sucia y desgreñada, lloriquea y se enfada como un bebé, dice tacos que no vienen nunca a cuento, no para de discutir con su madre, se coge rabietas de niña malcriada, amenaza con abandonar a Humbert o le chantajea vilmente con sus favores sexuales cada vez que se le mete algo en la cabeza y quiere conseguirlo a costa de él. La verdad es que dan ganas de darle dos bofetones, y otros dos de paso al tonto de Humbert, que con ojos bovinos no para de hablar de su piel de melocotón y de sus rizos dorados. Además no tiene el menor escrúpulo en acostarse con el marido de su madre cuando cree que ésta se halla gravemente enferma en un hospital, y tampoco cuando Humbert le comunica que en realidad lleva muerta ya varios días. Para celebrarlo se van los dos de luna de miel a visitar un motel tras otro y a dilapidar la pequeña fortuna de Humbert. De la infortunada  Charlotte se olvidan ambos enseguida, su marido y su hija, hasta doscientas páginas más tarde cuando se ven  obligados a vender y repartirse su herencia.




Charlotte Haze, la madre de Lolita es un personaje entrañable. Se enamora de Humbert a primera vista, cuando éste aparece en su casa para alquilar una habitación y mientras él la mira asqueado, buscando la oportunidad para largarse de allí cuanto antes. Le presenta inocentemente a su hija Dolores, que está mascando chicle y holgazaneando en el jardín y la pobre no se entera del impacto que la niña provoca en Humbert. La verdad es que no se entera de nada hasta que, ya casada con Humbert, descubre ese maldito cuaderno que él guardaba bajo llave. Es fácil meterse en su piel e imaginar como debió sentirse. Una mujer enamorada, que planea su futuro con el hombre que ama y lejos del pequeño demonio de su hija, a la que odia; de repente descubre un diario oculto y lee como su amado, de su puño y letra, dice de ella lindezas como: “la gorda Haze, la mala puta, la vieja foca, la cargante madre, la vieja y estúpida Haze”. Por más que a renglón seguido Humbert trate de convencerla de que lo que ha leído es un fragmento de la novela que escribe, y que no se está refiriendo a ella con esos insultos ni a su hija con las muy abundantes y explícitas alusiones sexuales, Charlotte no le cree. Le grita que es un monstruo, le dice que se va de la casa esa misma noche y que nunca volverá a ver a Lolita. Inmediatamente se pone a escribir cartas, sospecha Humbert que a algunos familiares, a la directora del internado donde se encuentra Lolita, o quizá a la propia Lolita, y cuando un rato más tarde y en pleno frenesí, sale a echarlas al correo cegada por el llanto, es atropellada por un coche y muere en el acto. Las cartas, que no llegó a depositar en el buzón, se las devuelve la policía al presuntamente conmocionado viudo, que no tiene más que fingirse unos días destrozado por el dolor y a continuación correr en pos de Lolita. Charlotte es el único personaje que muestra algo de humanidad en esta novela, y desde luego el único capaz de amar sinceramente y con el corazón. Así le va.
 
 
En cuanto a Humbert y su obsesión por las nínfulas, haría las delicias de cualquier psiquiatra: traumas infantiles, obsesión, delirios paranoides, falta total de empatía, comportamientos sádicos y masoquistas, regresiones... y todo eso sumado a un irresistible atractivo sexual que le facilita mucho la vida en todos los aspectos, para qué negarlo. A veces sueña con vivir toda la vida junto a Dolores como marido y mujer, otras se deja insultar y amenazar por ella, devolviéndole a cambio besos y caprichos. En otras ocasiones es él quien la amenaza, y también de vez en cuando planea cómo librarse de ella dentro de un par de años o así, cuando deje de ser una nínfula y ya no le interese. Finge ser su padre y estar educándola, y permite que la pequeña calientabraguetas le llamé “papá” en público, cuando ambos saben que eso le pone a cien. Aunque enfurece por dentro, hace como que no da importancia al hecho de que Lolita le cuente tan fresca que no se ha iniciado sexualmente con él a la tierna edad de doce años, sino antes en el campamento de verano con su amiguita Elizabeth primero y después con Bárbara y Charlie de catorce y trece años respectivamente. Humbert piensa que es posible que Lolita se lo esté inventando, pero su destreza y desparpajo en la cama le hacen dudar y convertirse en un padre celoso, de una manera tan enfermiza que llama la atención a los profesores de Lolita. Celoso y enfermizo como el amante que en realidad era.
 

Evidentemente, en las dos versiones cinematográficas de “Lolita”, la de Stanley Kubrick (1962) y la de Adrian Lyne (1997), las relaciones sexuales entre Humbert y Dolores pasan casi desapercibidas. Hay alguna alusión verbal, alguna mirada provocativa y en una escena que no se incluyó en el montaje final de la película de Lyne, ambos están en el sofá tonteando y se rozan un poco las piernas mientras Lolita sonrie picarona. Punto final, el resto a la imaginación del espectador. En la novela de Nabokov, el sexo es el motor que lo hace girar todo. Sin dar detalles escabrosos, con una finura exquisita, Nabokov hace decir a Humbert que cuando Lolita se paseaba delante de él no podía contener sus erecciones ni el dolor que éstas le causaban; que no era capaz de negarle nada a su amadísima de doce años después de que ella le hiciera probar las delicias de su boca; que una determinada noche se convirtieron técnicamente en amantes y que lamentaba no poder copular con ella un día en que Lolita se encontraba enferma de fiebres. No deja lugar a la duda de cual era la naturaleza de su relación, naturaleza que los dos cineastas tratan de que no se note demasiado durante todo el tiempo que duran sus respectivas películas, invirtiendo así radicalmente su sentido original. En mi opinión la maestría de la novela consiste en haber creado algo hermoso partiendo de una historia que de ser real pondría los pelos de punta al más pintado. Afortunadamente, se trata de una novela de ficción, y ninguno de sus personajes existen o han existido, así que el autor hizo bien en moldearlos a su manera y tomarse esas libertades con ellos, creando de paso una de las novelas  magistrales de la literatura universal. Los susceptibles y puritanos que nunca llamarían “asesina” a Agatha Christie, tampoco deberían llamar “pornógrafo” a Nabokov.



miércoles, 27 de julio de 2011

Hambre de buey

Hoy toca temita desagradable, muy desagradable. Lo siento, pero alguna vez tenía que pasar, este es un blog extraño y agridulce, como la vida misma.

“Hambre de buey” es la traducción literal de la palabra “bulimia”. Terrible traducción y terrible enfermedad, sucia, desconocida, infame. Permitidme que hable en femenino... sé que también hay hombres que la padecen, pero la puta bulimia es tan autodestructiva, tan femenina... hambre de buey... las mujeres bulímicas en realidad pocas veces sienten hambre, entendida ésta como la necesidad física de alimento, pero sin embargo su necesidad psicológica de llenar el agujero negro localizado en su estómago es tan inmensa que sí, semejan un buey hambriento e insaciable. A escondidas, siempre a escondidas, es un añadido más a la sinrazón de su delirio. Al contrario que las anoréxicas, que exhiben su delgadez y no pocas se sienten orgullosas de ella, las bulímicas se avergüenzan cada segundo de padecer esta enfermedad que las hace comer sin mesura, y  no permiten nunca que nadie presencie un brote. NADIE. NUNCA. Por eso se esconden. Cuando una chica delgada, etérea y frágil se niega a comer en público recibe todas las atenciones, y siempre anda rodeada de admiradores que la cuidan, le insisten para que coma, le acercan la cuchara con amor; los hombres tienen con ella fantasías de princesita necesitada de protección con caballero andante; las mujeres, especialmente las bulímicas, anhelan ser como ella, tan delgada, tan divina, tan el centro del universo. Cuando una chica gorda y zafia se pone a comer sin parar durante horas... literalmente SIN PARAR DURANTE HORAS... (inténtenlo, no es fácil, no se puede hacer sin haber perdido totalmente el control de una misma. Inténtenlo y verán como una persona normal y sana, no puede hacerlo) ...es tan incómodo de ver... es tan molesto... tan desagradable... nadie se acerca a quitarle con amor la cuchara de la boca ¿para qué? ningún caballero desea inmolarse por el amor de una monstrua. Y las bulímicas lo saben, porque bajo capas de grasa también ellas albergan un corazón de princesa frágil y necesitada de cariño, sólo que está tan escondido que nadie es capaz de verlo. Los príncipes desvían la mirada y las ogras bulímicas van al baño a vomitar. A veces el baño es su único amigo, el único lugar donde una bulímica puede sentirse limpia, delgada y etérea durante unos minutos. Antes de volver a comer. Antes de volver a torturarse.

Hablando de vómitos... cómo odian las bulímicas a los ignorantes bienintencionados... malditos gilipollas... cuando una bulímica no puede vomitar y necesita vomitar, suele buscar algo que le ayude alguna técnica, algún truco. Entra en internet y teclea en google “cómo vomitar” y entonces aparecen diez, doce páginas creadas por apóstoles del bien (casi siempre hombres, manda güevos) que han hecho su buena obra del día, se han puesto la medalla y se han largado tan satisfechos, pero que nunca cogerían entre sus apuestos brazos a una mujer gorda y comilona, porque no serían capaces de mirarla a los ojos hundidos en su cara obesa. Pero por internet sí se atreven a dar consejos, no necesitan mirar a los ojos a nadie: “no vomites” “vomitar es malo, no lo hagas” “pide ayuda, estás enferma” “vomitar no es la solución” “así no arreglas nada” “confía tu problema a alguien que te quiera” y lo peor, lo peor, lo peor “eres hermosa tal y como eres”... NO, PANDA DE IDIOTAS, NO, eso vale para las anoréxicas pero no para las bulímicas. Las bulímicas no se ven gordas, ESTÁN gordas, la gente a su alrededor no para de repetirles nunca lo gordas que están. Y claro que serían hermosas si no tuvieran esta enfermedad, pero con la enfermedad no lo son. Porque no consiguen adelgazar por más que vomiten, porque los vómitos y el dolor de estómago les han deformado la cara que se les ha hinchado más aún, porque a veces se les caen los dientes y se les rompen las uñas, porque llorar no adelgaza, porque se han dañado ya las cuerdas vocales y el esófago, porque las rodillas, los tobillos y los codos les duelen como si fueran viejas, porque se les hincha el vientre, porque su hígado deja de funcionar bien, porque cuando se desmayan por una bajada súbita de potasio no hay nadie que las coja galantemente en brazos, y entonces caen y se golpean contra el suelo que está muy frío, muy duro y muy solo. Así que los apóstoles sin fronteras harían mejor dedicándose a salvar a las ballenas o apadrinar niños del tercer mundo, y dejando en paz a las bulímicas. Ellas vomitarán con o sin sus estúpidos consejos y más vale así, porque si no consiguen vomitar se abrirán en canal para sacar de su cuerpo todo lo que han sido capaces de meter en él, mientras el apuesto oenegista del “no vomites” finge no verlas y se larga a hacer voluntariado en favor de los mendigos cojos de Calcuta, que al menos son simpáticos, flacos y agradecidos. Para una bulímica, dejar de vomitar es haberse curado y ello requiere un tratamiento farmacológico y psicológico, requiere tiempo y requiere que sea el momento adecuado. En ocasiones el momento adecuado nunca llega o llega tarde.

Como si no tuvieran bastante con su enfermedad, las bulímicas necesitan hacerse daño, aún más. Suelen cortarse, quemarse o golpearse con furia. Sí, a veces cuando se encierran en el baño no sólo vomitan, sino que se cortan con una cuchilla en los brazos, las piernas o el vientre. El dolor físico y la sangre alivian el otro dolor, el que no alivian los medicamentos ni las palabras bienintencionadas de alguien que no tiene la más mínima idea de lo que siente una bulímica. Sólo la sangre y el dolor. También se queman con cerillas, normalmente en las manos y antebrazos, o se golpean con los puños o con cualquier tipo de objeto. Todo vale cuando todo se ha perdido ¿qué más da? El dolor es su pequeño secreto, sólo ellas pueden entender cúanto alivia ese dolor. Y no, no son comportamientos masoquistas, son comportamientos inevitables cuando se ha perdido el control, son gritos de ayuda desesperados que nadie oye, son cicatrices  que le recordarán siempre a la bulímica lo que es y lo que ha sido. Aunque algún día se cure, su cuerpo y su alma estarán siempre llenos de cicatrices para que nunca olvide. Cuando sea capaz de volver a mirarse en un espejo, lo primero que verá serán sus cicatrices. La bulimia a veces desaparece, pero siempre permanece cercana como la espada de Damocles, al acecho para volver a cazar a su presa. Sabe que su presa, aun cuando se haya curado, es tremendamente frágil.

Y sí, la bulimia es una enfermedad mortal, muy mortal. A veces se producen hemorragias internas por los vómitos, y la bulímica se desangra por dentro sin que nadie se dé cuenta, hasta que se desmaya y muere. Otras veces el hígado deja de funcionar totalmente. Otras se pierden tantas sales minerales con el vómito que quien se para es el corazón, y adiós.  Pero no suele ser tan fácil ni tan rápido. Las bulímicas mueren por suicidio, normalmente después de varios años de tortura física y mental, después de varios intentos de curación, de varias recaídas, cuando todo lo que se ha ido gestando durante esos años sale a flote en un momento de desesperación. Sí, casi todas las que no consiguen curarse se suicidan, es una enfermedad con la que no se puede vivir, pero no se refleja en las estadísticas porque la verdadera causa del suicidio ha pasado inadvertida durante años a familiares, amigos, profesores... los que van quedando. Dicen que la chica tenía depresión, o que no saben cómo ha podido pasar, que no se lo explican. No saben que la bulimia te conduce de la mano a la muerte desde el primer instante, desde el primer atracón, pero eso ni siquiera la propia enferma lo sabe hasta el final, hasta que se encuentra una vez más a solas cara a cara con su enfermedad y dice BASTA, esa vez dice BASTA YA. Bulimia y vida son incompatibles, se arañan, se arrancan jirones de la enferma la una a la otra hasta que la desgarran, la agotan y la hacen decidirse definitivamente por una de las dos. La bulimia o la vida, porque la bulimia siempre significa la muerte.



domingo, 17 de julio de 2011

¡Bravo Ángel!

Raro es hoy en día, muy raro, encontrar un presentador de televisión que no sea el típico chulazo de 1’90, marcando pecho y bíceps con una camisa tres tallas más pequeña de la que le correspondería. Al fin y al cabo la televisión es un medio visual. Sí, visual, sería audiovisual si importara algo lo que se oye en ella... porque en fin, si el chulazo tuviera algún talento periodístico me parecería genial que trabajara en un medio de comunicación, y si encima está bueno pues mira, mejor para él. Pero no, los chulazos y chulazas que pululan por las televisiones enseñan toda la carnaza que haga falta pero la gran mayoría no saben hablar ni leyendo un guión. Triste y tremendamente comercial, c´est la vie. 
 

Por eso soy fan incondicional de Ángel Martín. Para empezar porque es un hombre que sin cumplir ninguno (o casi ninguno) de los cánones de belleza masculina actual, está muy bueno. Para qué nos vamos a engañar, las hormonas por delante. Pero sobre todo me fascina de él, el hecho de que un tío que presenta en televisión con mucha gracia y salero un programa de éxito, un día lo deje para dedicarse al teatro. SEÑORAS Y SEÑORES, en el mundo del artisteo, en el que el más tonto pone el culo por dos pesetas, para hacer eso hay que tener UN PAR DE HUEVOS y Ángel los ha tenido. Vaya por delante toda mi admiración. Lo mismo pasó hace tiempo con el valenciano Toni Cantó, al que en los ochenta mis prejuicios y yo considerábamos un guapito más de la tele hasta el día en que pasó olímpicamente de ganar un pastizal presentando gilipolleces, y se dedicó a calzarse las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán, el teatro clásico griego y algún que otro Shakespeare en salas de teatro, y así lleva desde entonces. En aquel momento di una patada a mis prejuicios, me quité el sombrero y le obsequié con la más humilde reverencia.


Pero volvamos a Ángel, que ahora se dedica a recorrer España junto a Ricardo Castella con el espectáculo humorístico teatral “Nunca es tarde”. De éxito en éxito. El rasero del éxito es distinto en teatro que en televisión. El hecho de que si haces teatro, algunas noches puede que te vean veinte o treinta personas conduciría inmediatamente al hara-kiri a cualquier directivo de telecinco, pero para el artista constituye un éxito. Si eres bueno, y Ángel y Ricardo lo son, esas veinte o treinta personas no te van a olvidar en la vida. Los millones que te ven en televisión se olvidan de ti en cuanto van al baño en la publi.


No hace falta desearle el éxito a Ángel Martín porque ya lo tiene, ahora más que nunca; no hace falta desearle que llegue a ser un gran artista porque ya lo es; no hace falta desearle que le vayan bien las cosas porque ya le van de maravilla. Si lo tuviera delante de mí le desearía que no haya nunca en el mundo nada ni nadie capaz de cambiar su manera de ser. También le diría que gente como él hacen más por el espectáculo y por otros artistas que todas las televisiones del mundo. Después le declararía mi amor incondicional y le invitaría a cenar, y cuando él, amablemente, rechazara mi invitación yo me largaría a emborracharme en soledad a base de gin-tonics, disfrutando de la satisfacción del trabajo bien hecho y del agridulce sabor de la derrota.


PD: adjunto el vídeo de presentación que hicieron para las funciones en el teatro Maravillas de Madrid. Si ésto es sólo la presentación, lo que debe ser sel espectáculo.... aún no he ido a verlo (¡malditas no vacaciones!), pero iré, lo prometo.









miércoles, 13 de julio de 2011

Ser o no ser (madre)

 
Uy qué miedito, una mujer sin hijos hablando de la maternidad, dando lecciones de lo que no sabe, qué fácil es educar niños cuando no los tienes, etcétera etcétera... bueno, que nadie se alarme antes de hora, no es ésa mi intención. Más que del hecho de ser madre, me gustaría hablar del hecho de no serlo. Y aunque reconozco que me repatean bastante las “mamás pasteleras”, conozco y quiero a suficientes madres vocacionales y felices en su maternidad como para valorar el hecho de que formar una familia sea una de las prioridades importantes en la vida de una persona, aunque no sea mi elección.
 

A lo que iba: sin poner en duda ni infravalorar en absoluto todo lo que puede aportar a una mujer el ser madre, yo conozco mejor lo que te quita la maternidad y a ello quería referirme, para empezar a la elección de pareja. Cuando una mujer heterosexual planea tener hijos con su pareja, ve en los hombres a un padre en potencia y son las cualidades de buen padre las que va a valorar a la hora de elegir a un hombre, como es lógico. Yo también lo haría. Y eso nos lleva a la costumbre de pasar de largo de:

                                                 
1- El canalla que te vuelve loca, del que sabes que no te puedes fíar, pero que te hace temblar con sólo mirarte. Suele beber cerveza en vez de agua y conducir una Harley, pero no es imprescindible, también puede beber whisky y conducir una Kawasaki.

2- El chiquillo al que le llevas veinte años, que se enamora perdidamente de ti y se dedica a respirar por donde tú pasas. Te adora, te escribe poemas de amor y tú te sientes como una auténtica diosa.

      
3- El padre de familia que quiere a su familia y nunca la dejaría (y tú nunca lo consentirías), pero aún así enloquece por tus huesos y por tus lorzas.

4- El amigo gay con el que un día se te cruzan los cables y echas un polvo divino, que sabes que nunca se repetirá.

5- La amiga presuntamente heterosexual con la que un día se te cruzan los cables y echas un polvo divino, que sabes que nunca se repetirá.

6- El adorable picaflor al que jamás ninguna mujer podrá meter en casa, pero que lleva más de media vida visitando la tuya para que lo invites a cenar con postre..... algo que haces encantada. El postre suele valer la pena.

7- El payasete de treintaytantos, infantil e inmaduro, que te encanta y te hace reír a carcajadas cada vez que abre la boca. Con ése al menos te sientes madre, mira. Intuyes que convivir con él debe ser desquiciante, pero el chico es un cielo y es fácil quererle.

8- El ángel rubio e inalcanzable con el que pasas un fin de semana de ensueño, allá lejos del mundo, y al que nunca después vuelves a ver.
 
 
Evidentemente, si tuviera un reloj biológico de ésos y la maternidad entrara en mis planes, habría desechado desde el principio todas estas opciones y llevaría años buscando un chico formal y responsable, que fuera un buen padre con el que formar una familia. ¿Lo habría encontrado? no lo sé. ¿Sería feliz con él? ni de coña. Me pasaría el día echando de menos los besos del canalla y las cenitas con el picaflor. Soy así de rara, qué vamos a hacerle.



sábado, 25 de junio de 2011

Siete años en el Tíbet (Historia, literatura... y cine III)



Otra vez el eterno dilema... ¿por qué una película que en principio me ha gustado acaba pareciéndome una porquería? ¿por qué se me ocurrirá ir a buscar la historia original, y leerla, y descubrir que no tiene nada que ver con la peli? ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?


Bueno, en este caso sí tienen algo que ver la película y el relato original, pero claro, los señores yankis obsesionados con la paternidad pastelera se inventan un niño al que su padre ama por encima de todo y al que siempre está echando de menos, aunque haya desaparecido de su vida cuando él era un garbanzo en el vientre de la madre y regrese sólo siete años después, con un regalito, eso sí, del mismísimo Dalai Lama, que no se diga que no es generoso el padre. La madre, que se ha emparejado aún embarazada con un apuesto padrastro, quien está haciendo de padre efectivo del nene toda la vida de éste, comprende que pese a todo el propietario del espermatozoide que engendró a su hijo es un padre auténtico y amoroso y le permite irrumpir en la vida del niño con su regalito. El canijo, muy sabiamente y con esa vocecita de flauta que les ponen a todos los canijos en las pelis americanas (a todos la misma), reconoce a su papá pese a que no le había visto nunca ni sabía de su existencia, le entrega inmediatamente su cariño filial y se pone a jugar con él. Suena la banda sonora, repican las campanas y todos contentos, vamos que les faltó acabar con un abrazo de grupo, apoteósico final feliz. 


Todo eso es lo que pasa en la película. En el libro, el niño no existe. Ni la mujer, ni el padrastro, ni la cajita de música. Realmente desconozco si Harrer tuvo en algún momento de su vida esposa e hijos, no he encontrado ningún dato al respecto y desde luego en su libro “Siete años en el Tíbet” no nombra nunca a ningún familiar. El único comentario personal y medianamente sensible que hace en todo el libro, es algo así como “en algún momento de morriña pensé en tomar compañera, pero pese a la belleza de algunas tibetanas, decidí que estando solo tendría más libertad”. Y no tomaron compañera ni él ni su amigo Aufschnaiter, a quien en la peli sí emparejan con una de esas bellas tibetanas, para no perder la oportunidad supongo de mostrar un romance como dios manda ¿qué pasa, creían los productores que si no hay alguien enamorado la gente no va a ir a ver la película? maldito cine comercial... reconozcámosle a la peli el mérito de tener como actor protagonista a Brad Pitt, algo bueno tenía que tener, pero por lo demás nasti de plasti. 
 
 
El libro de Heinrich Harrer comienza con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, mientras Harrer y varios compañeros participan en una expedición deportiva que trata de coronar el monte Nanga Parbat, situado en el actual Pakistán y en la entonces India británica. Las autoridades coloniales británicas detienen a toda la expedición al tratarse de ciudadanos austríacos, potenciales enemigos, y los recluyen en un campo de concentración. Varios de ellos logran huir, siguiendo distintos rumbos y corriendo diversa suerte, Harrer y Aufschnatier consiguen llegar la Lhasa e instalarse allí. En un país subdesarrollado como era el Tíbet de aquella época, se convierten en ingenieros (Aufschnaiter lo era en realidad), en médicos, en profesores. Ejercen un poco toda profesión liberal habitual en occidente y desconocida en el Tíbet, lo que les hace ser equiparados a la nobleza del país. Harrer es reclamado como instructor del decimocuarto Dalai Lama, un muchacho entonces de catorce años, y que todavía hoy es el jefe espiritual de los budistas, exiliado en la India. Acaban haciéndose muy amigos, y cuando en 1950 China amenaza con la invasión y empieza a cumplir su amenaza, antes de que el ejército chino llegue a Lhasa se ven obligados a salir de allí pitando todos, los dos alpinistas austríacos y el Dalai con toda su comitiva. Punto final. 


“Siete años en el Tíbet” es un libro de aventuras, como todos los que escribió Harrer, con la peculiaridad de que también es un magnífico retrato de la vida en el Tíbet antes de la invasión china. No hay historias de amor, no hay esposas abandonadas ni hijos recuperados, ni siquiera hay heroísmos patrióticos.

A Heinrich y a sus compañeros les importa un pito la guerra, la política, los intereses del gobierno inglés, los intereses del gobierno austríaco, los intereses de Hitler. Ellos lo único que quieren es escalar su montaña, y tras escapar del campo de concentración, intentar que no les pillen y nadie les vuelva a meter allí. No luchan ni quieren luchar por su país, ni por ningún otro, quieren montañas, exploración y aventuras; se mofan de las autoridades austríacas, inglesas y tibetanas, desobedecen las órdenes y torean sin escrúpulos cualquier obstáculo burocrático con tal de que les dejen en paz, y eso es lo que narra Harrer en el libro, lo único que narra. Teniendo en cuenta que pasó cincuenta y dos de sus noventa y cuatro años de vida fuera de Austria, casi todos en Asia y el Pacífico, explorando, escalando y escribiendo, por lo visto tuvo la sensatez de no casarse ni tener hijos. Yo creo que hizo bien.


PD: he aquí una de mis muchas contradicciones.... después de poner a parir a la peli, no me resisto a terminar el post con una foto de Brad. Es que está tan guapo..... y ¡qué narices! lo cortés no quita lo caliente (sí, lo caliente, estamos hablando de Brad).