domingo, 17 de abril de 2016

Un país de genios (Por fin, Israel II)

Un país de genios
El Instituto Ayalon, en Rehovot, es una muestra más del ingenio y espíritu de supervivencia israelí. En 1948, durante la guerra de la Independencia, los judíos necesitaban balas para sus fusiles, no tenían y no podían importarlas. Ni cortos ni perezosos, en 22 días construyeron una fábrica bajo tierra en lo que aparentemente era un kibutz, pasaron de contrabando máquinas, metal y pólvora, y se pusieron a fabricar balas a destajo, tan a destajo que llegaron a enfermar por falta de luz solar y el médico hubo de procurarse una lámpara de rayos UVA y recetar a cada trabajador media horita diaria. Luego llevaban las balas clandestinamente a las zonas de combate escondidas en cubas con doble fondo, delante de las mismísimas narices de los ingleses que castigaban con la pena de muerte a cualquiera que fuera sorprendido llevando un arma. Rehovot está al ladito de Tel Aviv y el Ayalon sobre una pequeña colina que posibilitó la construcción del taller clandestino, pero se suponía que Ayalon era un simple kibutz en el que cultivaban productos agrícolas y cocían un pan buenísimo. 

El taller clandestino, Ayalon
Los militares ingleses iban con frecuencia a comprar allí y los pobres nunca se enteraron de lo que realmente se cocía bajo tierra, aunque también es verdad que los israelíes se lo habían currado muy bien para disimular. Hicieron coincidir los dos conductos de ventilación del taller con la panadería y la lavandería respectivamente, y así además de ventilar ocultaban el ruido de las máquinas. En la superficie amasando pan y unos metros más abajo fabricando balas, mientras tanto los enemigos paseándose por allí y ni olerlo. Hay que ver como son. Hoy en día se puede visitar el taller en Ayalon, han puesto una escalera de caracol para que no sea tan incómodo bajar y se mantiene todo igual: el mecanismo que desplaza una lavadora industrial para dejar al descubierto la trampilla de acceso, las máquinas y materiales con los que se fabricaban las balas, una especie de muñeco de falla que representa a uno de los trabajadores, la lámpara de rayos UVA y la lista de turnos para acceder a ella media hora diaria, todo igual.

El Instituto de Ciencias Weizmann es un referente internacional en cuanto a investigaciones pioneras en casi todas las ciencias puras y aplicadas. Y no es para menos, puesto que se nutre de una auténtica escuela de genios, que superan unos exámenes demoledores para ser admitidos pero obtienen a cambio la oportunidad única de estudiar y trabajar en la mejor universidad y centro de investigación del mundo, y desde luego les compensa. Aquí había un acelerador de iones mucho antes de que fuera construido el famosísimo de Suiza; hay una torre dedicada en exclusiva a investigar nuevas formas de utilizar y aprovechar al máximo la energía solar, y aquí está la vanguardia de la investigación en dos campos fundamentales para la vida moderna: la ingeniería genética aplicada a la agronomía y el desarrollo de nuevos y mejores medicamentos. La primera permite que un país en gran parte desértico se haya convertido en exportador de frutas, flores y verduras; la segunda nos provee de medicamentos genéricos cada vez más eficaces y baratos. Un auténtico hervidero de buenas ideas con sus correspondientes aplicaciones prácticas en beneficio de toda la humanidad, el Instituto Weizmann, en Rehovot. No en vano se dice que la materia más abundante en Israel… es la materia gris ;-)


Antes muertos que romanos

La fortaleza de Masada, en lo alto
La historia de Masada y de los judíos zelotes que allí resistieron a los invasores romanos la relató muy bien el historiador Flavio Josefo en su libro “La guerra de los judíos contra Roma”, y es estremecedora. Pero la historia de Masada empezó varios años antes de Cristo, cuando el rey Herodes I El Grande, que era un Maríacaprichitos como él solo, se empeñó en tener palacio propio y no en cualquier sitio. Eligió la colina más alta y escarpada de las cercanas al sur oeste del Mar Muerto y construyó su palacio arriba del todo. A la cima sólo se podía subir por un sendero serpenteante y estrechísimo, pero no hay nada en esta vida como tener miles de esclavos que hagan de mulas de carga, así que nuestro amigo Herodes puso a los arquitectos a pensar y a los esclavos a subir piedras, y al final tuvo su palacio allá arriba. Con unas vistas impresionantes, todo sea dicho.

Tras la muerte de Herodes, en los años 70 ya después de Cristo, los romanos andaban haciendo de las suyas por estas tierras, y al judío al que no le parecía bien, pues directamente se lo cargaban y arreando. Recuérdese que desde hace 6000 años que se sepa, los judíos habitaban estas tierras, y la Gran Roma fue en su época de auge, la potencia ocupante. Sí, va con retintín. Fueron los romanos quienes en el año 135 llamaron “Palestina”, que significa “tierra de los filisteos”, a toda la zona entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, lo que quiere decir que en realidad la milenaria patria palestina era una patria judía. Qué cosas Arafat, qué cosas.

En Masada, al fondo el mar muerto
Pero volvamos a la historia de la rebelión judía. En el año 74, los zelotes se rebelaron contra Roma y un grupo de ellos se había hecho fuerte en lo alto del antiguo palacio de Herodes, y de allí no había quien los bajara. Si los romanos lo intentaban, les tiraban ladera abajo unos pedrolos de casi 100 kilos que se cargaban de golpe a media legión, me da a mí que a Obelix le hubiera encantado estar allí. Así que los cabroncetes romanos, decidieron sitiar Masada y rendirla por hambre. Rodearon la montaña de campamentos romanos, no dejaban entrar ni salir a nadie y esperaron. Pero los judíos resistieron, vaya que si resistieron. Utilizaban los canales que había construido Herodes para abastecer el palacio con el agua del valle, construyeron nidos para que las palomas pusieran allí sus huevos y se alimentaban de los huevos y de las palomas. Aguantaron hasta que no pudieron más, y cuando no pudieron más decidieron que los romanos no les cogerían con vida. Como la religión judía prohibe terminantemente el suicidio, cada padre de familia se encargó de quitar la vida a los suyos y después se sorteó entre los hombres el dudoso honor de tener que matar a sus compañeros y ser el último en morir y el único que cometía el pecado del suicidio. Así se hizo, más de 900 niños, mujeres y hombres murieron heroicamente en lo alto de una montaña, prefirieron dejar de vivir antes que hacerlo bajo el yugo de Roma. No sé yo si es la mejor decisión, pero hay que reconocer que le echaron huevos.

Hoy en día en lo alto de lo que fue la fortaleza de Masada hay una Iglesia cristiana bizantina, donde se celebran misas de vez en cuando, y también una sinagoga. El día que yo estuve por allí, una familia celebraba el bar mitzvá de uno de sus miembros y pudimos ver una pequeña parte de la ceremonia. La UNESCO ha declarado patrimonio internacional las ruinas de Masada, que son visitadas todos los días por numerosos turistas. Por cierto, no aconsejaría a nadie ir en verano, ya en marzo hay que llevar gorra, gafas de sol y provisión de agua porque hace un calor que te mueres. No quiero ni pensar lo que debe ser agosto allí.

El mar más resalao

La belleza del Mar Muerto

El Mar Muerto es en realidad un gran lago salado, muy salado y saleroso. Su salinidad es 10 veces mayor que la de cualquier otro mar y su playa es una costra de sal. También es una fuente de salud natural, por los minerales y azufre que contiene.

Bañarse es una gozada, no sólo flotas como si estuvieras tumbado en un colchón, es que no te puedes hundir aunque lo intentes, y de bucear por supuesto ni hablamos. Hay que bañarse con sandalias porque los preciosos cristales de sal que parecen arena, te cortan la planta de los pies, pero si se te suelta una sandalia no te preocupes, de repente oyes ¡PLOF! y la sandalia ha salido a la superficie a la velocidad del rayo. El agua es cristalina, y debido a la alta salinidad no hay peces ni algas, está de lo más limpia. A diferencia de la del Río Jordán que da muchísimo repelús de lo sucia que está.

Izquierda, izquierda
En el balneario del Mar Muerto también hay una zona donde te puedes embadurnar completamente de barro, que es muy bueno para la salud y además divertidísimo. Te untas de barro hasta arriba, lo dejas secar al sol unos minutos, te haces una foto pal feisbuc y luego te duchas en unas mangueras a toda presión para quitarte el barro, que aún así se te queda por algún rincón y en el pelo, hasta que no te metes en el mar no estás del todo desembarrado.

Una vez dentro del mar, más vale que no te toques los ojos con las manos y que no te salpique el agua en un ojo, porque vas a ver las estrellas. Vale, se supera, a mí me pasó dos veces pero pica a base de bien. La piel y el pelo se te quedan después de lo más suaves aunque eso sí, mejor acostumbrarse al olor a azufre, que después de dos lavados de pelo aún no se ha ido del todo. Y lo que no se va nunca es el recuerdo de una sensación maravillosa. Estar allí tumbada sobre el agua cristalina, a cierta distancia de los otros bañistas en completa soledad, viendo el sol en lo alto, a un lado el desierto y al otro las montañas de Jordania, empapada de sal y de luz… dicen que muchas veces los contrarios acaban siendo lo mismo, y esa plenitud de vida en lugar que se supone “muerto”, es la mejor prueba de ello.

Derecha, derecha
Como suele pasar ya en muchas playas, al lado de las turistas en bikini hay una mujer musulmana tapada de pies a cabeza. Yo alucino. De verdad que no entiendo para qué va esa mujer a la playa si no se va a bañar y estaría mucho más fresquita en cualquier sitio a la sombra, pero mira, ahí está, no sé cómo no le ha dado a la pobre una lipotimia. Acostumbrémonos a verlas, porque ahora además parece que en Europa les están diseñando burkinis (bañadores estilo burka) para que puedan ir a la playa bien abrigaditas, por si en pleno verano tienen frío. En vez de dejarlas en paz y que puedan ir en bañador como todo el mundo, pues no, burkinis. Qué mal vamos, de verdad, qué mal vamos.

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