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viernes, 15 de septiembre de 2023

Eras joven e ignorante


Hoy me enteré de que ha muerto la que fue directora de la biblioteca donde he trabajado casi toda mi vida laboral, y he recordado algo que quiero contar. Al principio no nos llevábamos muy bien. Yo tenía 22 años, era muy entusiasta y trabajadora pero la verdad es que me ponía nerviosa por todo, me agobiaba por todo y en más de una ocasión no supe medir bien mis palabras con ella. Tuvimos desavenencias y alguna que otra discusión, casi siempre por mi culpa. Como dice mi admirado Ángel de la Guarda, “eras joven e ignorante, no hay más”. Pues eso.


Tiempo después estuve en otro centro de trabajo (he estado en la biblio CASI toda mi vida laboral) y me encontré con un jefe que no le deseo a mi peor enemigo. Vamos, ni a ese mismo jefe le deseo un jefe como él. Ahorraré los detalles, suficiente decir que acabamos en el juzgado para que os hagáis una idea. Y entonces empecé a recordar a mi anterior directora y a entender cuanta paciencia tuvo conmigo, y como había intentado ayudarme siempre. A su manera, con sus aciertos y sus errores, pero ahí entendí que realmente había valorado mi trabajo, mi esfuerzo y mi capacidad; y entendí también que con otra actitud por mi parte habríamos tenido una relación mucho más agradable y fructífera. Me dio rabia no haber sido consciente de ello antes.


Un día se lo dije. Nos encontramos en la biblio, a la que he seguido yendo con asiduidad. Qué le voy a hacer, soy adicta a la lectura y entonces no tenía ebook. Nos encontramos y sentí la necesidad de agradecerle todo lo que había hecho siempre por mí sin yo saberlo; le conté como estaba en el otro puesto de trabajo, la manera en que me había tratado el jefe; le conté lo que había sufrido y le pedí disculpas por no haber sabido antes apreciarla como directora ni como ser humano. Su única respuesta fue abrazarme. No dijo nada y me abrazó. Fue un momento entrañable, nos quitamos ambas un peso de encima y nunca volvimos a hablar de ello.


Al enterarme de su muerte me he sentido triste, pero a la vez muy satisfecha de haber hablado con ella aquel día y de haberle dado el agradecimiento que merecía. Hoy, que soy bastante más mayor y bastante menos ignorante, he podido lamentar su muerte sin que mis errores me saltaran de golpe a la cara. He podido recordar con gratitud lo mucho que viví y aprendí en todos esos años, he sentido únicamente la melancolía de despedir a una amiga a quien aprecio y con la que estoy en paz.


No quiero ni pensar cómo estaría sintiéndome ahora si aquella conversación no se hubiera producido nunca. Lo sé, soy una egoísta, ha muerto una persona querida y yo estoy aquí hablando de mis sentimientos. Pero es que necesito decirlo. Poder pensar en ella y decirle “buen viaje Carolina y gracias por todo”, sin resquemores, me ha hecho ser hoy mejor persona. La próxima vez si la hay, no tardaré tantos años en dar ese abrazo a alguien.


viernes, 15 de julio de 2022

La Cena y la librería




La Cena


Ese momento en el que entras y sientes de golpe el frescor, la penumbra y la contemplación absoluta. La Última Cena, la magnífica pintura de Leonardo da Vinci se descubre ante ti en un solo golpe de vista y por un momento crees que estás soñando. La tienes delante y ni te atreves a respirar porque sabes que el oxígeno puede dañarla, pero te acercas todo lo que se te permite, te zambulles en ella, quieres verlo todo, darte cuenta de todo, inspeccionar cada pequeño detalle de esos 40 metros cuadrados de pared. Escuchas las palabras de la guía con absoluta reverencia pero no apartas tus ojos de la Cena en ningún momento, casi ni parpadeas para no perder ni un solo segundo de los  quince minutos de que dispones. Es inmensa, física y emocionalmente. Es apabullante. Se te saltan las lágrimas. Te convulsiona, te deja temblando. El pequeño refectorio de unos humildes frailes se ha convertido en un lugar sagrado para la humanidad y el arte, donde impera la más absoluta reverencia, donde anida para siempre la pintura que brotó del alma y de las manos de un genio.


La Última Cena ha sufrido varias restauraciones a lo largo de su historia porque, contrariamente a lo que suele creerse, no se trata de un fresco. Debería tratarse, ésa era la idea, pero Leonardo fue un artista concienzudo y poco dado a las prisas, que se pasó meses mirando esa enorme pared en blanco hasta que consiguió ver en ella lo que quería pintar. Ni siquiera la más que comprensible desesperación de sus mecenas le apartaba de su exquisito método de trabajo, así que esta obra que popularmente se conoce como un fresco, no lo es. Cuando Leonardo comenzaba a pintar, el yeso ya se había casi secado, el pigmento no penetraba bien y no se mezclaba adecuadamente con el material, la capa de pintura quedaba más suelta de lo que sería deseable, y con el tiempo se despegaba y se deterioraba. La Última Cena ha sido el caballo de batalla de los restauradores desde que existe, pero hay que reconocer que han hecho un trabajo magnífico y hoy día puede disfrutarse en todo su esplendor. Con la aparición de nuevas técnicas ha sido posible incluso restaurar las restauraciones anteriores, y la pintura que hoy se contempla es casi exacta a la que en su día pintó Leonardo.


Debo decir que mi sobrina ha heredado mis genes cotillas para el arte y la cultura, lo cual para qué negarlo me llena de orgullo, y satisfacción y todo eso. Así que al terminar la visita nos acercamos las dos, ávidas de curiosidad, a hablar un poco “extra” con la guía, que nos atendió encantada. Yo me había fijado en la iluminación del refectorio que está en penumbra: dos focos junto al mural orientados hacia las paredes laterales y uno que no se veía pero iluminaba desde abajo directamente la pintura, lo que me pareció bastante raro. Así que le pregunté a la guía y ésta confirmó mis sospechas: no hay ningún foco en la parte de abajo. Es el arte de Leonardo y su magnífica capacidad como pintor lo único que ilumina en esta obra la parte central de la mesa, el horizonte y entre ambos la figura de Jesucristo. Impresionante, muy impresionante, pero cierto.



La iluminación. No hay foco en el centro.


La librería



“Parole e pagine” (palabras y páginas) se llama la librería. Está en el número 15 de la Via Moscova, en Milán y a priori no tiene nada de particular, es la librería del barrio donde mi sobrina y yo nos hemos alojado en nuestro viaje a Milán, y por supuesto no nos íbamos a quedar sin entrar a echar un vistazo. Y ahí es donde cambió la cosa. Es un negocio pequeño y lleno de rincones, en los que a veces te tienes que meter de canto para agacharte y escudriñar los últimos libros del estante, vamos, el típico sitio donde nosotras podemos estar horas disfrutando como enanas.


La selección de libros me pareció muy cuidada y muy inteligente: clásicos, autores italianos, algún que otro best seller (qué remedio…!), tesoritos de segunda mano y un mini ático dedicado en exclusiva a la literatura infantil. En la planta de abajo y tras el mostrador, el simpatiquísimo empleado cuyo nombre lamento mucho no recordar y que flipó un poco con nosotras, porque se ve que no es muy normal lo de dos turistas devorándose con los ojos durante un buen rato todos los libros de una librería apartada del centro, pequeña y rara. Estuvimos hablando con él de literatura, de historia, de España, de Italia, de nuestro viaje… vamos, un librero de la antigua escuela,  de los que disfrutan su oficio y te hacen salir del local con la satisfacción de haber conversado con alguien de tu “familia” lectora. De los que ya no quedan. Compramos un mapa de Milán y por mi parte, incumpliendo una vez más mi promesa viajera de no comprar libros (pesan, se pueden conseguir por internet, tatatá, tatatá…) me vine con uno de ésos que no puedes dejar en la estantería porque sería como abandonar a un hijo: “Intervista con la Storia” de Oriana Fallaci. Habrá post, prometido.



Frente al Duomo, tía y sobrina



martes, 15 de junio de 2021

Defender a Plácido



Plácido Domingo, esta semana en Madrid

Plácido Domingo no es un cantante sin más. A sus 80 años es una leyenda viva del arte español y arrastra una carrera repleta de éxitos por el mundo entero, pero eso no ha evitado (es más, puede haberlo incentivado) que se haya convertido en cabeza de turco del malintencionado movimiento metoo. Y digo malintencionado porque muchas veces las intenciones que se tienen no son las intenciones que se dice tener. Si con la excusa de defender a las mujeres del acoso lo que se hace es acusar a hombres de ser acosadores sin pruebas, sin denuncia, sin juicio, sin condena y sin nada, pues vamos mal, pero que muy mal.


Antes que nada, quede claro que un acosador, maltratador o violador de verdad merece todo mi desprecio, y supongo que el de cualquier persona mínimamente decente. El problema es que al ser delitos gravísimos, sólo debería señalarse como autor de los mismos a alguien una vez que haya sido condenado en sentencia firme, no antes, y mucho menos si esa condena está muy lejos de hacerse realidad.


Toda persona acusada de un delito tiene derecho a una defensa, tiene derecho a ser juzgada y tiene derecho a que su culpabilidad o inocencia la determine un juez de manera objetiva, y con la preparación y conocimiento adecuado de nuestras leyes. Y por supuesto quien acusa a otro de un delito tiene la obligación de denunciarlo en un juzgado. Insinuar conductas delictivas en medios de comunicación es una doble vileza; por un lado se mancha el nombre de una persona que podría ser inocente, por otro al no haber una acusación formal, se le impide defenderse.


Es por eso que quienes defendemos a Plácido sin tener el gusto de conocerle personalmente, no lo hacemos porque “creemos en ti, hermano” lo hacemos para defender la presunción de inocencia. Dicha presunción, que se aplica incluso a los asesinos más sádicos y recalcitrantes, es uno de los pilares básicos de nuestra democracia y si no pensáramos que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario, nuestra sociedad sería un lugar mucho más desagradable para vivir.



Vayamos a los hechos: la verdad es que en el mundillo de la música, Plácido Domingo siempre ha tenido fama de donjuan. Pese a llevar muchos años casado, las malas lenguas aseguran que ha sido muy aficionado a galantear a sus jóvenes compañeras, pero también es cierto que pocas de ellas le han hecho ascos. Y es que Plácido ha sido siempre lo que se dice “un tío muy bien plantao” además de rico, famoso, influyente y de los mejores en su profesión. Eso por supuesto no significa que toda mujer tenga que sentirse halagada y aceptar cualquier proposición de su parte, pero suele pasar que muchas se sientan halagadas y acepten sin dudarlo. Y quien no acepte, no tiene más que abrir la boca y decirlo, o simplemente no hacer nada. Hablamos de un hombre al que todos nos imaginamos regalando un “está usted preciosa esta noche” a la Desdémona de turno, pero nadie se lo imagina pasando de ahí a mayores, a menos que cuente con el beneplácito y la sonrisa cómplice de la afortunada soprano.


Además tampoco nadie ha insinuado ninguna otra cosa: de las ocho presuntas ofendidas por el presunto acoso, sólo una ha dado su nombre y comentado hechos concretos, una mezzosoprano llamada Patricia Wulf en cuyo currículum hace poco aún figuraba haber compartido escenario con el famoso tenor, y a la que al parecer éste le dijo en una ocasión “¿qué haces esta noche, cuando termine la actuación?” y ya está. Ése es todo el acoso que se conoce perpetrado por Plácido Domingo, hace más de treinta años. Por supuesto Wulf ni le denunció entonces ni le ha denunciado ahora, se ha limitado a quejarse en algunas revistas de que se sintió acosada, y me imagino que a cobrar por ello.


En plena orgía de acusaciones del metoo dirigidas a artistas célebres, con todo el feminismo y el progrerío estallando de cólera cada dos por tres y con cientos de periodistas buitres de todo el mundo frotándose las manos (“no dejes que la verdad te arruine una buena historia” es su máxima), al apabullado tenor se le ocurrió que la cosa se calmaría si pedía disculpas públicamente a quien pudiera haberse sentido alguna vez ofendida por su comportamiento galante. Un gesto que le honra pero que tuvo un resultado nefasto. El bueno de Plácido, que siempre ha sido un caballero a la antigua, no podía contar con que femilumbreras como la Ministra de Igualdad iban a interpretar sus disculpas como una confesión en toda regla, y como es lógico fue peor el remedio que la enfermedad. Con el feminismo institucional vale aquello de “vamos a quemar las calles, y luego si eso ya buscaremos una excusa” y el tenor español, ingenuamente, les sirvió la excusa en bandeja.



Esta semana, la ministra feminista se ha referido a Plácido Domingo como “un hombre que ha confesado haber cometido abusos sexuales” ahí es nada, y lo ha hecho para criticar la merecidísima ovación que el público brindó al tenor tras una actuación en Madrid, después de dos años sin pisar escenarios españoles a consecuencia de la persecución del metoo. Ése es el nivel del feminismo español. Permítanme que, como mujer, me sume entusiasmada a la ovación dirigida a Plácido Domingo, el mejor tenor español de todos los tiempos y a día de hoy, un ciudadano libre de antecedentes penales. Y permítanme que, también como mujer, me pregunte qué pensaría la Ministra de Igualdad de un político español que se dedicara a liarse con sus jóvenes compañeras, ponerles pisos y ministerios, quedarse con sus tarjetas telefónicas llenas de fotos íntimas, decir lindezas como “la azotaría hasta sangrar” o “los feministas follamos mejor”… no sé, me da que como buena feminista nunca se le ocurriría emparejarse con un tipo así, pero no sé qué pensar.

lunes, 17 de agosto de 2015

Aquí no se canta

El polémico artista

Un artista de nacionalidad estadounidense es contratado para actuar en un festival en España. Un grupo de personas que no simpatizan con la política israelí presionan a la organización del festival para exigir a dicho artista unas declaraciones contrarias a Israel. El artista se manifiesta apolítico y a favor de la paz en Oriente Medio, responde que sólo quiere cantar y que en sus letras no ha tocado nunca el tema de la política de un país que además no es el suyo. La organización del festival parece que quiere llegar a un acuerdo pero al final cede a las presiones y condiciona la actuación del artista a que se manifieste políticamente, y por supuesto sólo hay una respuesta válida. El artista los manda a paseo, su actuación se suspende y AQUÍ NO SE CANTA. Al más puro estilo español, con un par. Por supuesto el festival está financiado con dinero público y por supuesto el artista es judío. Inimaginable la situación si cambiamos “judío” por “musulmán” e “Israel” por “Irán”. Así, como ejemplo.

Matisyahu, que así se llama el cantante, es un judío estadounidense de éxito internacional que debe de estar encantado con la polémica en torno a él, porque ni pagando millones le habrían hecho tanta publicidad. Y publicidad buena porque el tío es bueno, muy bueno. No se dedica a mi estilo de música favorito, pero ya le he escuchado en youtube y comprado su música en iTunes, se lo ha ganado a pulso por buen músico y por no entrar al trapo en estas confrontaciones y dedicarse a sus otros compromisos profesionales, que los tiene y muchos.

En cuanto a los amiguitos de los palestinos, el movimiento BDS, se han apuntado el tanto y están más contentos que Casillas levantando la Copa del Mundial. Hablan sin pudor de “un gran éxito” y lo celebran encantados con champán y guirnaldas. No es para menos, se trata del primer “éxito” que se les conoce en más de diez años de existencia, de subvenciones y de gastar dinero público en campañas para impedir que la gente compre productos israelíes, para intentar según ellos ahogar económicamente a Israel y que éste cambie su política de, según ellos, agresión, genocidio, no respeto a los derechos humanos, exterminio, etc. con respecto a los palestinos. Todo ello desde sus smartphones con tecnología israelí, mediante internet y sus motores de búsqueda desarrollados por israelíes. No vayamos a ser sólo un pelín hipócritas, ya puestos vayamos a tope y por ser  hipócritas que no quede.

"A todos los que boicotean a Israel: por favor llevad siempre encima este distintivo. Así, en caso de emergencia ningún dispositivo, medicina, método o investigación científica proveniente de Israel, será utilizada en vuestro tratamiento"

Y lo más tremendo, lo más flagrante de este caso es que parece ser que aún no se han enterado de que los palestinos comen todos los días gracias a la ayuda humanitaria que les envía Israel, beben el agua que “fabrican” los israelíes con sus desaladoras y se curan en hospitales que disponen de todos los avances médicos desarrollados en Israel y por israelíes. Lo cual quiere decir sin duda que si alguna vez el BDS consiguiera hacer, no ya daño sino cosquillas, a la boyante economía israelí, es muy probable que se encontraran con un Ariel Sharon elevado a la octava que dijera “pues muy bien, para que coman los palestinos que coman los israelíes. Se acabó la ayuda humanitaria, la comida, el agua y las medicinas. Ahí os quedáis palestinos, que os envíen camiones de fruta los del BDS, porque nosotros pasamos.” Y a ver qué hacían entonces los palestinos. Y los payasos del BDS.

(Nota importante: no he utilizado la palabra “payasos” en sentido peyorativo, válgame el cielo, la he utilizado porque entre las asociaciones que se apuntan al movimiento BDS hay varias de payasos, tipo Payasos Sin Fronteras, Payasos en Rebeldía y tal. Vamos, lo que viene siendo Payasos Fuera del Circo, que en mi opinión es el único lugar donde deberían estar tan nobles personajes, ejerciendo sus tan nobles funciones.)

"Yo compro productos israelíes. Pregúntame por qué"
Uno de los puntos de mayor controversia en todo este asunto, parece ser que ha sido la afirmación “Palestina no existe” en boca del judío rapero Matisyahu. En boca de alguien que ha compartido cartel en varias ocasiones con artistas palestinos sin exigirles manifestaciones políticas, y que además tiene más razón que un santo. Yo también lo digo de manera muy clara, Palestina no existe, y lo digo porque es cierto: Palestina como país no existe, y menos como país musulmán. Y ojalá existiera. Ojalá cuando en 1948 la ONU decidió dividir la Palestina británica en dos estados, uno judío y uno árabe, los musulmanes palestinos hubieran hecho lo que hicieron sus vecinos, los judíos palestinos: subirse las mangas y ponerse a la labor de construir un estado. Eso es lo que marcó realmente la diferencia, esa es la razón de que hoy en día Israel exista y Palestina no. Los musulmanes se negaron a aceptar que los judíos tuvieran derecho a tener un estado propio, ese derecho que por otra parte clamaban y siguen clamando para ellos mismos; los musulmanes consideraron y siguen considerando todo el territorio israelí, delimitado por la ONU en su momento, como “la Palestina ocupada”; los musulmanes creen tener derechos históricos (¿¿¿históricos???) no sólo sobre los territorios palestinos sino también sobre los territorios israelíes, y esgrimiendo esas razones justifican cualquier barbaridad cometida por sus Hamás, Al Fatah, Hezbollá, y por extensión todo el terrorismo islámico en el mundo. Todo ello con la connivencia y el beneplácito de sus amiguitos, los payasos oenegistas y supertolerantes españoles, que en cuanto abren la boca se dedican a justificar la violencia más salvaje siempre que sea contra Israel, y de los cuales aún no he conocido a uno que sepa señalar en un mapa los territorios palestinos.

Los que sí cantaron

En fin, es lo que hay. No tenía pensado ir a ver a Matisyahu en el festival Rototom de Benicàssim (Castellón) antes de que se montara este lío con los boicoteadores, más que nada porque no sabía de su existencia, pero ahora el hombre ha ganado una fan incondicional. Tampoco conocía la existencia del festival, al que desde luego no iré jamás en el caso de que se siga celebrando, pero a cuyos organizadores y subvencionadores me gustaría pedir un poco de coherencia. Si la cosa va de no contratar artistas cuyas simpatías políticas o religiosas es posible que se acerquen a gobiernos que, en opinión de algunos, es posible que no respeten escrupulosamente los derechos humanos, pues empecemos:
  1. A todo artista musulmán o nacido en algún país árabe, hay que exigirle que manifieste públicamente su oposición a las crueldades de la sharia, la ley islámica; y además que condene con igual contundencia los millones de crímenes cometidos por el gobierno iraní, el iraquí, el saudí… por los terroristas de Hamás, Al Qaeda, Hezbollá, Boko Haram, Estado Islámico… aunque sea obvio que el artista no es quien ha cometido esos crímenes, da igual. Por si acaso.
  2. A todo artista ruso, chino, cubano, rumano o militante en un partido de izquierdas en cualquiera que sea su país, hay que exigirle una manifestación pública en contra de los genocidios cometidos por Stalin, Mao, Fidel Castro o Ceaucescu contra sus respectivos pueblos. Además tiene que hablar personalmente con Putin para que devuelva Crimea a los ucranianos, con el gobierno chino para que devuelva el Tibet al Dalai Lama, y con lo que quede de los hermanos Castro para que devuelvan la propia Cuba a los cubanos, y permitan regresar sin problemas a todos los que llevan años yéndose a Miami. Y a sus hijos y a sus nietos.
  3. A todo artista norteamericano de raza blanca, hay que exigirle explicaciones, declaraciones y condenas públicas respecto a la guerra que sus antepasados colonos hicieron contra los indígenas norteamericanos, y el exterminio, reclusión y discriminación que sufrieron éstos a continuación de la guerra.
  4. Tampoco se libra ningún artista británico, francés, holandés o japonés. El pasado imperialista de sus países y la no condena de sus gobiernos y de ellos mismos a cualquier imperialismo pasado, presente o futuro, hace inviable e incompatible con los derechos humanos su contratación en España. País por otra parte al que el BDS parece que considera libre de culpa y de todo mal, en especial de tener tras de sí anarquías, dictaduras, represiones e imperialismos varios de todos los colores. Vamos hombre. Así que los artistas españoles también, boicoteados todos, como si no tuvieran bastante con morirse de hambre si intentan ser profesionales.
  5. Y de los alemanes ni hablemos, los muy ladinos persisten en seguir hablando la misma lengua que hablaba Hitler, a dónde vamos a ir a parar, imperdonable. A los alemanes ni agua.

Etcétera, etcétera, etcétera. Y no nos limitemos sólo a los artistas, exijamos lo mismo a cualquier trabajador antes de permitirle ejercer su derecho a ganarse la vida: si es judío, musulmán, o cristiano, que pida perdón de rodillas a los del BDS por cualquier acto de barbarie cometido por sus correligionarios a lo largo de la historia, y que los del BDS, justos y ecuánimes como son ellos, decidan en base a ese criterio quién tiene derecho a trabajar y quién no. Midamos también con esa vara a cualquier estudiante que disfrute de una beca, especialmente en tierra ajena. Podemos empezar por la niña palestina que derramó sus lágrimas frente a Angela Merkel, no de agradecimiento por haberle permitido disfrutar de un bienestar y una formación académica que jamás le habrían procurado ni su religión ni su origen, no, sino de tristeza porque dicha situación fuera temporal (algo sabido desde el principio) y no se le permitiera seguir en Alemania a costa de los alemanes, negando la existencia de Israel y apoyando la causa palestina. Y en esas andamos, y así podemos seguir hasta que el sol salga por el oeste.

Para finalizar este post, un vídeo de Matisyahu. Que ustedes lo disfruten.

 

domingo, 13 de octubre de 2013

Amo el silencio

Recuerdo que de niña, cuando empecé a estudiar música en la banda de mi pueblo, el profesor solía decirnos a los niños: “el silencio también es música”. Nos lo decía porque a veces, olvidábamos medir los silencios musicales y no se hace así, hay que medir el silencio y estar callado todo el tiempo que dure.

Hoy me he acordado de esa frase en la biblioteca de mi pueblo, donde he estado un rato leyendo en una sala. Había muy poca gente y todo el mundo estaba callado, leyendo. Y eso hoy en día, no es nada habitual ni siquiera en una biblioteca. Hoy echaba de menos la mía, donde trabajo, y me he puesto a ojear un libro sobre las grandes y más hermosas bibliotecas del mundo, ¡qué preciosidad! se trata de grandiosas bibliotecas antiguas, ubicadas en edificios antiguos y que albergan libros antiguos, con esa encuadernación rústica tan hermosa y tan típica de las bibliotecas viejas. Fascinante. Impresionante.


No valoramos el silencio, damos por sentado que tiene más razón el que más grita, y estamos creando una sociedad tan contaminada acústicamente, que ya ni nos molesta el ruido propio o ajeno. Estamos olvidando la paz que nos proporciona el silencio, y yo no quiero olvidarla, me niego a no tener siempre presente que EL SILENCIO TAMBIÉN ES MÚSICA.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Volviendo a Creta

No me gustan los animales. No me gustan nada, salvo algunas excepciones: el tigre de Bengala (va en serio), la araña viuda negra (va en serio), la pitón real (va en serio) y algún que otro especimen de la especie humana (va en.... bueno, supongo que va en serio ;-). Nunca he tenido ni tendré un perro, gato, pájaro o mono en mi casa; mi mascota es un tigre de peluche, enorme, se llama Alejandro Magno y me lo regaló un novio que yo tenía. Es limpio, aseado, no hay que sacarlo a pasear, huele bien, es calentito y suave si lo abrazas y me hace compañía, toda la que necesito.

Tigre de Bengala

Bueno, a lo que iba, también me parece estupendo que comamos carne, pescado y productos provenientes de los animales. Es una ley de la naturaleza, TODOS los animales se alimentan de lo que está por debajo suyo en la cadena trófica, ya sea vegetal o animal, y justo en lo alto de la cadena trófica está el ser humano, así que, respetando a quien no quiera comerla, que no es obligatorio, lo más normal del mundo es que nos alimentemos de carne entre otras cosas. De hecho si nuestros antepasados no se hubieran alimentado casi exclusivamente de la carne de los animales que cazaban, ninguno estaríamos aquí.

Además me parece bien que algunos animales participen en espectáculos. Es inconcebible que jamás apareciera un caballo, un perro o una paloma en una película, y siempre sale al final la típica notita informando de que ningún animal que participe en ella ha sido maltratado, con lo cual toca al menos creérselo. He disfrutado mucho alguna vez viendo espectáculos de delfines, y en general viendo peces y aves exóticas en lugares adaptados a su lugar de origen. Me lo pasé pipa con los pingüinos del Oceanográfico y las jirafas del Bioparc. Son animales sanos, bien cuidados y bien alimentados, que no se acercan a ti y que no cobran por su trabajo porque no tienen sindicatos, qué le vamos a hacer, no llegan a tanto. Supongo que tampoco lo necesitan.

Me molesta mucho que los perros vayan sueltos por la calle y se me acerquen ocupando mi espacio vital (distancia de no invasión, metro y medio mínimo), por más que detrás venga el imbécil del dueño diciendo que no hace nada. Se equivoca usted señor/a, sí que hace: es desagradable para algunas personas, es alérgico para otras, es fóbico para otras (la tercera fobia más tratada en terapias con niños y adolescentes), y en cualquier caso yo no le voy echando encima mis arañas peludas ni mis pitones reales, ni siquera mi inofensivo Alejandro Magno, sin pedirle a usted permiso. Y en el caso de que alguien lo hiciera, me parecería lógico que usted se enfadara, se sintiera molesto/a y reaccionara con desagrado. Es la reacción lógica, pero también es la reacción lógica si lo hace su perro. Y que nadie me diga que los perros son mejores que las personas por favor: hay perros y perros, y hay personas y personas. Y dentro de ambos grupos, hay de todo como siempre, generalizar es absurdo y en este caso concreto más. Y no hablemos de excrementos animales en la calle, no hablemos....

Bueno, y lo que realmente quería decir en este post, después de toda esta diatriba, es que a pesar de todo me parece espeluznante que se considere un espectáculo la tortura y muerte de un animal. No entiendo como alguien puede hacer algo así, ni disfrutar viéndolo, no lo entiendo, me parece desagradable en grado sumo, y si me viera obligada a verlo, estoy segura de que sufriría por el animal. Aunque parezca contradictorio. No me gustan los animales ni yo a ellos, pero un pacto mútuo de no agresión está muy bien y funciona. Tampoco me gustan algunas personas ni yo a ellas, y no por eso quiero que les torturen y les maten por diversión. Así que lo del toro de la Vega, las peleas de perros o de gallos, y cualquier cosa similar me parece una salvajada que no debería permitirse si queremos llamarnos humanos.

El toreo en Creta

En cuanto al toreo tradicional, se originó en la isla de Creta, donde las doncellas semidesnudas bailaban delante de los toros, y donde el toro era amado y respetado, casi venerado como un dios. Simbolizaba la dualidad entre lo masculino y lo femenino, y era más un acto religioso que un espectáculo. Y esa maravilla ha degenerado en lo que es otro espectáculo más de tortura y muerte de un animal, sólo que de éste viven muchas personas, con lo cual es muy difícil erradicarlo. Lo único que conserva el toreo actual de aquella belleza es la representación de lo masculino y lo femenino, y adivinad quien, de entre el toro y el torero, es la chica de la película ;-)

Mi propuesta: abolir, prohibir por ley cualquier espectáculo donde un animal sufra o muera mientras la gente aplaude, y no lo entiendo pero parece que disfruta. 

Buscar alternativas: por ejemplo en la plaza de toros, se puede mantener la estética, las luces, el movimiento, los bellos y a veces impresionantes pases de capote, sin banderillear, picar ni matar al toro. Si luego hay que aprovechar su carne, se le lleva al matadero y se le mata de un shock eléctrico en un segundo, sin sufrimiento, como a cualquier animal de nuestro menú.

Más propuesta: dar promoción a los espectáculos de recortadores (esos que saltan sobre los toros, o los esquivan haciendo piruetas), hacerlos tan populares como las corridas y que den de comer a toda esa gente que vive del toreo. Son espectáculos bonitos, con toros, y en los que al toro nadie le toca ni le hace sufrir. Vamos, lo que viene a ser volviendo a Creta.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Los pájaros de Hitchcock y de Daphne (Historia, literatura... y cine)


Esta vez no voy a criticar la película. Que conste que yo lo haría ;-), pero no quiero que se me echen encima los incondicionales del séptimo arte por meterme con un maestro como Hitchcock. Hay suficientes películas malas para criticar, así que esta vez no. 

Sólo decir dos cosas: que la película “Los pájaros” está basada en un relato de Daphne du Maurier, autora también de la novela “Rebeca” en la que don Alfred basó otro de sus films; y que si habéis visto la película, si no la habéis visto, si os ha gustado, si no, si el final os pareció raro, si os pareció oportuno... en cualquier caso... ¡¡¡¡¡DEBÉIS LEER ESE MALDITO RELATO!!!!  Y como no es muy largo, suele ir publicado junto con otros de la misma autora, así que os aconsejo no perderos tampoco perlas como “El manzano” o “El joven fotógrafo”.

Únicamente diré que jamás leí nada parecido. Que ustedes lo disfruten.





miércoles, 10 de agosto de 2011

Se llamaba Dolores (Historia, literatura y cine IV)


“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas... ...era Lo, sencillamente Lo por la mañana... ...era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos fue siempre Lolita”



Así comienza la genial novela del genial Vladimir Nabokov, que fue calificada en su día de pornográfica, fue prohibida y vilipendiada, su autor acusado de criminal... vamos que escandalizó y sigue escandalizando a muchos de los que la leen. A mí, para variar me fascina. La gran novela americana escrita por un ruso, jeje, sólo por eso ya me gusta. “Lolita” escandalizó porque es una obra tremendamente escandalosa. La pasión abusurda del cuarentón Humbert por la doceañera Lolita debió ser por sí sola un mazazo en la puritana sociedad de los EEUU, pero no es eso lo más escandaloso de la obra. Dolores Haze no es una pobre niña de la que abusa un pervertido, es en realidad un putoncete adolescente, consciente en todo momento de las (para ella) ridículas ansias de Humbert, y dispuesta a hacer valer sus armas de “minifemme fatale” y aprovecharse cuanto pueda de la situación. Es ella quien maneja los hilos, es ella la que lleva loco al pobre idiota de Humbert, quien come de su mano como un perrito y no vive más que para complacerla en todos sus infantiles caprichos.

Sólo Humbert es capaz de ver algún atractivo sexual en esa pequeña estúpida pagada de sí misma, que desde fuera resulta un personaje no sólo asexual, sino francamente irritante: come chicles con la boca abierta, suele ir sucia y desgreñada, lloriquea y se enfada como un bebé, dice tacos que no vienen nunca a cuento, no para de discutir con su madre, se coge rabietas de niña malcriada, amenaza con abandonar a Humbert o le chantajea vilmente con sus favores sexuales cada vez que se le mete algo en la cabeza y quiere conseguirlo a costa de él. La verdad es que dan ganas de darle dos bofetones, y otros dos de paso al tonto de Humbert, que con ojos bovinos no para de hablar de su piel de melocotón y de sus rizos dorados. Además no tiene el menor escrúpulo en acostarse con el marido de su madre cuando cree que ésta se halla gravemente enferma en un hospital, y tampoco cuando Humbert le comunica que en realidad lleva muerta ya varios días. Para celebrarlo se van los dos de luna de miel a visitar un motel tras otro y a dilapidar la pequeña fortuna de Humbert. De la infortunada  Charlotte se olvidan ambos enseguida, su marido y su hija, hasta doscientas páginas más tarde cuando se ven  obligados a vender y repartirse su herencia.




Charlotte Haze, la madre de Lolita es un personaje entrañable. Se enamora de Humbert a primera vista, cuando éste aparece en su casa para alquilar una habitación y mientras él la mira asqueado, buscando la oportunidad para largarse de allí cuanto antes. Le presenta inocentemente a su hija Dolores, que está mascando chicle y holgazaneando en el jardín y la pobre no se entera del impacto que la niña provoca en Humbert. La verdad es que no se entera de nada hasta que, ya casada con Humbert, descubre ese maldito cuaderno que él guardaba bajo llave. Es fácil meterse en su piel e imaginar como debió sentirse. Una mujer enamorada, que planea su futuro con el hombre que ama y lejos del pequeño demonio de su hija, a la que odia; de repente descubre un diario oculto y lee como su amado, de su puño y letra, dice de ella lindezas como: “la gorda Haze, la mala puta, la vieja foca, la cargante madre, la vieja y estúpida Haze”. Por más que a renglón seguido Humbert trate de convencerla de que lo que ha leído es un fragmento de la novela que escribe, y que no se está refiriendo a ella con esos insultos ni a su hija con las muy abundantes y explícitas alusiones sexuales, Charlotte no le cree. Le grita que es un monstruo, le dice que se va de la casa esa misma noche y que nunca volverá a ver a Lolita. Inmediatamente se pone a escribir cartas, sospecha Humbert que a algunos familiares, a la directora del internado donde se encuentra Lolita, o quizá a la propia Lolita, y cuando un rato más tarde y en pleno frenesí, sale a echarlas al correo cegada por el llanto, es atropellada por un coche y muere en el acto. Las cartas, que no llegó a depositar en el buzón, se las devuelve la policía al presuntamente conmocionado viudo, que no tiene más que fingirse unos días destrozado por el dolor y a continuación correr en pos de Lolita. Charlotte es el único personaje que muestra algo de humanidad en esta novela, y desde luego el único capaz de amar sinceramente y con el corazón. Así le va.
 
 
En cuanto a Humbert y su obsesión por las nínfulas, haría las delicias de cualquier psiquiatra: traumas infantiles, obsesión, delirios paranoides, falta total de empatía, comportamientos sádicos y masoquistas, regresiones... y todo eso sumado a un irresistible atractivo sexual que le facilita mucho la vida en todos los aspectos, para qué negarlo. A veces sueña con vivir toda la vida junto a Dolores como marido y mujer, otras se deja insultar y amenazar por ella, devolviéndole a cambio besos y caprichos. En otras ocasiones es él quien la amenaza, y también de vez en cuando planea cómo librarse de ella dentro de un par de años o así, cuando deje de ser una nínfula y ya no le interese. Finge ser su padre y estar educándola, y permite que la pequeña calientabraguetas le llamé “papá” en público, cuando ambos saben que eso le pone a cien. Aunque enfurece por dentro, hace como que no da importancia al hecho de que Lolita le cuente tan fresca que no se ha iniciado sexualmente con él a la tierna edad de doce años, sino antes en el campamento de verano con su amiguita Elizabeth primero y después con Bárbara y Charlie de catorce y trece años respectivamente. Humbert piensa que es posible que Lolita se lo esté inventando, pero su destreza y desparpajo en la cama le hacen dudar y convertirse en un padre celoso, de una manera tan enfermiza que llama la atención a los profesores de Lolita. Celoso y enfermizo como el amante que en realidad era.
 

Evidentemente, en las dos versiones cinematográficas de “Lolita”, la de Stanley Kubrick (1962) y la de Adrian Lyne (1997), las relaciones sexuales entre Humbert y Dolores pasan casi desapercibidas. Hay alguna alusión verbal, alguna mirada provocativa y en una escena que no se incluyó en el montaje final de la película de Lyne, ambos están en el sofá tonteando y se rozan un poco las piernas mientras Lolita sonrie picarona. Punto final, el resto a la imaginación del espectador. En la novela de Nabokov, el sexo es el motor que lo hace girar todo. Sin dar detalles escabrosos, con una finura exquisita, Nabokov hace decir a Humbert que cuando Lolita se paseaba delante de él no podía contener sus erecciones ni el dolor que éstas le causaban; que no era capaz de negarle nada a su amadísima de doce años después de que ella le hiciera probar las delicias de su boca; que una determinada noche se convirtieron técnicamente en amantes y que lamentaba no poder copular con ella un día en que Lolita se encontraba enferma de fiebres. No deja lugar a la duda de cual era la naturaleza de su relación, naturaleza que los dos cineastas tratan de que no se note demasiado durante todo el tiempo que duran sus respectivas películas, invirtiendo así radicalmente su sentido original. En mi opinión la maestría de la novela consiste en haber creado algo hermoso partiendo de una historia que de ser real pondría los pelos de punta al más pintado. Afortunadamente, se trata de una novela de ficción, y ninguno de sus personajes existen o han existido, así que el autor hizo bien en moldearlos a su manera y tomarse esas libertades con ellos, creando de paso una de las novelas  magistrales de la literatura universal. Los susceptibles y puritanos que nunca llamarían “asesina” a Agatha Christie, tampoco deberían llamar “pornógrafo” a Nabokov.



domingo, 17 de julio de 2011

¡Bravo Ángel!

Raro es hoy en día, muy raro, encontrar un presentador de televisión que no sea el típico chulazo de 1’90, marcando pecho y bíceps con una camisa tres tallas más pequeña de la que le correspondería. Al fin y al cabo la televisión es un medio visual. Sí, visual, sería audiovisual si importara algo lo que se oye en ella... porque en fin, si el chulazo tuviera algún talento periodístico me parecería genial que trabajara en un medio de comunicación, y si encima está bueno pues mira, mejor para él. Pero no, los chulazos y chulazas que pululan por las televisiones enseñan toda la carnaza que haga falta pero la gran mayoría no saben hablar ni leyendo un guión. Triste y tremendamente comercial, c´est la vie. 
 

Por eso soy fan incondicional de Ángel Martín. Para empezar porque es un hombre que sin cumplir ninguno (o casi ninguno) de los cánones de belleza masculina actual, está muy bueno. Para qué nos vamos a engañar, las hormonas por delante. Pero sobre todo me fascina de él, el hecho de que un tío que presenta en televisión con mucha gracia y salero un programa de éxito, un día lo deje para dedicarse al teatro. SEÑORAS Y SEÑORES, en el mundo del artisteo, en el que el más tonto pone el culo por dos pesetas, para hacer eso hay que tener UN PAR DE HUEVOS y Ángel los ha tenido. Vaya por delante toda mi admiración. Lo mismo pasó hace tiempo con el valenciano Toni Cantó, al que en los ochenta mis prejuicios y yo considerábamos un guapito más de la tele hasta el día en que pasó olímpicamente de ganar un pastizal presentando gilipolleces, y se dedicó a calzarse las Comedias Bárbaras de Valle-Inclán, el teatro clásico griego y algún que otro Shakespeare en salas de teatro, y así lleva desde entonces. En aquel momento di una patada a mis prejuicios, me quité el sombrero y le obsequié con la más humilde reverencia.


Pero volvamos a Ángel, que ahora se dedica a recorrer España junto a Ricardo Castella con el espectáculo humorístico teatral “Nunca es tarde”. De éxito en éxito. El rasero del éxito es distinto en teatro que en televisión. El hecho de que si haces teatro, algunas noches puede que te vean veinte o treinta personas conduciría inmediatamente al hara-kiri a cualquier directivo de telecinco, pero para el artista constituye un éxito. Si eres bueno, y Ángel y Ricardo lo son, esas veinte o treinta personas no te van a olvidar en la vida. Los millones que te ven en televisión se olvidan de ti en cuanto van al baño en la publi.


No hace falta desearle el éxito a Ángel Martín porque ya lo tiene, ahora más que nunca; no hace falta desearle que llegue a ser un gran artista porque ya lo es; no hace falta desearle que le vayan bien las cosas porque ya le van de maravilla. Si lo tuviera delante de mí le desearía que no haya nunca en el mundo nada ni nadie capaz de cambiar su manera de ser. También le diría que gente como él hacen más por el espectáculo y por otros artistas que todas las televisiones del mundo. Después le declararía mi amor incondicional y le invitaría a cenar, y cuando él, amablemente, rechazara mi invitación yo me largaría a emborracharme en soledad a base de gin-tonics, disfrutando de la satisfacción del trabajo bien hecho y del agridulce sabor de la derrota.


PD: adjunto el vídeo de presentación que hicieron para las funciones en el teatro Maravillas de Madrid. Si ésto es sólo la presentación, lo que debe ser sel espectáculo.... aún no he ido a verlo (¡malditas no vacaciones!), pero iré, lo prometo.









sábado, 25 de junio de 2011

Siete años en el Tíbet (Historia, literatura... y cine III)



Otra vez el eterno dilema... ¿por qué una película que en principio me ha gustado acaba pareciéndome una porquería? ¿por qué se me ocurrirá ir a buscar la historia original, y leerla, y descubrir que no tiene nada que ver con la peli? ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?


Bueno, en este caso sí tienen algo que ver la película y el relato original, pero claro, los señores yankis obsesionados con la paternidad pastelera se inventan un niño al que su padre ama por encima de todo y al que siempre está echando de menos, aunque haya desaparecido de su vida cuando él era un garbanzo en el vientre de la madre y regrese sólo siete años después, con un regalito, eso sí, del mismísimo Dalai Lama, que no se diga que no es generoso el padre. La madre, que se ha emparejado aún embarazada con un apuesto padrastro, quien está haciendo de padre efectivo del nene toda la vida de éste, comprende que pese a todo el propietario del espermatozoide que engendró a su hijo es un padre auténtico y amoroso y le permite irrumpir en la vida del niño con su regalito. El canijo, muy sabiamente y con esa vocecita de flauta que les ponen a todos los canijos en las pelis americanas (a todos la misma), reconoce a su papá pese a que no le había visto nunca ni sabía de su existencia, le entrega inmediatamente su cariño filial y se pone a jugar con él. Suena la banda sonora, repican las campanas y todos contentos, vamos que les faltó acabar con un abrazo de grupo, apoteósico final feliz. 


Todo eso es lo que pasa en la película. En el libro, el niño no existe. Ni la mujer, ni el padrastro, ni la cajita de música. Realmente desconozco si Harrer tuvo en algún momento de su vida esposa e hijos, no he encontrado ningún dato al respecto y desde luego en su libro “Siete años en el Tíbet” no nombra nunca a ningún familiar. El único comentario personal y medianamente sensible que hace en todo el libro, es algo así como “en algún momento de morriña pensé en tomar compañera, pero pese a la belleza de algunas tibetanas, decidí que estando solo tendría más libertad”. Y no tomaron compañera ni él ni su amigo Aufschnaiter, a quien en la peli sí emparejan con una de esas bellas tibetanas, para no perder la oportunidad supongo de mostrar un romance como dios manda ¿qué pasa, creían los productores que si no hay alguien enamorado la gente no va a ir a ver la película? maldito cine comercial... reconozcámosle a la peli el mérito de tener como actor protagonista a Brad Pitt, algo bueno tenía que tener, pero por lo demás nasti de plasti. 
 
 
El libro de Heinrich Harrer comienza con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, mientras Harrer y varios compañeros participan en una expedición deportiva que trata de coronar el monte Nanga Parbat, situado en el actual Pakistán y en la entonces India británica. Las autoridades coloniales británicas detienen a toda la expedición al tratarse de ciudadanos austríacos, potenciales enemigos, y los recluyen en un campo de concentración. Varios de ellos logran huir, siguiendo distintos rumbos y corriendo diversa suerte, Harrer y Aufschnatier consiguen llegar la Lhasa e instalarse allí. En un país subdesarrollado como era el Tíbet de aquella época, se convierten en ingenieros (Aufschnaiter lo era en realidad), en médicos, en profesores. Ejercen un poco toda profesión liberal habitual en occidente y desconocida en el Tíbet, lo que les hace ser equiparados a la nobleza del país. Harrer es reclamado como instructor del decimocuarto Dalai Lama, un muchacho entonces de catorce años, y que todavía hoy es el jefe espiritual de los budistas, exiliado en la India. Acaban haciéndose muy amigos, y cuando en 1950 China amenaza con la invasión y empieza a cumplir su amenaza, antes de que el ejército chino llegue a Lhasa se ven obligados a salir de allí pitando todos, los dos alpinistas austríacos y el Dalai con toda su comitiva. Punto final. 


“Siete años en el Tíbet” es un libro de aventuras, como todos los que escribió Harrer, con la peculiaridad de que también es un magnífico retrato de la vida en el Tíbet antes de la invasión china. No hay historias de amor, no hay esposas abandonadas ni hijos recuperados, ni siquiera hay heroísmos patrióticos.

A Heinrich y a sus compañeros les importa un pito la guerra, la política, los intereses del gobierno inglés, los intereses del gobierno austríaco, los intereses de Hitler. Ellos lo único que quieren es escalar su montaña, y tras escapar del campo de concentración, intentar que no les pillen y nadie les vuelva a meter allí. No luchan ni quieren luchar por su país, ni por ningún otro, quieren montañas, exploración y aventuras; se mofan de las autoridades austríacas, inglesas y tibetanas, desobedecen las órdenes y torean sin escrúpulos cualquier obstáculo burocrático con tal de que les dejen en paz, y eso es lo que narra Harrer en el libro, lo único que narra. Teniendo en cuenta que pasó cincuenta y dos de sus noventa y cuatro años de vida fuera de Austria, casi todos en Asia y el Pacífico, explorando, escalando y escribiendo, por lo visto tuvo la sensatez de no casarse ni tener hijos. Yo creo que hizo bien.


PD: he aquí una de mis muchas contradicciones.... después de poner a parir a la peli, no me resisto a terminar el post con una foto de Brad. Es que está tan guapo..... y ¡qué narices! lo cortés no quita lo caliente (sí, lo caliente, estamos hablando de Brad).